23 junio 2010

Quebrantahuesos 2010: "Crónica de un fracaso (o de una decisión acertada)", por Gonzalo Naya

Gonzalo Naya, periodista de Ràdio 9, compañero, amigo, sufridor de la bicicleta, el mismo día después de la Quebrantahuesos 2010 me envió su relato. Escalofriante, duro, emocionante. Quiso acabarla y no pudo. No fue la lluvia, no fue el frío. Pudo con todo, pero falló un detalle. Imposible no sentir pasión al leer sus palabras. Sin más, Gonzalo Naya.



"Crónica de un fracaso (o de una decisión acertada)"

He fracasado. Es lo primero que pensé al sentarme en el autobús, minutos después de retirarme de la QH 2010. Me sentía fracasado. Y sentía mucha rabia e impotencia. Por haber echado por tierra el esfuerzo de los últimos meses. Las horas de entrenamiento, las horas de sueño y el tiempo que le robé a Cristina y a mi gente. Todo para nada. Para ni siquiera acabar.

Me sentía absurdo porque no me había retirado el frío ni la lluvia. Ni los 3 grados en la cima del Somport, ni los más de 100 kilómetros aguantando el agua, sin chubasquero, calado hasta los huesos y con los pies encharcados. No me retiraba el Marie Blanque, esta vez más llevadero. Me retiraba la rodilla izquierda, y la puñetera tendinitis. Otra vez. Como cuando corría. Mal compañero el frío.

Al empezar el Portalet ya noté las primeras molestias. Delante y sobre todo en la parte posterior de la rodilla. Mal asunto. Traté de ir suelto de desarrollo, para no forzar. Le dije a Nicolás que hiciera marcha. Era una lástima después de 135 kilómetros de compañía. De frío, de lluvia y de espera. Al menos que pudiera “disfrutar” y acabar su primera QH.

Porque disfrutar se disfruta. A pesar de todo. Desde el inicio, en el viaje, esta vez sabiendo lo que te espera. Y viendo la ilusión de Nicolás y de Paco en su primera vez. También las dudas de Enrique y el Colombaire, y el buen ánimo de Toni y el Pitu. Casi todos ellos compañeros de la Peña “El Cantonet” de Godella, la peña de mi hermano Rafa y de Pepe. Admirable también las ganas de Stephens.

Se disfruta en las conversaciones previas. De los recuerdos y de los temores de cada uno. Del miedo a lo que pueda venir. Del tiempo. Tantas previsiones y tan poco acierto. Ninguno pensó que nos esperaba un día de perros como ese.

Y eso que empezó relativamente bien. En Sabiñánigo, sol. Frío, pero sol. Suficiente para empezar a rodar y entrar en calor. Allí saludé a mi amigo Rafa Mora, instalado, como nosotros, detrás de la curva de la salida. Separados por unos metros y por miles de ciclistas. Pero unidos por la bicicleta. Así salimos, protegidos por el grupo. Y por los manguitos y el paravientos.

Camino de Somport las primeras gotas de unas nubes cada vez más cerca. Y cada vez más negras. Atravesando Villanúa la lluvia empezó a ser constante. Un aviso de lo que venía. Hay quien lo leyó y se dio la vuelta. Hasta 1.500. Paco, Enrique y el Pitu entre ellos. Por momentos creí que se suspendía la marcha.

Como nadie decía lo contrario, para arriba. Hasta el avituallamiento en Candanchú. Ya mojados. Casi sin comer y a seguir. Para no coger frío, decíamos, ignorantes de lo que nos venía. Los 3 grados en la cima de Somport. Y una bajada imposible. Por la humedad, por la niebla, por el frío, por la lluvia y por las zapatas casi inservibles. Por el temblor de piernas. Por el dolor de muñecas y el dolor de dedos al frenar de forma inútil. 40 kilómetros de bajada y de corto. A esas alturas los manguitos y el paravientos ya no calentaban.

Daba impresión ver a la Cruz Roja no dar abasto con las hipotermias. Los que decidían darse la vuelta para subir el Somport o quienes se paraban en cualquier rincón a cubierto, aunque fuera un túnel. Los más entraban en los bares. A ver si paraba de jarrear. Pero no paró. Y nosotros tampoco.

Valía la pena seguir dando pedales deseando que llegara la subida. ¡Deseando incluso que llegara el Marie Blanque! Sin ir a rueda del todo para no hacerlo más incómodo. Limpiando las gafas cada 2 minutos y quitando los charquitos de agua en el cuentakilómetros. Incluso dando sorbos de la braga empapada sobre el cuello.

Al final te acostumbras. Y ya no te molesta el agua. Ni el frío. Ni la sensación de estar mojado de arriba abajo. Con este tiempo en Valencia ni nos lo hubiéramos planteado. Pie a tierra y a esperar otro día. Pero aquí no había otra oportunidad. Había que seguir. Y por momentos te sientes protagonista. Te sientes participe de algo grande. De algo que podrás contar muchos años y a mucha gente.

Por eso me dio más rabia tener que bajarme. Porque me sentía bien y con fuerzas incluso de hacer un tiempo parecido al del año anterior. A pesar de la lluvia. Por eso lloré sentado en el autobús. Me sentía impotente. Podía con todo. Menos con mi rodilla. “Sobrecarga en el tendón” me dijo el de la Cruz Roja. “Tu verás lo que haces, pero…”. Estaba en el kilómetro 146. Avituallamiento del Portalet. Me faltaban solo 60. Los 8 finales del Portalet y la Hoz. Y yo sin fuerza en la rodilla izquierda. Cada pedalada era un pinchazo. Subía con el 28 metido en tramos que no pasaban del 3% de desnivel. Probé a impulsarme sólo con la derecha. Pero no valía la pena. Eran las 15 h de la tarde. A esas alturas mi hermano ya estaría en la meta, pensaba, y Pepe volaba hacia allí. Los dos bajaron su tiempo a pesar de la lluvia. Stephens aguantaba el tipo casi sin abrigo y Nicolás ya habría marchado del avituallamiento. Me pasaron, sin verme, Toni y el Colombaire. No les dije nada. No tenía fuerza ni ganas de que fueran testigos de cómo avanzaba lastimosamente a 5 km/h.

Quizás podría haber subido lo que me quedaba del Portalet. Pero nunca la Hoz. Los subí en el autobús, lleno de gente con la mirada perdida, envueltos en una ridícula bolsa de basura. Poco a poco la razón entró en calor y dejó atrás a las sensaciones. Me iba convenciendo de que era lo mejor. Desde la cristalera mojada miraba el paisaje, el Portalet interminable y el goteo de valientes. Y me emocioné al ver a esas tres voluntarias aplaudiéndonos. A los fracasados del autobús. Gracias por hacerme sentir mejor.

Ahora sé que hice bien en bajarme. Que en este 2010 no se acaba la Quebrantahuesos. Ni las marchas. También sé que soy menos duro de lo que pensaba. O al menos mi rodilla. Sé también que si lloré es porque lo sentía (y lo siento) y quería haber acabado. Sé que me gusta la bicicleta, que me gustan las marchas. Y que me esfuerzo. Aunque no sea un campeón como ponía en la pancarta que hizo Cristina para recibirme en casa. Ahora sé también que tengo un motivo para volver a la Quebrantahuesos. Y sé que volveré para acabarla.

3 comentarios:

luis humberto dijo...

De fracaso nada, hay personas que ruedan tomando anti-inflamatorios, claro eso te hubiese hecho llegar a meta, pero con consecuencias a lo mejor irreparables. Gonzalo el cuerpo da señales y avisa, hicistes caso y punto, fue lo mejor, ya habran mas QH

Rafa dijo...

Claro que sí. El cuerpo es sabio. Cuando no se puede no se puede. Gonzalo es un tío muy grande.

José Vte. dijo...

Me dijo una vez un corredor: "Hay más carreras que días tiene el año..." Pues eso mismo pero aplicado a marchas es igual de cierto.
Habrá miles, sólo falta acertar también con la lotería del tiempo...