30 junio 2008

Mi padre me metió en todo esto


En un día como el de este domingo, con la selección española campeona de Europa, me acuerdo de mi padre sobre todo el mundo. Porque con mi padre he vivido infinidad de partidos de fútbol por la tele, los he vivido a patadas siendo un crío cuando él me decía que el comedor de casa no era un campo de fútbol, que había que mantener las formas. Pero siempre vibrando. Vibrando con la selección de Miguel Muñoz, de Luis Suárez, de Clemente, de Camacho, de Aragonés. Siempre vibrando y siempre palmando –excepciones siempre hay, como Barcelona’92, Kiko llorando tras el gol a Polonia en el Camp Nou... Y ayer perdí los papeles. Me salté las normas de mi padre y grité y chillé y lloré, porque era una ilusión que llevaba dentro del cuerpo escondida desde niño. Selección tan perdedora pero tan ilusionante. Sueños de crío. Amo a mi padre.

Por eso hoy me acuerdo de él, porque él, y mi madre, por supuesto, mano a mano ambos, me han metido en la cabeza que el deporte es magia, que el deporte une, que el deporte no sólo es saludable, sino que es una manera de reconducir nervios, tensiones, estreses, es un desahogo y un sentimiento.

Todo empezó jugando con mi hermana Carmen en el pasillo de casa con la pelota de trapo, con mis amigos en el cole cuando, como había hecho mi padre, jugaba de portero pese a mi escasez visual, y me entrenaba como un profesional y hacía lo que hacían los profesionales por la tele (junto a mi padre lo veía), como hacen los niños de hoy, y jugando luego con mis amigos del colegio la competición interna que nunca gané (paré un penalti con las gafas, recuerdo, gafas que rompí, claro), jugando con mis amigos del instituto cuando el cuerpo ya me pedía guerra y empezaba a combinar las seis horas de futbol sala en el patio (todos los viernes, de cuatro a diez de la noche, qué grande) con las otras seis de bici del día siguiente. Qué barbaridad. Jugando en los campos del río de Valencia, lloviendo y con las gafas empañadas y marcando goles y viendo a Paquito lleno de barro y en el campus de la Universitat con su toque y toque y su poca velocidad, la velocidad que sí tenía el Monris, una flecha, la fuerza de Altarriba en defensa, la calidad de Dani (¡Kanouté!) y los Riera (esas rodillas…), el saber estar del capi Óscar haciendo abdominales bajo palos mientras su equipo atacaba, la lentitud desesperante de la Ardilla, las filigranas del Juanlu y la rabia de Patxi, o el inalcanzable Raimon provocando al defensa. Jugando en Ontinyent sábado sí sábado también aquella Liga de fútbol-7 con goles de falta, de jugada bien trenzada por Fran y Justo, y por Boni, Juanito, Jordi, Raúl, Cuco, Boli, Ximet, Pepe, Josito, Javielo, Pauet, los gemelos, Alfredo (aquel pase desde la línea de fondo, con rosca, maravilloso, que fallé… no me lo perdona)…

Tantos y tantos partidos… en la tele y en las piernas. Es el fútbol, el puto fútbol que nos introduce a todos en el mundo del deporte para luego escoger nuestra opción, pero ahí lo tenemos, en nuestra base deportiva, siempre dispuesto. Mi camino fue el ciclismo, ¿y quién estuvo ahí? Mi padre, con salidas de 50, 70, 100 kilómetros. Lo que fuera. Desde el día en que me llevó más allá de Bétera hasta donde vi que un repecho era un puerto y no podía más, hasta el día en que en la batalla de la subida en el Oronet, un sábado cualquiera, vio que yo le adelantaba. La naturaleza manda.

Mi padre tenía 15 años cuando la selección ganó su primera Eurocopa. Hoy tiene 59 y el día de la final de Viena se enteró del gol de Torres porque la finca tembló mientras subía a casa. Dos en una vida, y su hijo una y un agradecimiento eterno y sincero. Te quiero, papá.

28 junio 2008

¡A mí la legión!


Estos tres personajes son eso, personajes. El de la izquierda es César Izquierdo (suena a guasa, veo), un colega de profesión y amigo que dejé en Superdeporte después de noches y noches de broncas porque no acababa nunca y siempre le quedaba un cuarto de hora que eran tres. El tío sabe de fútbol más que algún cantamañanas que hay por ahí, pero no se le nota porque está en el Super. Ya saldrá y se hará de oro con su sabiduría futbolera. Pregúntale qué jugador juega en la banda izquierda en el Schalke 04 alemán y te lo contesta de corrido con edad, peso, aficiones y número de carnet de identidad incluido. Un genio, ya digo.
Pues este tipo, así, vestido de legionario y que tanto miedo da, va a vivir hoy el partido de su vida. Lo haremos mucho, pero sé que él más, porque lleva futbol por sus venas como la legión a la cabra. Sirva esta foto cachondona de las fiestas de su pueblo (Alfambra, en Teruel) para hacer fuerza porque hoy la Eurocopa sea roja. Los que amamos el deporte sobre todas las cosas sabemos que esto sólo lo vamos a vivir este domingo, y que posiblemente nos muramos sin que vuelva a suceder. Así es que, con el permiso del poder alemán, vía libre, gracias.

24 junio 2008

El infierno de la Quebrantahuesos 2008

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Video: El inicio, con los más de 7.000 ciclistas que cubrieron los 205 kms y sus cuatro puertos: Somport, Marie Blanque, Portalet y Hoz de Jaca.

Foto: La Pepa en el Portalet, dando bebida y cariño a Rafa, "para sobrevivir".


Sudor, dolor y lágrimas. Son las tres palabras fundamentales y literales para entender la Quebrantahuesos 2008. Aunque las tres se entienden con otra, ella sola: calor.

Sudor porque el calor fue demencial (hasta 39 grados, más de 30 grados en todo momento…). Dolor porque el calor deshidrató tanto que los músculos sufrieron más que nunca y hubo calambres, rampas, agua y agua y agua y agua, era el único recurso. Y lágrimas porque ese mismo calor no dejaba respirar, porque el calor lo condicionó todo, porque el calor nos daba en la cara, en las piernas, en nuestros órganos, en las bicis, en los cascos. Calor. Mucho calor. Un infierno de impotencia, un infierno que nos dejó chamuscada la motivación e incluso las ganas de volver.

Foto: Andy en el Portalet, sonriendo como un señor pese al calor y el esfuerzo.


Nunca lo he pasado tan mal en bici. Llevo 18 años dando pedales y nunca, repito, nunca, he sufrido tanto. Casi ocho horas de auténtico dolor, de querer acabar, de no ver el final ni intuirlo. De pensar en muchas cosas. Pensar que no repito, pensar que me retiro, pensar que pongo el pie en el suelo y que vengan a por mí, una llamada de teléfono, un mensaje –“estoy en tal sitio, ven a por mí, por favor”. Pero no. Aguantamos, sollozando durante cinco kilómetros horribles del Portalet en el que no dolía el ritmo lento, ni las piernas tanto como para decir basta. Directamente, dolía todo, cuerpo y alma.

Foto: Algunos ciclistas, andando en las durísimas rampas del Marie Blanque.

La salida fue rápida, excesivamente rápida para mí. En ciclismo hay una norma que dice que si te sacan de tu ritmo, palmas. Y yo iba fuera de punto, forzando un ritmo que no era el mío (36 kilómetros en la primera hora). Y ahí me equivoqué. Coroné el primer puerto (Somport) con ganas, eso sí, sintiendo a duras penas algunas buenas sensaciones –algunas-, pero en el descenso se esfumaron de nuevo. Carlos y Diego me adelantaron en la bajada, se me escaparon –bien saben que bajo fatal y con miedo- y me tuve que pegar un calentón para conectar con su grupo algo más tarde. El arreón se sumó al ritmo frenético del inicio, y todo junto iba acumulando el desastre. En el inicio del Marie Blanque, pese a que dejé a Carlos y Diego por detrás, noté que me dolía todo. La espalda se me cargó, los brazos se esforzaban en esos últimos cuatro kilómetros infernales, y las rodillas iban al límite intentando mantener un ritmo suficientemente óptimo como para no caerme manteniendo el equilibrio. Cosas de las rampas duras de verdad. Llegué al punto de control del Marie Blanque con casi diez minutos mejor tiempo que el año pasado. Pero yo sabía que no era una buena noticia.
Foto: Víctor anima a Carlos, que llegó al Portalet "muerto", dijo, pero que supo acabar.

No lo era porque el año pasado llegué a ese punto como si nada, con sufrimiento justo y desgaste mínimo, con ganas y sin presión. Y este año no. Este año llegué con sufrimiento extremo después de subir con un calor asfixiante, con el sol de cara, sin apenas aire por la acumulación de gente, árboles y montaña cerrada del puerto, y con pocos sorbos de agua porque imagínate lo difícil que es intentar mantener el equilibrio haciendo fuerza hasta con los pelos, y encima coger el bidón y acertar en la boca (y apretar para que salga agua, y esquivar al ciclista que se te arrima por la derecha, al que te pide paso por la izquierda o al que alcanzas por delante). Además, llegué con un gran desgaste, y ese desgaste eran unos calambres que me costó minimizar durante el resto de la carrera. Y ese desgaste me llevó a aumentar la presión.

Foto: Diego, que supo correr y medir sus fuerzas y fue el primero con merecimiento.



La presión es la que cada uno quiere ponerse encima, pero reconozco que la mía era alta. Me veía, antes del día H, con fuerzas y muy motivado para bajar el tiempo del año pasado (7:41), e incluso soñaba con bajar el tiempo de José Marugán, el segoviano, que hizo siete veintipico. Y en el Marie Blanque me di cuenta que no sólo no iba a llegar al tiempo del segoviano, sino que no iba a bajar el mío, y tal vez rozaría las ocho horas. Y todo estaba en manos del agua que fuera capaz de beber. Bendito tesoro.

Los calambres o rampas se producen cuando los músculos están cansados, muy cansados, y no tienen oxígeno ni líquido del que alimentarse. Y me puse a beber. Me bebí en total más de ocho botellines (algo más de cuatro litros de agua), un zumo-leche de esos de Pascual –el doping mágico, lo llama Ricki-, tres vasos de coca-cola, dos de aquarius y un sinfín de vasos de agua y bebidas isotónicas que fui recogiendo de los aficionados que se agolpaban en los arcenes del Portalet, el tercer puerto del día, penúltimo, y de 28 kilómetros, aficionados y familiares que sabían que los que íbamos en bici nos estábamos jugando el tipo.

Era precisamente el Portalet, el siguiente puerto al Marie Blanque, el que me hacía temblar. Si tenía calambres ya, pensar en sus 28 kilómetros de ascensión con esos dolores suponía en mi cabeza una presión insoportable. En el avituallamiento bebí (más), me comí una manzana, almendras, otra barrita energética (cinco a lo largo del día) y cacé dos medios bocadillos que me zampé en el descenso. En el falso llano hasta el inicio del Portalet me dediqué a estirar los músculos como podía evitando que se me subiera el contrario, y a beber y a beber. Me adelantaron dos grupos a los que por mucho que intenté no pude seguir.


Foto: Rafa intenta arrancar después de parar a reponer fuerzas y ánimos, en el Portalet.


Inicié el ascenso acojonado como nunca, y solo. Muy solo. Nadie por delante y nadie por detrás. El sol, pensé, ha derretido el mundo y sólo queda este cacho de tierra y yo. Entonces empezó la escabechina. Me adelantaron entre veinte y treinta tíos durante los primeros cinco kilómetros. Tuve que armarme de paciencia y esperar que mi cuerpo reaccionara. No quería ir fuerte, no quería forzar la máquina. Sólo quería poder continuar. Sólo quería sobrevivir. Como fuera.

Después de esos kilómetros me noté poco a poco mejor. Empecé a tener un ritmo aceptable y controlado. Bordeando las bajadas de agua del barranco quise notar el frío que no sentía, y miraba al cielo viendo nubes que no había. Pero me animé. El líquido que iba bebiendo hacía efecto, y mi cuerpo, sin alardes, respondía. La magia de este deporte a escena. Seguí para arriba y cacé a Carlos –él y Diego, pese a coronar detrás de mí el Marie Blanque no pararon tanto como yo en el avituallamiento y siguieron para adelante mientras yo agonizaba sentado en el suelo, mascando una manzana y pensando lo que me esperaba, ya lo he dicho: sobrevivir. Me dijo Carlos entonces que iba “muerto”, con resoplido incluido, ojos semicerrados y labio inferior caído, y me dio miedo. Por mi cabeza rondaba la idea pero no quería pensarlo. Lo cogí en la presa, en la parte más dura del puerto, y pronto se quedó atrás. Pensaba yo en él, en su cara y en lo que quedaba, y por un momento se me olvidó que a mí o me subía yo o no me subía nadie. Seguí bebiendo y a ritmo pausado que llamaré sensato.

A diez kilómetros de la cima no podía más. No quería sufrir más. Si llego a ver a Pepa, mi hermana María y Víctor, que nos esperaban con líquidos y comida, me bajo, pongo el pie a tierra y me olvido, por favor, del mayor sufrimiento que he pasado nunca –ya lo he dicho, pero no me importa-, aunque no estaban por ningún lado. Los últimos cinco kilómetros ya sollozaba, quería llorar y no me salían las lágrimas, quería parar y mi cuerpo no respondió, quería estar en una bañera llena de agua templada, relajado, pero en verdad no quería estar allí pensando que me había retirado. No.

Foto: El Marie Blanque recibió a los ciclistas de uñas e hizo sufrir.


Entré en los últimos kilómetros soñando en ver a Pepa. Quería llegar a ella y decirle que no podía más. Quería ánimos, y los recibí. Esos últimos kilómetros llenos de gente a ambos lados de la carretera, con el “aúpa mutilak” retumbando en mis oídos, con el “venga chico, ánimo que no te queda nada” oyéndolo aquí y allá, con el “aúpa esa naranja mecánica, venga”, con todo eso y los aplausos y los pelos de punta, seguí por inercia. Y por fin la vi. Estaba nerviosa y con una coca-cola y una botella de agua en cada mano, pero sé que estaba emocionada, como lo estaba mi hermana haciendo fotos mientras yo le enviaba un beso con las fuerzas que me quedaban. Víctor nos echó un cable para llenar mis bidones, peligrosamente secos en ese instante, le dije a Pepa que estaba derrotado, que no podía más, que era horrible, y a Víctor le dije con preocupación que Carlos me había dicho, hacía muchos kilómetros, allá abajo, lejos muy lejos, que iba “muerto”. Le di un beso a mi Pepa, le lancé otro a mi hermana, y arranqué con Víctor empujándome para coger de nuevo el ritmo. “Diego va delante y te saca unos cuatro minutos” oí decir a Pepa. Y no hay explicación posible, pero al verme coronando entre el túnel de gente aplaudiendo y a voz en grito, con el ánimo de los míos ya dentro de mí, y con el descenso a mis pies, me crecí.

Hice el descenso más trepidante que me he atrevido nunca –por cierto, junto a un andorrano del Magic Bikes-, llegué a la Hoz de Jaca (el último puerto, apenas cuatro o cinco kilómetros de subida) y di el resto pensando en Diego. Lo había perdido por sentarme a comer en el Marie Blanque, lo había perdido y ahora no lo podría coger. Desistí cuando en las primeras rampas de la Hoz mi cuerpo volvió a avisarme de que llevaba desde hacía más de tres horas unos terribles calambres e iba en el filo de la navaja. Foto: Rafa y su hermana María, antes de la salida, cuando aún todo pintaba bien.

Desde allí a la meta cada repecho fue un puerto, y mantener el ritmo de un grupo que me alcanzó por detrás –al que llevaba delante no pude mantenerlo- era ya de por sí una odisea. Llegué a la meta en un gran pelotón y, si el año pasado me embargó la alegría y aplaudí al público que nos aplaudía, este año entré con la cabeza gacha entre los hombros, pensando en tirarme al suelo y buscar una sombra, y buscar agua, y buscar compañía que me hablara y que me dijera que estaba bien, que ya había pasado todo. Un hombro donde apoyarme como el de Pepa o mi hermana, a las cuales en cuanto vi les lloré inevitablemente, explotando toda la rabia y el dolor que durante 7 horas y 49 minutos me habían acompañado y que me hicieron pasar el peor día de mi vida sobre una bicicleta.

Hoy, dos días después del infierno, Pepa duerme en el sofá en casa, sé que feliz, mientras yo escribo esto y pienso. Y pienso, ay de mí, que estoy cambiando de opinión, que donde dije digo, digo Diego. Y sí, volveré.


Rafael Mora Sesma, Encamp (Andorra), 23 de junio de 2008

23 junio 2008

Por Paco Martínez Soria


No estará Villa en la final, ni estará Patxi, ni Paquito, ni Jenaro, ni César Izquierdo el alfambrero, ni Juan Luis, ni mi padre, ni Iván Moure el loco de El Periòdic, ni mi cuñado Carlos, ni Pauet, Manu, Juanito, Javi, Mosky, Jordi, Boni, Bolinches, Ximet, Cuco, Pepe, Josito, Benja o Koles, todos los de Ontinyent, ni estarán mis primos de Segovia ni los de Sevilla, ni mis tíos, ni mi suegra, mis cuñados y mis sobrinos. Allí no estará ni Carlos Bosch, Sergi Bens, Marceliu, Lo Marc, o 'en' Guinart.

Pero estarán otros once, aunque sea Martes y Trece, Tip y Coll, Esteso o Sender. Aunque cojos y de esta guisa, aún con Paco Martínez Soria de entrenador, no se puede escapar.

Siempre dije que mi amigo Paquito no se podía morir sin que su Valencia ganara una Liga-y se cumplió-, y yo como amante del deporte y que me he criado viendo a Fermín Cacho haciéndome llorar en la meta de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, a Perico en París sonriendo como un crío, a Indurain moliendo rivales por los puertos que hoy yo intento, no me quiero morir sin una Eurocopa o un Mundial. Y eso se puede entender o no, pero me lo pide el cuerpo.

Er furbol



Antes de la crónica de la Quebrantahuesos, que ya anuncio que es larga, os dejo un chiste al hilo del futbol tan de actualidad semifinalista en estos días no tan italianos.

18 junio 2008

El triatlón de Zarautz da un miedo que te cagas

Yo sé que habrá que hacerlo. Sé que Óscar me animará, que lo hará también el Segoviano y Zori -de Getxo este, un genio-, y que al final, sí, al final, habrá que hacerlo. No he estado allí pero me he metido en la piel de los que me lo han contado. Espeluznante. Los vascos son grandes deportistas, gente que vive el esfuerzo al máximo, gente que se vuelca contigo en cada competición o carrera popular o globerada o lo que sea. Te aplauden, te miman, te animan como si fueras de su familia, cuando encima no tienes ni el RH de ellos. Son los mejores (un día contaré cuándo a Óscar y a mí unos vascos acampados en la montaña a la espera del paso del Tour nos sacaron una sopa caliente al coronar el Col de l'Aubisque, con una niebla de escándalo y un frío de morirnos: "la mejor sopa del mundo", dijo Óscar aquel día).

El pasado fin de semana se disputó el triatlón doble olímpico de Zarautz. Casi 3 kilómetros nadando, 80 en bici y 20 corriendo. Cansino pero pone los pelos de punta. Óscar, Zori y Jorge fueron allá entrenados y preparados. Óscar con el papel de mejorar respecto al año pasado (un cuarto de hora mejor, el muy bruto), Zori a poner los puntos sobre las íes (con rotura muscular incluida, un portento de la naturaleza, además siempre sonriendo en carrera...) y Jorge iba con el tembleque en las piernas del debutante (resultado dignísimo, papeleta salvada como un señor). Y a otra cosa, ahora les espera La Marmotte...

Cuentan que la gente invade el paso del ciclista y le grita y le anima y casi sólo con eso se sube el rampón del 20% que hay en el recorrido, que cuando uno corre y oye su nombre y que le gritan y le dicen que siga, que vamos, que no decaiga, que mire para adelante y sufra un poco más, un poco más, ¡sólo un poco más!, y llegas a la meta con unos dolores que nunca tendrás pero con el corazón más grande y el alma más pura del mundo. Es el deporte, amigos. A mí me emociona.



Foto del público llenando las calles de Zarautz al paso de la carrera a pie. El año pasado, pese a la lluvia, allí no faltó nadie aplaudiendo y animando.

Zori el grande entrando en la meta, como siempre, sonriendo, seguido por otro participante y su hija de la mano. Son momentos especiales para un deportista.


Un ciclista afronta la subida del 20% con el público volcado con él, al que no conocen pero respetan. Ojo a la implicación de la gente. ¡AUPA MUTILAK!, ¡AUPA NESKA! Dioooos, qué grande.
Jorge, en la transición para iniciar el sector de ciclismo. Su primer contacto con Zarautz, de diez.

Óscar en plena carrera ciclista, soltando de rueda a la gente, y que hizo a una media superior a los 30 por hora.


El rojo Óscar, al finalizar la prueba, muerto pero sé que el hombre más feliz del mundo.



16 junio 2008

Cátaros: desconecta, siente, viaja, vive

La Ruta de los Cátaros. Mágica. Carretera y manta. Coge el coche y ándate con quien mejor te lleves por allí como si no tuvieras otra cosa que hacer. Desconecta. Léete sus historias, sus luchas, sus dimes y diretes. Pasa unos días de escándalo con ella, o con él, tu compañía. Y con ellos. Los cátaros. Pasa por sus pasos, sus acantilados, sus montañas, sus escondites.


Castillos derruidos. Poco que ver y mucho. Piedra vieja (me encanta), olor a historia, aire puro en el prepirineo francés. Francia. Lluvia, sol, viento. Todo. Espadas en el aire, catapultas y marmitas de aceite que cae desde lo alto de los muros, al grito de "a mí" el soldado que defiende a su señor, su pueblo, su manera de pensar. Los cátaros.





Y con ella, mi maja vestida (desnuda siempre), la Pepa, la loca. Ella. Andando por aquella senda que da a la cima, al castillo de Queribus, al de Castres, a los cuatro de Les Tours, incluso al de Carcassone, tan nuevo él, tan como fuera de lugar ante tanta ruina bella. La Pepa anda y cuenta la historia, lee, siente a aquel caballero que defendía aquello en lo que creía. Catarismo versus cristianismo. Lucha desigual, derrota clara, marca en los libros, en el verbo del pueblo, en la historia. La Inquisición, dicen, contra ellos nació. Mala saña.

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14 junio 2008

La Penya en la marcha de BTT de Ontinyent

Estos son cuatro amigos de La Penya de Ontinyent, entre ellos mi primo Jordi (foto 3) y mi primo segundo o tercero Pablo Ferrero (foto 4), y por ende mi otro primo tercero o cuarto o quinto o sexto Manu Ferrero (foto 2), y ya puestos mi primo quincuagésimo sexto José Antonio Bonías (foto 1). El caso es que los cuatro participaron la semana pasada en la marcha de mountain bike de Ontinyent, por esos caminos que me enseñaron y que tantas veces he disfrutado.



El primero en meta debía haber sido, según los pronósticos, Bonías, pero el tío rompió una pieza de la bici fundamental para que esta chusque. Y si no chusca, hay que ir a pie. Así es que se retiró. La posición final tampoco era importante.






El próximo año me he comprometido a hacerla con ellos, porque así haremos algo de batalla haciendo equipo para ganar al Boni, que todos dicen que está muy fuerte y que hace dieta y come lo que tiene que comer y, eso sí, también bebe lo que tiene que beber.

Y bueno, como los echo de menos a todos, pues desde aquí un abrazo. A ver si ahora se cargan las bicis a los coches y se vienen a Andorra a hacer descensos. Aunque yo los vea desde la barrera...



También quisiera mostrar mi agradecimiento por la convocatoria de aquel almuerzo de bar 'made in Ontinyent' que organizamos y al que acudió mucha gente de La Penya, de tal forma que pude estar con la gente que me ha hecho querer una tierra que seguiré conociendo con la bici o sin ella. Porque es fantástica.

11 junio 2008

Dani, gente que mueve el mundo

Dani Ruiz, ese amigo del alma y de toda la vida que tanto quiero y que vive y trabaja de anestesista en Barcelona estuvo hace unos diez días en Mauritania. Él nos explica qué hizo allí: "Para quien no lo sepa, estuve 12 días en Noadibou, en una misión consistente en operar cataratas (yo hacía la anestesia, lógicamente, aunque también he hecho de celador, enfermero, auxiliar, técnico, médico general, fotógrafo...) al máximo número de gente posible, sin parar, de ocho de la mañana a diez de la noche. Una experiencia muy gratificante. No diré que me cambió la vida, pero sí que al volver aprendes a relativizar mucho las cosas, sobre todo cuando te tratan con la hospitalidad con la que me han tratado sin tener casi de nada".



Aquí os dejo el enlace que ha enviado Dani con las fotos. Él dice que son muchas, porque no las ha ordenado, pero a los que les interese les dará igual que sean muchas que pocas. Ah, por cierto, Dani avisa que hay "alguna foto de algún ojo de cerca, previo a operar, no apta para personas poco habituadas al tema quirúrgico". Y añade el anestesista, amigo y, qué coño, casi un hermano, que hay "muchas fotos de gente, claro...". La gente, la buena gente, mueve el mundo. Gente como Dani.

10 junio 2008

El serrucho de la Superespadán


Menudo serrucho. 178 kms, una media de 22,7 por hora, 14 puertos de montaña. La Superespadán. Una ruta espectacular y dura por la Sierra de Espadán de Castellón, una salida en bici que es ya tradición y que a todos nos pone a tono para la gran cita de la Quebrantahuesos. Fondo, resistencia, administración de la comida y la bebida, control de descensos y de las fuerzas, moderación, responsabilidad. Todo en una etapa mítica y gigantesca que nos permite afrontar con garantías el objetivo que nos hemos marcado. El viaje a Valencia de la pasada semana dio para esto y mucho más. Fuimos Alberto Medina, Andy Foster, Carlos Fides, Diego Cuesta y yo. Todos de La Naranja Mecánica. Todos estaremos en la Quebrantahuesos, el 21 de junio. Alea jacta est.

09 junio 2008

Me ha hecho...


No sé si me meteré en un lío publicando esto, pero es que me ha hecho mucha gracia, me ha hecho reflexionar, me ha hecho sonreír, me ha hecho abrir la mente. Esa es la esencia del chiste gráfico. Grande.

05 junio 2008

El recuerdo de Oliva 2007




La semana pasada fue el triatlón de Valencia, que creo que fue olímpico, y me dio envidia y rabia por no poder hacerlo. Son 1,5 kms nadando, 40 en bici y 10 corriendo. Esta cita deportiva y la envidia que me corroe me han hecho recordar el día que me estrené con un triatlón de distancia olímpica, el pasado 2007 en Oliva.



Recuerdo cómo sufrí en el agua, cómo disfruté con la bici y cómo intenté aguantar el dolor global en la carrera a pie. Aquel día me acompañó mi Pepa, mi hermana María, mi cuñado Carlos y mi sobrino Pablo, que vino con pancarta y todo para animar a su tío, y del que pondría aquí un par de fotos que recuerdo con cariño, pero como esto es internet y él menor de edad, no me atrevo.

03 junio 2008

A pasar calor de una puñetera vez

Estoy contento por dos cosas. La primera porque ha sido el primer día que he andado por Andorra con camiseta, aunque cuando corría algo de aire me ponía la sudadera cagando leches. Y la segunda porque nos vamos esta semana a Valencia, y me llevo los pantalones cortos y no me llevo la chaqueta de invierno de la bici, ni los guantes, ni las bragas del cuello ni nada. Aquí se queda el frío maldito y desolador.

Ayer lunes hice 143 kilómetros subiendo Sant Andreu, en España, un puerto de 20 kilómetros, para volver a Andorra y subir La Rabassa, puerto que subirá la Vuelta a España en septiembre, de 18 kilómetros, y aquí me llovió en la subida pero mucho más en la bajada, y cogí frío y me enfrié y me indigné mientras me helaba el viento en la cara y el pecho y las piernas mojadas porque pensaba que estaba en junio y que me cago en la mierda del frío que hasta casi en verano sigue presente en este minipaís. Luego en el puerto de la Comella, de 5 kilómetros, me dio el pajarón y me tuve que parar cuando vi que iba a 9 por hora y tenía 140 pulsaciones. Es decir, que me estaba durmiendo. Me senté en el arcén, comí, respiré, coroné como pude el kilómetro que me faltaba y le envié un mensaje a la Pepa: "Vine a per mi". Y vino. Mi luz.