31 mayo 2011

En el agua

Suena la bocina y corres. Entras al agua y saltas la primera ola, la segunda, la tercera, sigues trotando y ya el corazón ha empezado a bombear con fuerza en proporción a la profundidad que vas cogiendo. Notas la primera fatiga y miras hacia delante para ver una inmensa nube de agua que está a punto de caerte encima, entonces estiras el cuerpo y te lanzas a cortarla por lo sano, la atraviesas y vuelves a la superficie, te incorporas y sigues luchando contracorriente y de nuevo una gran ola se pone delante como un muro al que otra vez superas como si fueras un cuchillo entrando a cortar la mantequilla justo cuando escuchas la exclamación de sorpresa de un triatleta cercano.

No has superado aún este tramo y ya te sientes cansado, porque el agua no es un estado natural del hombre, la lucha es desigual, pero la fuerza humana te permite insistir, porfiar hasta morir, y vuelves a lanzarte contra la ola que te impide avanzar y tienes el corazón en la garganta, y ahí estás tú contra el mar, y entonces pasas la zona en que el oleaje rompe para entrar en la zona tranquila, donde intuyes la corriente y adaptas la natación a ella, para soltar pequeños vistazos al horizonte, cuando subes por las ondulaciones del mar, y avistar la primera boya que es el primer objetivo, allá al fondo donde el primero de los triatletas parece que ya se acerca.

Allí está la señal amarilla, sigue recto, no mires a los lados, compasa la respiración con el ritmo, no dejes que el de al lado te coja la posición, acelera, que note tu codo, que no pase, avísalo, que te sienta, que sepa que por ahí no puede pasar, y sigue con las brazadas, y una, y otra, y otra más, y bocanada de aire a la izquierda, y bocanada a la derecha, y de nuevo vistazo al frente, vas bien, todo recto, no te salgas de esa línea imaginaria, no zigzaguees, insiste, no dejes que te cierren esos dos, pasa por el medio, acelera, supéralos, venga, venga, venga, de nuevo marca el territorio, avisa, eh, que aquí estoy, paso.

En la boya hay apelotonamiento, frenas, recibes algún golpe, te mantienes a flote mientras giras a la derecha pataleando y escuchas los "vamos, vamos" del resto de triatletas que tienes alrededor, y vuelves a zambullir todo el cuerpo estirado y a coger el ritmo, otra vez, ahora en diagonal, a favor de corriente, hacia la segunda boya, más al fondo. Olvida el olor a gasoil de la Zodiac de la Cruz Roja que vigila, controla las arcadas que te suben del estómago y busca unos buenos pies que te lleven, recto, directo, al segundo objetivo. Ritmo, ritmo, ritmo.

En el camino, observas el fondo del mar, verdoso y oscuro, terriblemente enigmático e impregnado de millones de burbujas del estruendoso impacto de decenas de triatletas. Ves pies, piernas, brazos, manos, codos, gorros naranjas como el tuyo, caras desencajadas en pleno ejercicio, concentración, todos a lo mismo parapetados los ojos tras las gafas oscuras.

La segunda boya se alcanza ran rápido como se deja atrás, y entonces encaras la tercera, dirección a la playa, donde llegas gracias a tu impulso, que es caliente y feroz, pero va acompañado de la fuerza del agua, que quiere morir en la arena tanto como tú llegar allí y volver a erguirte porque eres bípedo, recuérdalo.

La tercera boya te indica que has superado lo peor, pero el mar te sorprende, y mientras vas recto hacia la playa, de vuelta a casa, pensando en la transición, la corriente se torna diabólica: aprovechas su fuerza para impulsarte, pero la misma reacción te bloquea después, cuando el agua vuelve hacia atrás para coger de nuevo impulso, y o te adaptas o te estancas, y entonces bailas al son de las olas el Danubio Azul, y allí estás, como un pescado herido y desorientado, acercándote rápido y al mismo tiempo muy despacio hasta tierra firme.

Aún no tocas suelo dentro del agua, y ves que algunos intentan buscar ese sustento, tal es el cansancio, mientras sigues nadando, concentrado, esperando paciente el momento, que llega cuando cinco metros delante de ti ves que un triatleta ya camina. Estiras las piernas en vertical y allí está la arena, levantas el torso, te limpias la boca, escupes agua salada, respiras profundamente y tu cuerpo intenta acoplarse a la nueva situación, abajo a merced del agua, arriba a merced de lo de abajo, y luchas y levantas rodillas y sales del agua extasiado porque tu cuerpo alucina con el cambio. Qué momento, qué grandeza, qué lucha, qué sensación tan grata volver a ser humano, dejar el agua atrás empapado de ella y de sal.

Flotas, sí, flotas en la arena, ya sin agua, sientes los aplausos y sacas una sonrisa de pez salvado de las redes del mar y sigues corriendo bajo una sensación de ingravedad total, hasta que alcanzas los boxes entre gritos de ánimos y tu cuerpo asume que estás en tierra, y entonces buscas tu bici, te pones el casco, las zapatillas, bebes un trago de bendita agua dulce y saltas sobre la bici. Y de nuevo a volar, volar, volar, sin apenas recordar ya que hace un instante luchabas allá donde sólo los peces se sienten como en casa.

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Tú y el mar

Cuando estás en la playa, descalzo y con el gorro puesto, te pones las gafas y notas el calor de tu cuerpo en contraste con el fresco de la arena que pisas. Todo a tu alrededor huele a la goma de los neoprenos. Nadie habla en exceso, sólo alguna broma que refleja el nerviosismo como una risa tonta. Te acercas a la orilla y pruebas el agua, y entonces te haces mil preguntas pero sólo tres pesan más que ninguna. 1, ¿llegaré a la primera boya?; 2, ¿saldré del agua?; y 3, ¿tendré fuerzas para seguir corriendo?

Entonces vas a la línea de salida, escuchas al juez y te preparas para el bocinazo que te manda directo al fondo del mar. Entonces sólo piensas en salvar las olas y llegar sano y salvo a tierra firme un cuarto de hora después.

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27 mayo 2011

Hasta siempre, Chimo

Te vas a Valencia a una competición, a ver a la familia y a los amigos, y justo antes de salir de casa te informan que una de esas personas de tu grupo de amigos que conoces desde toda la vida se ha muerto. Así, de buenas a primeras. Entonces se te tuerce el rostro y bajas hacia tu tierra pensando que no somos nada. Simples pasajeros que vamos bajando del tren sin apenas criterio que controlar. Joder.

Chimo Torró, descansa en paz.

25 mayo 2011

Situaciones

Situación 1:
Voy sediento a la nevera, cojo un Trina de Limón y me lo enchufo a trago limpio, acto seguido el esófago a punto está de reventarme, me lloran los ojos y empiezo a toser con violencia. Miro el bote: no era un Trina de Limón, me cago en diez, sino una Schweppes con gas. Eso sí, de limón. Vista de lince a la hora de comprar.
Situación 2:
Me dispongo a desayunar. Leche con cereales, tostadas de mantequilla y mermelada, zumo de naranja y un té. Mientras los cereales cogen consistencia en la leche, unto la mantequilla y cojo el bote de mermelada, que está por estrenar. Al abrirlo noto algo raro, como una sustancia que vibra dentro, como gelatinosa. Ay, que no es mermelada de frambuesa... Es gelatina... Gelée no significa mermelada, burro, sino gelatina. Libertad, igualdad, fraternidad. Y calma. De nuevo, vista de lince a la hora de comprar.
Situación 3:
De segunda mudanza, abro cajas al más puro estilo sentimental. Esto es, leyendo cada papel, cada chiste de Forges amarillento por el paso del tiempo, frases de Gila mezcladas con otras de Humphrey Bogart en Casablanca, alguna de Clint Eastwood de espagueti western, observando los llaveros y las chapas de cuando era niño (miro atontado una que pinté de verde y en la que dibujé una bici y puse el año: 1992, como un gran año de muchas salidas...), los Siete Enanitos de Blancanieves, las figuras de Astérix y Obélix que compré no hace muchos años, un Ferrari de Fórmula 1 de palmo que me regaló mi abuela a finales de los 80, los apuntes de la carrera de Periodismo, los de la carrera de Educación Física, alguna foto con cara de niño alelao, notas de amor a la Pepa, un gorro con el que tonteé con Raquel, el pato Lucas que me regaló Ana, mi equipaje del FC Barcelona de cuando no tendría ni cinco años, arena del desierto de Túnez en una Coca-Cola escrita en árabe, el código de circulación de cuando me saqué el carnet de conducir... De repente todo mi mundo se cae sobre mi cabeza. Cierro los ojos, respiro profundamente y voy echando a la basura todo lo que puedo sin que se me parta el corazón.

Situación 4:
Abro una maleta con ropa. Allí están camisetas de toda la vida. La del equipo de fútbol de Ontinyent cuando llevaba el 2 y era Rastra; la del voluntariado medioambiental de una fantástica semana con amigos, naturaleza y sentido de responsabilidad; el equipaje de fútbol de Superdeporte (un pijama en toda regla); y las camisetas del Estudiantes cuando lo patrocinaba Caja Postal; además de la sudadera de la carrera de Periodismo, una de la web Nostresport.com con los que colaboraba y, sobre todo, la camiseta de fútbol con el 19 a la espalda que llevó Perico Delgado en un partido de deportistas contra periodistas donde yo jugaba en el bando de los plumillas y que me intercambié con el que fue y será mi referente ciclista. Mítico. De nuevo mi mundo se cae sobre mi cabeza.

21 mayo 2011

Crónica: Marcha Siete Picos de Requena

En el Remedio, el puerto más duro de la Marcha Siete Picos. (Foto: www.conxip.com)


En el centro de la imagen, poniendo a cero el cuentakilómetros. (Foto: http://www.conxip.com/)

No empezó bien la Marcha Cicloturista Siete Picos de Requena (Valencia) porque la inicié con el día anterior enfilado a la taza del wáter con una descomposición estomacal de la cual mejor no entrar en detalles. La noche previa a la prueba, incluso me desperté a las tres de la madrugada para ir a hacer una visita de urgencia. Ante esta situación de poca sujección y mal dormir, me presenté en la salida con gran incertidumbre, comida en los bolsillos del mallot, y un paquete de pañuelos de papel ¡entero! Por si había que dejar la bici en la cuneta y buscar un sitio apartado.

Paco, con chaleco amarillo fosforescente. (foto: www.conxip.com)


En el centro de la imagen, Javi y Patxi justo detrás. (Foto: http://www.conxip.com/)

Pero el día empezó mejor de lo esperado. Desayuné poco y mal (minúsculo plato de espaguetis… y medio bocadillito de nocilla –no lo puedo evitar-), pero todo parecía estable. La salida fue como se esperaba: a tope. A las primeras de cambio, me decepcionó ver que ninguno de mis amigos estaba a mi alrededor. Me giré y vi a Javi un instante, pero luego se esfumó. Así, fui en los primeros kilómetros saltando de grupo en grupo, cada vez ganando posiciones siempre que el apretón no me supusiera un excesivo desgaste.


Samu, mallot azul con chaleco negro, en el centro de la imagen. (Foto: www.conxip.com)

Requena, salida y llegada de la Marcha Siete Picos, al oeste de Valencia.

Así prácticamente completé los tres primeros puertos (Pico del Negrete, Mataparda y Remedio). A partir del Remedio, los pelotones grandes desaparecieron y se tornaron en goteo de ciclistas, parejas o grupos de diez y poco más: Ese puerto hace mucho daño.

En la subida al Remedio. (Foto: www.conxip.com)

En el descenso del Remedio, me vi solo y con viento de costado. Puse mi ritmo y fui cazando gente. En el siguiente falso llano con la carretera muy mala y con gravilla, uno que iba justo delante de mí se fue al suelo en una curva. Del susto di un respingo y vi cómo impactó clavícula y cabeza en el suelo. Un golpe muy fuerte. Me asusté y frené, pero vi que un coche de la organización (o no) paraba a auxiliarle, así es que continué. Cogí a dos chicos del Puerto de Sagunto, pero no me siguieron. Luego en aquel asqueroso y dolorosísimo sube y baja iba de grupillo en grupillo, o adelantado a algunos que iban solos, pero siempre me dejaban ir. Fue como en 2009, que mi ritmo fue bueno en ese punto, con 100km en las piernas, con la diferencia que en esta ocasión, tal vez por el calor, tal vez por el esfuerzo inicial de la marcha, tal vez por la deshidratación de las últimas 24 horas, empezé a sufrir fuertes calambres en pequeñas y puntuales zonas de mis piernas. El caso es que era curioso, porque tenía muchas rampas y las tuve hasta el final de la etapa en momentos concretos, pero sin embargo seguía teniendo fuerza. Luché contra esos calambres con plátanos y bebiendo mucho agua y mucha bebida isotónica.
Pantano de Benagéber: pasamos por la carretera que pasa por la misma presa.
El espectacular sifón del embalse de Benagéber.
La dura subida al Remedio, desde Chelva.
El tramo rompepiernas se acababa, y venía el giro de noventa grados hacia el cuarto puerto, el de Peñas de Dios. Al girar, muy malas noticias. Estaba solo ante el peligro y con el viento en contra. Decidí seguir como hasta ahora: la filosofía con la que afronté esta Marcha era forzar la máquina tanto como fuera necesario, hasta caer fulminado en cualquier punto, a poder ser, claro, en meta. Así es que con esta premisa metí plato, puse cadencia y me puse a remar.

Seguí adelantando ciclistas pero ahora sí que de uno en uno y muy de vez en cuando. No serían más de 10 en ese puerto. Uno de ellos me dijo de hacer relevos juntos, y si nos volvemos a encontrar en otra Marcha (va a la Quebrantahuesos, quién sabe si nos veremos), se llevará un abrazo como el que nos dimos en la meta después de compartir sufrimiento durante muchos kilómetros. Su nombre, simplemente Jaume. Ni idea de dónde, pero valenciano.

Este ciclista, en principio ‘un ciclista más’, y no Jaume, dio un relevo y se apartó. Cuando me tocó a mí empezó a gritarme desde atrás que si iba así no me podía pasar, que le sabía muy mal. Le dije que no me importaba y sin mediar explicación quedó claro que yo haría el trabajo en los repechos y subidas, y él me llevaría en volandas en las bajadas. Fue cuando preguntó mi nombre, y aunque pensé que acabaríamos separándonos, en el avituallamiento de arriba del puerto me esperó a que yo cargara de nuevo líquidos y más plátanos. Vi que tenía previsto pegarse a mí, y entonces ya nos presentamos debidamente. Ya no era ‘un ciclista más’, sino Jaume.

Jaume, el ciclista amigo, a la izquierda de la imagen, de blanco y rojo. (Foto: www.conxip.com)

El descenso de Peñas de Dios lo hizo él. Yo iba como un rey agazapado detrás, estirando y comiendo, pero cagadito de miedo porque Jaume se ponía a 55-60km/h con suma facilidad, y aquello es mucha velocidad para mí, sobre todo con un plátano a medio abrir en la mano izquierda que a su vez tocaba el freno para no salir volando en las curvas. En el falso llano que precede al puerto de Chulilla, el quinto de la tarde, me dijo que ya no podía más. Con la misma filosofía que yo traía de casa de morir sin compasión, me puse a darle al pedal en el llano con ritmos conseguidos de 35km/h, de 40, de 50, dependiendo de las pendientes. En esas cogimos a una decena de tíos y Jaume, que hizo el último esfuerzo para enganchar, se quedó detrás a rueda. Me dijo que nos quedáramos allí pero aquello era una anarquía, porque cuando se ponía la cosa cuesta arriba nadie quería dar relevos y acabábamos a 23 por hora. De nuevo tuve que sacar a colación la filosofía del día, y me puse a tirar. Cuando me giré, a rueda tenía a Jaume, y al resto en fila india. Me regulé como pude, y aunque me aparté dejando caer que me pasara alguien, allí no se movía nadie. Tal era la desvergüenza, que en ese punto tuve la rampa más grave del día en el vasto interno de la pierna izquierda, saqué el pie del pedal y me puse a estirar un momento, y pese a la reducción obvia de velocidad, ¡nadie me adelantó para relevar! Garrapatos. Creo recordar que en ese mismo punto me pasó algo similar en 2009.

Chulilla ofrece una imagen espeluznante, clavado el pueblo en la ladera de la montaña.

Entonces llegamos a pie del puerto de Pico Chulilla, y se oyó mucho ruido de cambios y mucho suspiro. Uno de los remolones me echó en cara que hubiese gastado tanto, porque “la Siete Picos empieza realmente ahora”, dijo, y yo ni le contesté, tal era mi enfado. Cada uno puso su ritmo, y yo el mío, y a partir de ahí, Jaume se quedó con el resto. El resto del día volví a ir solo completamente.

Coroné Chulilla y después del descenso llegó subir Chera, el penúltimo puerto, que se me hizo pesado pero nadie de los remolones alcanzó a verme entre las curvas. Me daba igual que me cazara alguien, pero no que lo hiciera uno de aquellos señoritos caraduras. Coroné y de nuevo el descenso me permitió comer y darlo todo, para empezar el último ascenso al Pico de Requena con la ilusión de estar a punto de acabar.

Me dolía todo, especialmente tres puntos: dentro de la rodilla derecha, los cuádriceps y la parte interna de la pierna derecha, a la altura de la rodilla. Pero la anestesia de ir con el cuerpo bien caliente desde hacía tantas horas permitía pensar que a las molestias, ni caso, así es que coroné con 6h 22min, bajé a mi ritmo pero dando la fuerza que me quedaba pese a saber que hacer menos de 6h 30min en meta ya era imposible y entré en Requena más solo que la una y tremendamente contento.

En la llegada, me dio un bajonazo de tal calibre que me debió de afectar a la sensibilidad y me puse a llorar mientras descansaba sentado a la sombra, yo solo. Cosas que me pasan cuando estoy tan cansado. Al rato, llamé a la Pepa y la emoción tampoco la pude evitar porque ella estaba desbordada de alegría por la buena etapa que me había salido, cuando yo aún soñaba con poder levantarme a por otro bote de Aquarius.

Al final, el resultado fue realmente fantástico: 180km con siete puertos en 6h 39min 11s, a una media de 27,8km/h, según los datos facilitados por la organización. El 219 de la general (había poco más de 900 inscritos) y el 79 de mi grupo de edad (26-35 años).

En la Siete Picos hemos participado Diego (7h 10min), Patxi (7h 12min), Javi (7h 32min), Samu (8h 15min) y yo. Mención especial a Paquito, que no la pudo acabar porque la organización se lo impidió cuando llevaba 155km y estaba a punto de empezar el quinto puerto del día. Pese a todo, es un ejemplo para muchos que le tienen miedo a estas cosas. Voluntad y ganas, y se puede con todo. En la Quebrantahuesos será muy feliz y lo seremos todos porque la acabará. Seguro.

Próxima cita, triatlón de Cullera del 28 de mayo. Esto será otra historia.

19 mayo 2011

Que duren


Última gran inversión en la bici para muchos años. Dos ruedas nuevas y mejores que las que tenía. El cambio es una mezcla de capricho y necesidad. Capricho porque hace tiempo que he querido hacerlo, y necesidad porque cuando me decidí por fin me di cuenta de que las ruedas que tenía estaban hechas polvo, con varios golpes y muchos rascones. Así es que ya tocaba. Ahora, que duren mucho.

17 mayo 2011

Cómo hacer una foto de familia

Aquí tenemos a un equipo de triatlón posando. Son los del A Corre Cuita, unos amigos, en el pasado triatlón de Canet d'En Berenguer.

Y aquí tenemos al mismo equipo de triatlón intentando posar.

Que si tú delante que eres más bajo, que si las chicas detrás, que no, que luego sí, que vuelve a cambiar, que si el más alto que se ponga detrás, que si poneros las camisetas, que si no, que yo de aquí ya no me muevo, que si el sol me da en los ojos, que si este se pone a mi lado yo parezco canijo, que yo no me quito el gorro ni las gafas de sol porque es un recuerdo de anoche, que si sonreír, que si espera que falta alguien, que si espera que creo que he cerrado los ojos, que si a mí no se me ve, que si no se le verá al otro, que si... ¿nos ponemos de acuerdo? Pues nada, ahora sí, ¡paaaaaaaaaaa-taaaaaaaaa-ta!

16 mayo 2011

Un empacho es para toda la vida

Un empacho es algo que se coge y no se suelta en la vida. Cuando uno se ceba con algo y acaba saciado hasta grandes niveles, que el cuerpo y sus sentidos quieran volver a probarlo cuesta.

Uno se toma un bocata de mortadela con todas sus ganas, mastica con viveza, traga con voracidad, y al cabo de una media hora está incrustado en la taza del wáter mentando a los dioses que crearon aquel cerdo inmundo que dio aquella mortadela de la cual empiezas a pensar que ese color rosa no puede ser bueno y que a saber qué tendrá y que qué asco y que qué... ¡buuuuuuoooooooaaaaaaaaaaagggggggggg!

Pues todo esto es para explicar lo que es un empacho ciclista. Cuando tenía 15 años, tal vez 16, una de las salidas de la peña de Alboraia marcaba unos 150km con subida al Pico del Águila, bajada a Altura, subida al Montemayor por Cueva Santa y Alcublas para volver a Alboraia por Llíria y la Pobla de Vallbona. Aquella jornada tan animada y que seguro que empezó muy bien, se tornó en mi primera gran pesadilla.

Superado el Pico del Águila y Altura, al girar hacia la Cueva Santa aquello ya no era felicidad ni alegría, sino el infierno mismo. Recuerdo cómo agonicé por aquella carretera semidesierta, cómo el calor me acuchillaba, cómo la cabeza no me funcionaba y aquella sensación de vacío absoluto subiendo aquel puerto. Recuerdo a algunos compañeros de Alboraia e incluso a mi padre darme ánimos mientras yo pensaba que no eran conscientes de mi dolor, aunque allí estaba yo doblando el cuello sin saber a ciencia cierta por qué no decía basta y llamaba al 112.

Recuerdo todo aquello como si fuera ayer, y es por eso y por el empacho que la sola idea de organizar una salida por allí me revuelve las tripas y me veo incrustado (otra vez) en la taza del wáter clamando piedad.

Asi es que ya se sabe, una indigestión de tal calibre es algo muy serio. No recuerdo haber vuelto por aquella zona, excepto en dirección contraria, que es en bajada y disfrutando con mi cuñado Carlos y después de reponer fuerzas en un bar de moteros de Alcublas. Nada más lejos de aquella primera experiencia adolescente con una kilometrada memorable y un hartazgo de sufrimiento.

Creo que ese fue uno de esos días en que al llegar a casa con mi padre, mientras él se duchaba yo me quedaba dormido encima de la cama con guantes, cullotte y maillot incluído (quién sabe si con el casco aún), mientras mi madre y mis hermanas comían tranquilamente, después de un sábado tranquilo en el que la lectura y la conversación habían alimentado sus almas. La mía yacía por aquellas carreteras. Y hasta hoy.

14 mayo 2011

Divagar con la radio


Esta mañana escuchaba en un programa de radio cómo explicarle a un niño la muerte de alguien querido. Esto ha llevado a que mi cabeza viajara a aquel año en que mi abuela paterna se fue; a aquella llamada a primera hora de la mañana que anunciaba a mi padre la pérdida de su madre, y a sus hijos la de su abuela. Fue en 1987, y yo apenas tenía nueve años.

De esta idea mi cabeza ha ido saltando de mata en mata y ha llegado a los Reyes Magos. De cómo he ido de un tema a otro no tiene explicación para los que leéis esto, y tal vez ni siquiera para mí, pero el caso es que pensando pensando mientras le daba a la tostada y al zumo de naranja y seguía el debate radiofónico, he acabado imaginándome unos Reyes Magos que formaban un trío matrimonial. Lo nunca visto.

Entonces me ha venido una sonrisa a la cara, porque estaba pensando lo curioso que sería que los Reyes Magos fueran amantes entre ellos, con lo que se daría una buena mezcla de triple homosexualismo y, además, interracial, lo que me ha hecho pensar qué dirían a todo esto los curas y demás. Las cruces y los rosarios echarían humo ante tal sacrilegio.

Y todo, por un tema que ha sacado la radio que ha empezado siendo una A a través de las ondas y ha acabado siendo una Z en mi cerebro. La magia de la radio en comunión con la cabeza de cada oyente crea tantos mundos paralelos como personas la escuchan. He aquí la magia de este medio de comunicación.

12 mayo 2011

Mapache


Nunca aprenderé que la crema solar es básica, y que aunque sea solo un ratito lo que salgas a entrenar bajo un sol de justicia, la quemadura no te la quita nadie. Ya me han reñido, pero insisto en la idea: nunca salgas en bici y/o a correr sin crema solar.

Ahora ya no voy de rayas agromán, sino de chuleta agromán. El tritraje para todo el verano. ¡Mecachis!

10 mayo 2011

Abejorro

Un mediodía que me fui a correr al paseo de Les Pardines después de trabajar, llegué allí con el coche y aquello estaba desierto. Ante tal tranquilidad, decidí cambiarme al aire libre y no sentado en el asiento del conductor, como hago cuando hay gente cerca.

Estaba yo descalzo y en calzoncillos buscando las mallas de correr en la mochila cuando en el techo del coche se posó un abejorro inmenso y, en verdad, precioso. Peludo, como un pulgar de grande, parecía buscar algo de picar –supongo- en aquel insulso y metálico tejado.

Me quedé unos segundos observándolo cuando el menda alzó el vuelo y aprovechó la oportunidad para colarse por la puerta dentro del coche. Ahí me cambió la cara.

Mi primera reacción, tan cerca pasó de mí aquel avión a rayas, fue cerrar de golpe aquella puerta, pero no contaba yo con el enfado de aquel bicharraco. El rey de los abejorros empezó a golpear los cristales primero como intentona, pero según probaba sin éxito salir al exterior, su violencia se intensificaba.

El coche empezó a balancearse tal era su fuerza. El insecto, ya no bello sino inmundo y peligroso, empezó a crecer y crecer y el miedo me invadía. Aquel abejorrillo del tamaño de un dedo pulgar pasó a ser primero como un puño, luego como un balón de baloncesto, hasta que su volumen le impidió moverse dentro de mi pobre Seat Ibiza, que sudaba por dentro.

Yo estaba paralizado, con los ojos como platos y buscando un sitio donde esconderme, con las mallas en la mano y en calzoncillos, descalzo moviendo las piernas sin sentido. Aquel señor abejorro quería seguir creciendo y el espacio interior se le hizo pequeño, tan al límite que cuando un rugido estremecedor empezó a salir de dentro del coche, de repente aquella bola de pequeños y punzantes pelillos explotó sin más. Entonces se hizo el silencio, mientras el ventilador del coche se puso en funcionamiento.

En aquel momento, con los asientos impregnados de un líquido espeso y rastros de pelos y patas de insecto por todos los lados, apareció una pareja de turistas franceses que soltaron un bon jour dudoso, mientras sus ojos iban y venían entre el coche destrozado y mis pobres canillas al aire calzoncillo mediante.

09 mayo 2011

Bici urbana

El niño de la silla cantaba alegremente sacando la sonrisa de su madre y de quien les seguía.

Algunos de los mejores momentos ciclistas que recuerdo son urbanos, unos de día, y los mejores de noche, cuando todo el mundo duerme y no hay tráfico, ni gente, ni otras bicis, y sólo estás tú y tu montura, paseando con toda la tranquilidad del mundo disfrutando del fresquito de la madrugada en tu cara. Muy placentero. Extraordinariamente placentero.

La bici plegable de mi padre, una fiel amiga.

De hecho, en la pasada visita a Valencia hubo un par de noches que en vez de ir hacia el punto de destino por el camino más corto, daba un rodeo considerable buscando este o aquel carril bici, la calle de las Barcas toda para mí, la avenida del Puerto o la calle Sorní y el giro por Colón, calle Xàtiva, San Vicente y el barrio del Carmen, o la vuelta completa a la plaza del Ayuntamiento, dándola simplemente por el placer de hacerlo...

Mi mountain bike, envuelta en la fresca noche valenciana, después de un día lluvioso.

Nadie excepto mis pedales sobre el asfalto. Maravilloso. Me venían a la cabeza aquellas noches de frío intenso en pleno invierno cuando salía de trabajar de Superdeporte a la una de la madrugada y volvía a casa en lo que era, sin ninguna duda, el mejor momento del día.

Esos paseos me aportan calma.

El ciclismo urbano, ya sea con una bici plegable, con una de carretera, con una híbrida, con una de diseño o con una mountain bike reventada, sin duda me aporta una gran satisfacción. Lejos quedan aquellos piques infernales de alocados adolescentes sorteando el intenso tráfico para llegar al Mercado Central antes que Dani, Paquito o Patxi. Eran otros tiempos.

08 mayo 2011

Querer es poder

Hay un amigo por ahí, Panorámix de apodo, Raúl de nombre, que me insiste en que a mí lo que me falla es la cabeza. Que no me lo creo, asegura; que debo luchar contra eso.

Hace tiempo que me dice que voy más de lo que pienso, y espera de mí que baje de las siete horas en la Quebrantahuesos. Eso son palabras mayores, le digo yo, pero él está convencido de ello. Así pues, hace un tiempo que he empezado a pedalear de otra manera, tal vez buscando superar límites que pensaba que no estaban a mi alcance.

Por ejemplo: subir a plato algunos puertos. El Oronet (4-5km) y el Pico del Águila (15km) son los dos puertos clásicos en Valencia, por cercanía y accesibilidad desde la ciudad. Subirlos a plato nunca me lo había ni planteado -los habré coronado centenares de veces-, y si bien en algunos tramos sí que lo había intentado alguna vez, nunca imaginé poder hacerlos de principio a fin.

Lo que no entraba en mi cabeza es que consiguiera no solo coronarlos sin quitar la paellota, sino hacerlo tan campante, como si nada, con la sensación de no haber tenido que forzar salvo en ciertos puntos concretos donde la pendiente me obligaba a remar más de lo normal.

Dicho y hecho, lo conseguí. El Oronet desde Torres Torres con el 52x23, y el Pico del Águila desde Olocau con el 52x23 el primer día, y el segundo ya cansado y obligado en algunos tramos a poner el 52x25. Resultado: un trabajo de fuerza excepcional, realmente motivador y que me hace pensar que tendré que hacer más caso a Raúl, creer en mí mismo y dar mucho más en las próximas citas importantes, como la Siete Picos de Requena o la Quebrantahuesos. En realidad, tampoco tengo nada que perder: ¿que me pilla el pajarón? Pues son cosas que pasan. Simplemente, tendré que ir a muerte desde el principio. Por probar que no quede.

06 mayo 2011

La dignidad por los tobillos

Vale que uno tenga que ganarse la vida. Vale que estamos en crisis y a veces hay que agarrarse a un clavo ardiendo. Vale que buenos son unos euros. Vale que hasta nos dejemos explotar. Pero una cosa es trabajar, y otra perder la dignidad.

Este tío, que lo saco de espaldas aunque tengo fotos de su cara, no perdía la sonrisa así tal cual estaba, con la ropa por los tobillos y su publicidad de "nos bajamos los pantalones". Todo el mundo lo miraba y sonreía, tal vez por su osadía, tal vez por su falta de vergüenza tan bien llevada. Aquel hombre repartía publicidad tan feliz, sabiendo que estaba haciendo algo tan digno como trabajar.

Para los que no lo sitúen, estaba justo en la salida del metro de Colón de Valencia, allá por donde un sábado como era ese día, pasan miles de personas entre tiendas y demás. La jugada de publicidad, todo sea dicho, es de una eficacia innegable.

02 mayo 2011

La impune justicia estadounidense o el terrorismo de Estado

Mi indignación había llegado a cotas altas esta semana ante tanto fervor por la rápida y necesaria (para algunos altos cargos de la curia pontificia) beatificación de un tipo que ayudó a matar a tanta gente allá donde la cultura del preservativo antisida aún no ha llegado. Levantarme hoy con la muerte de Osama Bin Laden me ha hecho plantar otra vez las orejas.

¿Muerto? ¿Enterrado en el mar? Eran las primeras preguntas que me asaltaban. Con el paso de las horas, las lecturas y los análisis de tertulianos, diplomáticos, políticos y demás privilegiados de darle al coco, las preguntas eran otras muchas. Como por ejemplo, ¿qué entiende por justicia el, en teoría, país más moderno y democrático del mundo?

Estados Unidos ha dado siempre muestras de tener una doble vara de medir. Llama la atención, o al menos es mi percepción, la estupenda exaltación de júbilo que ha vivido el país de las barras y estrellas ante tal muerte. La gente en la calle dándole al cláxon y a la bandera, y gritos de "iu es ei, iu es ei" grasas saturadas mediantes, alabando a su todopoderoso país, gloria y patria del mundo. Todo por un muerto.

La alegría por la muerte es uno de los conceptos que estaría bien analizar si yo fuera un psiquiatra e incluso algo parecido a un analista de la sociogeopolítica internacional (permítaseme el término), pero quisiera entrar de lleno en el concepto de justicia de ese país. El presidente Barack Obama se ha quitado la careta, se ha puesto en el balancín del rendimiento político (les pierde, a los pobres cantamañanas) y ha anunciado, así, tal cual, que con la muerte de Bin Laden "se ha hecho justicia". Tras él, el resto de politicuchos del mundo mundial que le comen el rabo al lobo vestido de cordero han ido al alimón.

Se ha hecho la misma justicia que, en 1962, se hizo con el secuestro y asesinato por parte de Israel de Adolf Eichmann, el gran artífice de la 'solución final' nazi con el pueblo judío, cuando el viejo asesino, apartado del mundo y escondido en Argentina bajo su nacionalidad, fue atrapado por el Mosad y llevado a Israel, donde recibió su propia medicina, disfrazada de justicia: juicio rápido y a la horca. Ojo por ojo.

Hoy asistimos a la misma mierda. Estados Unidos -históricamente salvador y baluarte del mundo judío, dicho sea de paso- se pone la bandera de la democracia y la justicia y acude a la salvación del mundo descerrajando todo su arsenal y poder contra un criminal como Bin Laden. Este hombre recibió, siempre según la versión oficial, un tiro en la cabeza y santas pascuas. Diez años después y con la popularidad del presidente Obama cayendo en picado. Puntualizo.

Ay. Podemos pensar, como han dicho algunos, que Estados Unidos ha actuado ante tal caso con una acción de guerra y que, por tanto, el tiro certero en la sien podía suceder cual bala perdida. En ese caso, cabe añadir que existe la Convención de Ginebra que, alarmantemente, nadie parece tener muy en cuenta en los últimos conflictos bélicos que vive este triste planeta. Asimismo, cabe la posibilidad de reflexionar sobre si pudo ser capturado con vida o no, pero en todo caso, es cierto que para los Estados Unidos de América y toda su pompa, era mejor botín un Bin Laden muerto que no vivo. "Dead or alive", dijo en su momento el mayor inepto que ha tenido la Casa Blanca por presidente, con permiso de su padre.
Para empezar, este hombre tan satanizado por los yankis llegó a ser tan terrible precisamente gracias a la preparación que recibió en su momento de la CIA y EEUU en su conjunto, por aquello tan olvidado hoy como la guerra que libró en los años 80 Afganistán contra la invasión de la Unión Soviética.

Ahora dirán que eran otros tiempos, pero este personaje tenía mucho que decir que hiciera daño por el pasado, y mucho que animar aún a sus acólitos de hoy en día, talibanes y pirados en su mayoría, respecto a la guerra santa y toda esa mandanga de extremismo extremo. Ante tales perspectivas, entre el 'dead or alive', mejor 'dead', y ahí lo tenemos. Ojo por ojo.

Sin más, gana el mundo porque "se ha hecho justicia". Claro. Lo que se ha hecho, sin ninguna duda, es abrir otra vez la caja de los truenos, soltar peste a tanta inmundicia acumulada, y volver a empezar. Lo bueno para los yankis es que sienten que ya son libres; lo bueno para Obama es que su popularidad y sus posibles votos subirán como la espuma; ¿y a nosotros que nos toca? Pues que, si tenemos que sacar algo positivo, decir que Gaspar Llamazares ya podrá pasar con tranquilidad por un control de seguridad en un aeropuerto después de que, la espabilada CIA que ahora se apunta el tanto, cometiera aquel desliz.

Mientras tanto, que el mundo haga como siempre: mirar para otro lado. Impunidad es la palabra ante tal acto de justicia estadounidense. O terrorismo de Estado de quien cree tener la justicia y la democracia de su lado, cuando no son más que la misma basura, pero con otros colores y mucho más poder internacional. Ahí está la sartén por el mango.

01 mayo 2011

Beatos asesinos

Se respeta a quien respeta, y la Iglesia Católica disfraza su pasión por el poder social, moral y económico mundial con respeto, así es que lo suyo no es respeto hacia los demás, sino hipocresía y malas artes, y como por ende no me merecen ningún respeto, que no me pida nadie que se lo tenga. Son odiosos, lamentables, lameculos, farsantes, engañadores, manipuladores, avariciosos, mentirosos, rateros y todo los adjetivos que les puedan acercar al mismísimo demonio. ¿Respeto? ¿Qué respeto se les puede tener a unos asesinos?