26 diciembre 2011

Andorra: Busque los arcenes para los ciclistas que no vendrán

Texto publicado el 26 de diciembre de 2011 en El Periòdic d'Andorra bajo pseudónimo Giacomo Carretero. Aquí, el enlace: http://www.elperiodicdandorra.ad/contraportada/a-la-contra/16329-busqui-els-vorals-per-als-ciclistes-que-no-vindran.html

Para ser justo, tengo que decir que fue seria la rueda de prensa de la pasada semana para presentar la etapa de la Vuelta a España 2012 con llegada al Coll de la Gallina, en Andorra. Días después, simplemente aquello me parece una broma, una tomadura de pelo. Quizás es que las conexiones entre los ministerios no existen, o quizás es que existen otros factores que hacen que las cosas, sistemáticamente, se hagan como el culo. Con perdón.

En aquel acto, Javier Guillén apostó para hacer de la Gallina un lugar al nivel de atracción cicloturista de un Angliru o una Bola del Mundo, y quien sabe si incluso un Mortirolo o Tourmalet. Ey, que pocas bromas con aquella subida, que de dureza tiene de sobra. El guante lo cogió el ministro de Turismo, está claro. Francesc Camp piensa en la caja que al fin y al cabo supondría para el país, recibiendo grupos de cicloturistas atraídos por un nuevo mito. Entonces, el tema es que hacemos promoción por un lado, queremos que vengan cicloturistas a ver nuestras montañas, pero la cagamos bien cagada con una red de carreteras principal donde el ciclista firma el testamento. Es indignante que a cada obra nueva que se hace en el país la sensibilidad que se demuestra hacia los ciclistas es nula. No somos nadie. Se hizo la obra de la Margineda hacia Sant Julià de Lòria y allá de arcenes, ninguno, pero sí una acera medio vacía de peatones. Ahora se acaba el 'mamotreto rotondero' de los túneles de Dos Valires y la cosa empeora, porque aquí nadie aprende.

Bajaba el otro día en bicicleta dirección Escaldes. Tenía curiosidad por vivir encima de la bici el nuevo 'mamotreto' y, cuando salí de allá, pensé: «Vivo de milagro». Una locura, de bajada y también de subida. Hacia abajo, vas por la derecha sin arcén –ya no había tal cosa– y entras bajo la obra cuando se hace un carril, superas la rotonda y continúas por la línea blanca, con el muro a centímetros de tu brazo derecho –como yerres, acabas estrellado y aplastado por el coche de detrás, que pierde los nervios a un metro de ti, pero ¿qué puedes hacer? ¿Desaparecer?–, y cuando el muro acaba, llega por el mismo lado el carril de incorporación de los que vendrán de la Massana que, por cierto, ni tienen señal de ceda el paso ni se la espera. Es decir, molestas al de detrás, que no te podrá avanzar, y mientras tanto haces malabarismos para mirar de reojo a la derecha, rezar porque justo en aquel instante no baje ningún coche del otro valle y cruzarte un carril de golpe para ponerte, como manda la lógica, lo más a la derecha posible donde, de nuevo, tampoco hay arcén, pero sí una acera de palmo y una valla roja que te amenaza. Guapa, eso sí. Que mola.

Y de subida... el consejo es que, si eres ciclista, te esfuerces, campeón. Si subes dirección Encamp, pasas FEDA y, como irás por la derecha sobre la línea blanca –¿ya he dicho que tampoco hay arcén?– lo más normal si no vas a la Massana –que no puedes, porque entrar en el túnel en bici está prohibido– es que busques la lógica dirección, y esto es, apunta bien, cruzarte un carril hacia la izquierda, sin pensar, por tu vida por favor no pienses nunca, que un coche te pasará por encima. Entonces, ciclista, lucha por salvar la vida, mantener el ritmo de 12 por hora y seguir a la derecha, hacer como que vas dirección a la Massana –la pendiente aumenta, ¡eh, a que es guay!– y después baja del 'mamotreto' como si vinieras de aquel otro valle. Sin arcén, insisto.

¿Qué hacen los políticos, ingenieros y la tropa implicada? Es posible que de las mil reuniones para establecer los proyectos nadie diga, escuche, aquí un arcén, que si caben dos carriles y se puede hacer ancho, cabe un metro más. Arcén, por favor, que si no los ciclistas –cicloturistas es el concepto: ¡tu-ris-tas!– no vendrán, porque para jugarse la vida ya tienen su casa en España donde, por cierto, hay una normativa de Seguridad Vial. ¿Para cuándo esta en Andorra? ¿Por cuándo una unión de colectivos, una reivindicación? ¿Para cuándo un grito unánime?

24 diciembre 2011

Caganers



He aquí los trabajadores (por ahora) de El Periòdic d'Andorra, deseando en estos días de mierda unas felices fiestas.

22 diciembre 2011

¿Dónde está el Gordo?

Con el coche al ralentí, Manu, cámara de televisió, esperaba sentado en el asiento del conductor, una mano en el volante, otra en la pierna derecha preparada para la acción. A su derecha, María la de producción, móvil en mano, I-phone con gps, internet, satéltite, todo a punto. Detrás, Eva, maquillada, perfumada, peinada, cansada de buena mañana: la periodista. En la furgoneta de detrás, parabólica al techo, la unidad móvil con los técnicos. En la radio, el sorteo de la lotería de Navidad. Calma tensa.

A las 09.58 salta el Gordo: 58.268. Orejas tiesas. Al minuto, la radio cierra el cerco sobre el premio: Grañén, pueblo de Huesca, ladra el altavoz. María busca en internet, teclea y exclama: "¡Lo tengo!". El cámara embraga, pone primera y espera la orden. "Dirección Huesca", dice la productora. Manu hace chirriar las ruedas, y la furgoneta, detrás, les sigue sin ceder un metro. "A-23 y en Almudévar dirección Tardienta, Almuniente y Grañén. En una hora estamos allí", informa María.

En Grañén, el pueblo está revolucionado. Las calles están repletas de gente que deambula con cara de extrema ilusión. A quien no le ha tocado el gordo tiene un familiar cercano que lleva una participación. La periodista mira con atención y capta el ambiente, mientras el equipo técnico lo prepara todo. Manu tiene la cámara lista, esperando la señal de producción, mientras María le dice a Eva que el pelo, oye, te tapa la cara. Desde los estudios centrales reciben el grito de prevenidos, y allá que se lanzan en tensión a sus puestos. Micro en mano, Eva cambia el rostro impasible por una sonrisa de oreja a oreja, y María caza a Antonio, el de la charcutería, que tiene un décimo en la mano y no para de llorar. Son 400.000 euros que pasea como si nada por la calle.

El pinganillo de Eva es una jaula de grillos y ella intenta ordenar sus ideas. Suena el grito de "¡dentro!" y la sonrisa preciosa se torna en discurso alborotado. María intenta controlar a los emocionados agraciados, familiares y amigos que se agolpan detrás de la periodista y Antonio, que entra en plano con el décimo, los ojos rojos y una sonrisa que no puede evitar. Por detrás, saltos, confeti y champán, y mientras María gesticula pidiendo calma ante la acción, tres botellas hacen plof y Eva acaba bañada en oro, con Antonio abrazándola, María desesperada y el cámara gravando sin parar, mientras en los estudios centrales la presentadora de turno, impoluta, asume la situación con gracia. Eva despide, pone el grito en boca de Antonio que gime algo, y dan paso a la publicidad.

Empapada y pegajosa por el champán que le ha llovido, Eva ya no sonríe. María intenta poner calma y todos vuelven a la furgoneta y al coche. Unas señoras se acercan a la periodista para disculparse y limpiarla, y el estropicio se arregla más mal que bien, pero Eva estará lista para las siguientes conexiones, casi idénticas en locura.

A las seis de la tarde, sin haber comido más que un bocata de jamón que les ha hecho Pepe el del bar -"invita la casa", dijo-, recogen cables, cámara y equipo, bajan la parabólica y suben a los vehículos. El pueblo parece recuperar la calma. En el asiento de atrás, Eva explota a llorar, María delante la mira por el espejo del copiloto, mientras Manu, callado, agacha la cabeza y se enciende un cigarrillo. Arranca, salen de Grañén y María pone la radio: "Esta mañana, al mismo tiempo que se celebraba el sorteo de Navidad", dice la locutora, "los nuevos ministros han jurado su cargo en el Palacio de la Zarzuela". Algo parece que ha cambiado, pero María, Eva y Manu comparten sensación: todo sigue igual.

20 diciembre 2011

Soltar piernas a Casinos

Salida a Casinos (Valencia) el sábado pasado. 110km a media de 27. Fantástica compañía, aceptable tiempo otoñal, dureza la justa y piques pocos pero presentes para activar el cuerpo y soltar piernas... Aqui os dejo los datos del Garmin de la vuelta hacia Valencia, y dos videos de los ataquitos en el camino de huertas entre la Pobla y Bétera, cortesía de Javi Bellvís. Primera salida seria de la temporada. Ahora, a esperar unos días, quien sabe si semanas, que en Andorra llueve y nieva. Por fin.
Enlace
http://connect.garmin.com/activity/135482033



http://www.youtube.com/watch?v=zyc4AGJ4vVU


http://www.youtube.com/watch?v=xvCeO41D4Og

15 diciembre 2011

Detalles (urbanos)

Ante la paranoia generalizada entre los ciclistas urbanos de Valencia después del alarde de 'recetismo' indiscriminado que ha traído consigo la Policía Local, me llaman la atención algunas actitudes a posteriori de los usuarios del pedal, entre los cuales me sorprendo a mí mismo.

Se han puesto, según algunos medios, 530 multas de 200 euros en un periodo de tiempo muy breve. Las infracciones, varias: ir sin luz, oyendo música con auriculares, circular por la acera, saltarse el código de circulación... Ante la psicosis, al llegar a la ciudad he oído de todo, desde decir que el ciclista urbano debe llevar casco -es obligatorio en vías interurbanas, esto es en carretera-, hasta que tiene que ir con chaleco reflectante cual operario, e incluso que en una vía donde haya carril bici, no puedes circular por el asfalto. Todo bastante raro, por no decir incierto.

http://www.vlcred.com

La crisis existencial me ha afectado, y así ayer me vi en un carril bici de la avenida del Puerto, parado en un semáforo con la acera de enfrente a dos metros, con un sinfín de peatones cruzando como si tal cosa en mi cara, ningún coche ni vehículo a la vista, y con otros dos ciclistas justo detrás de mí esperando a que el rojo mudara para dar rienda suelta a nuestras piernas.

La escena se ha repetido a lo largo del día (entre pitos y flautas, me he cascado 20km urbanos de gestión en gestión), pero la que más me ha gustado ha ocurrido ya por la noche, a eso de las 22.00. Iba por la avenida de la Pechina (calle del Pintor López), esto es paralelo al río dirección el mar, con mi luz trasera a todo trapo y gozando el airecillo y la calma, cuatro o cinco carriles para coches, a esas horas vacíos, cuando al pasar por la delegación del Gobierno he visto que una bici quería incorporarse a la avenida. No venían vehículos, salvo yo mismo, y me ha sorprendido el tiento con que esa bici buscaba su sitio en el asfalto, como atemorizada. Al pasar cerca, he examinado al sujeto: una señora de entre 60 y 70 años, con falda gris más abajo de las rodillas, suéter blanco de lana y gorro de idéntico color a juego, gafas de marco dorado, redondas, y una cara de entre monja y dulce y entrañable mujer. Su bici era antigua, roja, con luz delante y detrás, de dinamo clásico, cesta en el manillar y portaequipajes a cola. Y al superarla la he perdido de vista.


Al seguir mi camino, me he parado en el semáforo que cruza el puente del Real, a cualquier hora con un tráfico espantoso, y en aquel momento un maravilloso desierto. A mi lado, solos ante la línea blanca y bajo el disco rojo, ha parado la señora. Con calma, frenando tranquila y apoyando primero el pie izquierdo y luego el derecho. Silencio absoluto. No ha habido saludo, pero los dos hemos compartido la sensación ciudadana de esperar pacientemente, en la penumbra, a que el semáforo nos diera el visto bueno para arrancar. Tendría que ser lo normal.

Lástima que, si fuera de día en hora punta, esa señora tendría un altísimo tanto por ciento de posibilidades de morir espachurrada por un coche, con aquella flema ciclista, en aquel punto de separación de carriles, cuatro rectos, dos hacia la derecha, con los bólidos pidiendo paso, los autobuses nerviosos ante nuestras cojoneras presencias, y los taxistas con una mano en el cambio y otra en el pito, prestos a soltar su rabia por la boca o donde fuere.

Respeto mutuo entre bicis y vehículos a motor. Sería lo mejor.

diariodeunalemol.com

casco bici

14 diciembre 2011

Detalles

Aguas de Valencia es la Iberdrola de turno, pero en aguas y en Valencia. Evidente. Tiene dos oficinas de atención al cliente en la ciudad, una en el puerto, cerca del circuito de Fórmula 1, allá donde hace unos años solo había barriobajerismo y se calzaba uno el costo que quisiera en aquella garita extraña al fondo a la derecha de cierto bar, y otra en la avenida Antic Regne, en el centro de la ciudad. Chic. Las dos oficinas, dos planetas irreconocibles.

Me presento en la del puerto porque de paso he ido al relojero Esparza que hay al lado. En la puerta de la oficina hay cola. Dos rumanos, dos africanos, una gitana con un niño en brazos, falda ancha y negra y coleta hasta la cintura. Pregunto cómo está el tema y me dicen que dentro me dan turno. Entro y pregunto allí, y me dicen que no es turno, es preguntar quién es el último. Una señora con zapatillas de andar por casa levanta la mano desganada, me examina de arriba a abajo y dice: "yo soy la última". Lleva una fea pinza rosa en el pelo de tamaño XXL y se aguanta el bolso sobre el prominente estómago, calzado este debajo del pecho. En el centro de la estancia, dos mesas de atención al cliente, tres a lo sumo, niños en el suelo, gente apoyada en la pared para que luego te atiendan contándole tus problemas al menda de turno delante de todo el mundo, a la vista y casi al tacto, allí hacinados.

Pienso un momento. Algo me dice que en la del centro esto va a ser más efectivo, me digo. Atraído por la curiosidad y, no lo niego, por hacer la gestión lo más rápida posible, salgo de allí, cojo la bici, me pego el paseo agradable hacia el Antic Regne y encuentro la oficina. Puerta de cristal ahumado, señorona ella, trabajador en la mesa de la entrada que, sin buenos días ni sonrisa pero con educación, aprieta una tecla que acciona un número que es tu turno. Pasas dentro y unas veinte sillas encaradas a un cartel automático que indica "número 101, mesa 2", y yo tengo el 110. Hay gente, dos monjas, un tío que ojea el Jueves, una pareja joven, dos sudamericanos aburguesados, tres o cuatro jubilados y un hombre que huele a cerveza, pero como hay más de diez mesas de atención al cliente aquello fluye que hay que estar al quite. Enseguida, "número 110, mesa 6". Me atiende una sonrisa en una chica preciosa, pelo recogido y una imperceptible capa de maquillaje. Sus manos teclean con cariño. Salgo de allí en dos minutos con la sensación de que me dejo algo. ¿Su número de teléfono?

08 diciembre 2011

La primera salida

Salida en bici al balcón para aprovechar el sol de diciembre. De corto. Primera sesión de la temporada. Después del descanso, empezamos de nuevo.

28 noviembre 2011

El banquero colega

Voy al banco, espero en el puesto de atención personal y el menda que me da la mano y me hace sentarme muy educadamente pone su mejor sonrisa. Estoy tranquilo pero sé que me voy a ir calentando, así es que me insisto en lo de la calma, no vaya a ser que le mente a la madre del cordero.

Le expongo mi problema, algo normal en estos tiempos, que es que te cobren por algo que no entiendes, como por ejemplo el simple mantenimiento de una cuenta. Son gastos que uno puede asumir en el día a día de, por ejemplo, un ascensor, una bici, un vehículo a motor, algo mecánico, en suma, que merece una atención periódica por aquello de que las piezas se van estropeando. Pero una cuenta en un banco, válgame la poca vergüenza del que te dice que detrás hay un trabajo de mantenimiento. ¿Qué significa esto?

Tal vez será, quiero pensar, que hay un equipo de esforzados oficinistas al quite, dándole al clic en el icono de tu cuenta porque, por aquello de los piratas informáticos, debe de haber quien (digo yo) se dedica a entorpecer el normal funcionamiento de tu cuenta, y cuando no es la junta de la culata es la trócola, y quien sabe si el cigüeñal. Así es que ahí están los de mantenimiento, aunque tú no los veas, dándolo todo por tu cuenta. Y reza, claro, para que no se estropee la correa de transmisión o la caja de cambios, porque entonces prepara la mosca, compañero.

Pero de todo esto, de lo que un ciudadano normal no saca nada en claro ante el discurso predeterminado del encorbatado y engominado de sonrisa resultona, lo que peor llevo es lo del colegueo. Es decir, que si a una persona que cree que el banco es un ladrón, que el trajeado que te parla es un acólito a sueldo, éste le viene con el tratamiento de tío, nano y compañía, la cosa coge tintes paranormales. Lo peor, sin duda, ha sido cuando al dejarle caer mi malestar con educación mientras me levantaba de la silla, el tipo de la sonrisa, eterna y brillante, me diera la mano en plan colega de la muerte y me dijera, "venga, tete, ya nos vemos", como si luego fuéramos a quedar, después del curro, tío, a pillar unas olas guapas con las tablas y después a tomarnos unas cañas contándonos batallitas de nuestras vidas. Tronco.

Menudo campeón, el pavo.

15 noviembre 2011

Esos Fontanos de Ontinyent

Sus pasos eran firmes, seguros, hombro con hombro siguiendo la música, la invasión de las hordas moras en el horizonte, las embajadas, la lucha, la batalla. Víctor marcaba el ritmo y lo gozaba, cabo de escuadra, giraba, gesticulaba, cerraba los ojos para sentir el estruendo de los timbales dentro de su cuerpo unido este al de sus compañeros que, justo detrás, protegiéndolo, lanzaban miradas al cielo extasiados ante aquel majestuoso ritmo. Ojos cerrados, bocas abiertas tarareando la música que los llevaba. Puños al cielo.

Juan, a sus espaldas, subido en aquella carroza, fijo a ella pero volando por aquella avenida suspendido en el aire, los notaba bien cerca. Se sentía en el cielo. Lanzaba abrazos y besos, signos de satisfacción con las manos, la mirada vidriosa, los puños cerrados, un nudo en la garganta. Transmitía pasión.

En la acera, las piernas me temblaban: el mejor momento del verano. Fue aquel instante grandioso la felicidad absoluta. Todos aquellos amigos de la infancia en el momento de placer social más grande de sus vidas. Aquel desfile de música, aquel público entregado que no hacía más que responder a los gestos de unos hombres que sentían lo que hacían, vivían el momento con una intensidad que Juan, saciado del placer por la tradición, colmado por sus amigos, arropado por todos y querido por más, agradeció ofreciéndoles al término aquella bandera que el bando cristiano defendería después con fervor ante el moro. Espada en mano, cascos al aire, los dientes y la rabia y el poder de la fuerza de la amistad.

Qué bello. Qué momento. Aquellas caras sudorosas, aquellos rostros estirados, aquellas miradas intensas que delataban amor. Qué locura de instante. Los ves pasar un momento, apenas un minuto de saludos, abrazos que te llegan al alma y lágrimas furtivas, y entonces sabes que los recordarás siempre. No existe el tiempo, se para todo. Fontanos de Ontinyent, oh, Fontanos. Qué suerte la del moro que ante vuestra espada se pliega.

10 noviembre 2011

Enamorado de mi vecino de abajo

Yo es que por esa cosa peluda y sensible lo dejaba todo. ¿Tiene o no tiene un abrazo bestial?

08 noviembre 2011

Marcado por la policía

Llevo una buena racha. Extraña, a su vez. Hace unas semanas en Valencia, yendo con un amigo conduciendo yo mi lata azul de histórico rendimiento dirección a la Ciudad de las Ciencias, un control de la Policía Nacional de estos de escopeta de doble cañón, gorra calada, miradas duras y preguntas del tipo "¿tiene usted alguna cosa que le comprometa?" me puso de los nervios.

"Documentación de los dos ocupantes y del vehículo, por favor, apague el motor y deme la llave, pero no salgan del coche hasta que se lo diga". Con este panorama y con una pierna temblando y la otra en ello, le dimos nuestros respectivos carnets, el permiso de circulación y para de contar. Aquel desapareció con todo, se lo dio a un compañero de la furgoneta, volvió y nos hizo salir del coche. "Vacíen todo lo que lleven en los bolsillos y déjenlo sobre el capó, y no utilicen los móviles". Hicimos lo dicho, nos preguntó aquello de si había algo que nos comprometiera y, después de enviarnos a la acera con el compañero serio del escopetón intimidatorio, se dispuso a registrar el coche por dentro, mientras mi amigo y yo comentábamos la jugada en la banda con el juez de línea al quite, dedo en el gatillo.

Encontró, de compromiso, papeles, pañuelos de papel (algunos usados), una guía de carreteras, un chaleco reflectante, cds de música, llaves, un móvil viejo que no funciona, folletos del Museo Dalí de Figueres y telas para envolver la bici cuando la meto en el maletero. Entre todo, se topó con la Bolsa del Corredor de mi amigo y mía, pues veníamos de recoger el dorsal del Medio Maratón que teníamos al día siguiente, y entonces el tío se ablandó, dio el control por acabado, nos devolvió la documentación y adiós muy buenas.

Pero anoche, otro. Volvíamos la Pepa y yo de cenar con unos amigos en Andorra la Vella, y una pareja de la policía nacional andorrana nos dio el alto. El tipo nos habló en francés de inicio, se pasó por el castellano al ver que no le entendíamos y acabamos todos en el catalán del país. Todo pareció ir bien hasta que se empezó a complicar cuando preguntó: "¿Usted cree que daría positivo si le hacemos el control de alcoholemia". "No", contesté. "¿De dónde viene?", contestó el poli; "¿cómo que de dónde vengo?", pregunté desconcertado, ¿me estaba cuestionando por mis orígenes, acaso ciudad natal o familia, o era una simple pregunta de dónde venía en aquel preciso instante?. "¿De dónde vengo ahora mismo quiere decir?". "Sí", me aclaró. "Entonces de cenar", dije siendo como eran las dos de la madrugada. Entonces vino la tontería del momento, cuando ya sabiendo que venía de un ágape, insistió: "¿Y ha bebido algo?". Y como a mí estas cosas me ponen especialmente nervioso, mi cerebro se quedó en blanco y de mi boca salió un incómodo "pues no me acuerdo".

Ante esta indecisión, el hombre tenía en bandeja la obligación de darle a la máquina y, majo, sopla por aquí. "¿Lo ha hecho alguna vez?", preguntó. "Sí", contesté sin pensar si mi respuesta era cierta o no. "Muy bien", dijo, "0,0. Pueden continuar en cuanto yo les marque la maniobra. Buenas noches". Un gracias, buenas noches, marcha atrás, maniobra y a casa a dormir entre risas nerviosas. Pero ya van dos en menos de un mes.

04 noviembre 2011

Crónica del Medio Maratón de Valencia

-Es el momento del cambio. ¡Ahora!
-Imposible.
-¿Cómo que imposible? Venga, ¿dónde están las series, los cambios de ritmo, las tiradas largas, todo el entrenamiento? ¡Ahora!
-¡Que no se puede!
-Sí se puede. ¡Se tiene que poder! ¡Adelante!
-No hay fuerza...
-A ver, a ver, pensemos, qué podemos hacer. El gel, beberé algo del gel, pero poco, ¿eh?, que si el estómago dice que no, entonces ni vosotros ni nosotros ni nadie mueve el cuerpo. ¿Entendido?
-Vale, prueba.
En ese momento, mi cerebro manda la señal al brazo izquierdo, que activa la mano y esta mueve los dedos, los introduce dentro de las mallas y saca una bolsita de gel, un chute de azúcar con algo de cafeína, lo justo para resucitar, para sobrevivir. Para cambiar el ritmo, qué narices. Rompo la bolsa con los dientes mientras saludo a Alfredo, al que intuyo en su bici a la salida de la calle San Vicente, abro una pequeña grieta por la que sale el líquido pastoso y bebo. Lo aguanto en la boca un poco, y trago con cuidado, poco a poco, mientras sigo corriendo. Esto también se entrena, y no ha sido al caso. Cojo del avituallamiento siguiente una botella de agua, bebo dos sorbos y espero la reacción. Que no se haga una bola, que no se haga una bola. El reloj marca un buen ritmo: a 4.25min/km. Bien, sigue, baja algo si es necesario, digiere, tranquilo, sigue corriendo, sigue, sigue. Y escucha a tu cuerpo.

Alcanzo la plaza del Ayuntamiento y voy mirando el suelo. Hay gente animando, pero la vista se me va a las líneas amarillas que marcan el terreno de juego de la tradicional partida de llargues del Día de la Pilota Valenciana, que sería allá por septiembre. Entonces lo noto. La bola se ha hecho. Mierda. El estómago da señales, lo escucho y lo siento. Hay que buscar soluciones; indago en mi interior y pienso, qué hacer, qué hacer. Beber más agua puede ser aún peor, pero el poco gel que he tomado ha caído como una piedra en el estómago, y hay que hacerlo pasar más abajo, más rápido, más rápido. Entonces pienso en eructar, sacar una bolsa de aire que impide que todo circule bien por allá dentro, mientras sigo corriendo, pensando, calculando, saludando a la gente que aplaude, siguiendo la línea verde del suelo, como un autómata. A 4.30.

Giro a la izquierda para enfilar dirección a la calle de las Barcas. Y sale el aire. El estruendo es leve, pero en aquel silencio de respiraciones, zancadas y aplausos amortiguados, se escucha alto y claro como un masclet dentro de un portal cerrado. Retumban mis oídos y ni siquiera agacho la cabeza, no me avergüenzo porque sé que estoy salvado, y entonces les digo a mis piernas, otra vez, que hagan el cambio.

-¡Ya!
-Ahora sí, pero poco a poco.
Ese poco a poco no me convence, pero más vale eso que nada. Paso de ritmo de 4.30 a 4.20, que no es nada del otro mundo, pero es aceptable. Sé que lo ideal hubiera sido bajar 20 segundos por kilómetro, incluso 30, pero en mi primer Medio Maratón ya voy servido. No he sufrido casi nada en la hora larga que llevo corriendo, es cierto, pero las piernas sí notan el paso de los kilómetros. La cabeza que manda se siente fuerte, pero el consenso con las extremidades agotadas es total, porque el trabajo parece bien hecho, y ya hay fatiga. Entro en la recta final de la carrera, tres kilómetros y meta, dos kilómetros... Patxi, que ya ha acabado volando a 3.48 minutos por kilómetro -1h 17min de crono- se me acerca en dirección contraria y me anima: me dice que tengo a Samu delante. Lo veo desde hace rato, con su peculiar zancada, pero no consigo recortarle. Ha salido antes que yo, así es que sé que le he sacado tiempo, pero alcanzarlo, pasarlo, eso sería hermoso, tanto como lo había sido, un kilómetro antes, adelantar a Javi. Se me resiste, pero Patxi insiste en que puedo. Mi cabeza le transmite la orden de dar más gas a las piernas, pero estas van al límite, saben que no tienen mucho más, que están tirando hasta del orgullo que, como último recurso, en estos casos les envía el cerebro.

Todo el cuerpo al límite, colaboración total entre cabeza, pulmones, músculos, tendones. Y el espíritu. La alma encendida por acabar, las ganas de llegar y completar la pequeña hazaña, el reto flojo para el experto, grande para el novato. Mi gran objetivo a un paso. Supero a Samu, lo tengo, lo cojo, lo dejo a mi espalda, pero quedan pocos metros y voy a tope, como una máquina de dibujos animados a punto de explotar, piezas a punto de saltar por los aires, y entonces el granadino valiente cambia el ritmo, brutal, espectacular, dignísimo, con orgullo, con calidad. Patxi me mira pidiendo reacción, pero no la tengo, esa carta no la llevo, aunque mantengo al límite mi esfuerzo. Samu se va.Cruzo la meta con la boca más abierta jamás vista, el corazón se me sale, la cabeza me estalla, las piernas me tiemblan y la mano derecha aún tiene agallas para parar el reloj de la izquierda. 1h 35min 15s. Una mueca extraña surge en mi rostro, saludo a Samu y nos abrazamos. ¿Lo he conseguido?

No, pero sí. El objetivo era bajar de 1h 35min en el debut, y no lo hice por 15 segundos. Aunque... un amigo me dijo al acabar: "¿Crees que estarías más satisfecho si en vez de 1.35.15 hubieras hecho 1.34.59?". Y tiene razón. Estoy contento por el esfuerzo, por la exigencia y por el premio, pero sobre todo porque entre mi cerebro y mis piernas las cosas siguen funcionando a la perfección cuando se exige lo máximo. Es decir: sigo teniendo ganas de mejorar. Eso es lo mejor.

Un pecho suyo

En el fondo de pantalla de nuestro móvil se ve un pecho suyo. Está vestido, claro. Es realmente precioso con esa forma de cebolla bien redonda que le da aquel sujetador que llevaba ese día, junto a esa camisa blanca de tirantes que quién sabe si sigue viva. Hace años de esa foto, tantos como lleva la imagen incrustada en la pequeña pantalla de un aparato que se pasea por diferentes mesas a la vista de todo el mundo. Nadie, sin embargo, se percata de que es un pecho suyo. Solo ella y yo lo sabemos.

02 noviembre 2011

Unas buenas risas

Con eso de que estoy en 'pause' deportiva...

29 octubre 2011

Tres en uno en mi cerebro

De la creciente necesidad mental que tengo por salir de la vida real, he acabado en una vorágine extraña envuelto en tres mundos diferentes que en ocasiones se entremezclan. Ando metido en tres libros a la vez, sin ninguna pretensión, y con la simpleza de que cada uno ocupa un lugar de la casa. "La máquina del tiempo", de H. G. Wells, está en el wáter; "Vida y destino", de Vasili Grossman, descansa en la mesita de noche; y "Corsarios de Levante". de El Capitán Alatriste de Arturo Pérez-Reverte, ocupa el estudio. Con este panorama, depende de dónde caiga mi cuerpo, en la taza, en la cama o en la silla, acabo dentro de un mundo u otro.

Pero claro, el tema de los sueños es incontrolable, y entonces algunas mañanas me levanto habiendo viajado cual molécula a punto de descomponerse entre las agujas del reloj, habiéndome sentido solo, controlado por el soviet y muerto de frío en la estepa rusa, o habiendo estado dándole a la daga contra el moro en Tánger a cuarenta grados. Y las sudadas van por doquier.
Así es que, resuelto a zanjar el galimatías, he decidido centrarme en uno solo. Como por número de páginas el libro de Wells es el de más rápida resolución, este será el primero que acabe, aunque tenga que oír más de una vez una dulce voz desde fuera del wáter preguntándome si me he caído por la taza. Cosa que, quién sabe, puede suceder y encontrarme en el fondo del charco un galeote lleno de corsarios que tengan a bien darle al mandoble y a la sangre, mientras los Panzer se adentran en la estepa camino de Stalingrado.

26 octubre 2011

Un ciclista muerto, un compañero muerto

Camino de Náquera, un pueblo valenciano, una carretera habitual de ciclistas se cobró una vida. Era uno de los hermanos de una compañera de la bici, Paloma, todos de una familia de tradición ciclista que vivían en Meliana, en la comarca de l'Horta. 11 hermanos, ahora 10, que amaban el ciclismo como los padres. Aquel hecho ocurrió cuando yo solo tenía 12 años y quería imitar a mis ídolos de la época, un tal Pedro Delgado y un tal Miguel Indurain que ganaban carreras con el permiso de otros grandes como Fignon, LeMond, Rominger, Jaskula, Chiappucci, Ugrumov, Berzin o Bugno. Eran tiempos de gloria para el ciclismo, cuando además la mirada de un niño como yo hacía más grande encara todas aquellas aventuras, todas aquellas maravillas deportivas que cada julio nos daba el Tour de Francia.

Pero de la alegría que nos traía el ciclismo profesional que seguíamos por la prensa y la televisión en directo, pasábamos a la tristeza absoluta, la pena y el llanto, cuando un compañero se marchaba bajo las ruedas de un camión, embestido por un coche, por un mal control de la bici o porque su corazón, viejo y cansado, se paraba a mitad de camino entre su casa y un almuerzo alegre con los amigos, 50 kilómetros más allá. Parecía una cosa normal, casi natural, pero a la cual nunca te podías acostumbrar.

La pasada semana, un compañero de la Agrupación Ciclista Andorrana (ACA) murió casi cinco días después de sufrir un accidente. No conocía a Carles, pero es igual, eso no importa, porque el dolor que se siente cuando eres ciclista y te llega una noticia como esta, ya puede ser conocido, desconocido, o de las antípodas: a mí, me afecta. Carles bajaba el domingo de antes dirección al lugar donde el ACA sale siempre para completar la etapa del día. Por la carretera del Obac, superó la siniestra rotonda del kilómetro cero –esta obra infame y peligrosa, sin visibilidad, sin seguridad… ¿cuántos accidentes ha habido allá desde que se ha construido?– y continuó bajando hasta el siguiente cruce, donde un vehículo que no lo vio venir, pasó y el choque fue inevitable. Carles sufrió un fuerte golpe, y fue evacuado a Barcelona. La tensión se palpaba, pero las informaciones que llegaban desde sus compañeros eran positivas. Está mal, pero se recuperará, decían. Esto parecía cerrar el tema: cuestión de tiempo, otro accidente con final feliz, pese al susto. Días después, Carles murió.

No es el primero ni será el último. Un vasco que vivía en Valencia que salía en bici con mi padre y del cual no recuerdo el nombre murió atropellado por un coche cuando cruzó en un paso donde las cañas de una acequia le tapaban la visibilidad; el hermano de Paloma dejó el mundo cuando un camión quiso adelantarlo rápido para girar a la derecha y salir de aquella carretera, dejándolo bajo las ruedas; un accidente de un conductor borracho que se llevó por delante a un pelotón entero de ciclistas de la Universitat Politècnica de València, de los cuales murieron dos –a raíz de esto se creó la actual Comisión de Seguridad Vial que presidió Pedro Delgado; y si vamos al profesionalismo, podemos recordar a Fabio Casartelli en el Tour del 95 –después de esto se estudió hacer obligatorio el uso del casco para los profesionales–, Manolo Sanroma en la Vuelta a Cataluña del 99 o Antonio Martín, una promesa española que se quedó en eso cuando un camión lo adelantó tan cerca que su espejo retrovisor impactó en el pescuezo del ciclista y allá lo dejó; sin olvidar a la última víctima, el belga Wouter Weylandt en el pasado Giro de Italia.

Sea por imprudencia propia, de los otros, porque es competición y se va al límite o porque a veces simplemente los accidentes ocurren –que le pregunten al Síndic General de Andorra, Vicenç Mateu, que topó contra un autobús aparcado–, lo cierto es que el ciclista se juega la vida cada vez que decide salir a la carretera. Somos, evidentemente, personas que nos equivocamos, y sí, a veces cometemos actos de imprudencia que en la mayoría de los casos acaban bien, pero que podría no ser así y sumarnos, cada cual de nosotros, a la tétrica lista de muertos. Pero una muerte de un ciclista es una muerte dura de asimilar. Porque puedes haber compartido con él kilómetros de sufrimiento, porque sabes lo que se sufre cuando los coches pasan a medio palmo de tu cuerpo, porque ha sido una persona cercana a ti, o simplemente, y no hace falta mucho más, porque eres ciclista y sabes que un día te puede pasar a ti. Que tienes familia, que tienes un mundo formado alrededor, que tienes un alma que no te deja, pese a todo, abandonar el deporte que más te gusta. Carles, estés donde estés, un abrazo muy fuerte. Compañero.

Rafa Mora
Periodista y ciclista

Texto publicado en El Periòdic d'Andorra, el 26 de octubre de 2011
http://www.elperiodicdandorra.ad/opinio/torn-de-paraula/14463-un-ciclista-mort-un-company-mort.html

21 octubre 2011

El experimento del Medio Maratón


El recorrido de los 21.097,5 kilómetros.

El domingo puede hacer sol, puede no hacerlo, puede llover, puede estar nublado, puede ventear, pero allí estaremos Patxi, Samu, Javi, Escri, Borja, Borso y otras 8.000 personas para hacer el Medio Maratón de Valencia. Para la mayoría será una nueva oportunidad, para mí el debut, el estreno, y como tal, hay que aprender de todo, de si salgo demasiado rápido o demasiado lento, de si administro fuerzas bien o mal, de si mido el ritmo bueno o me paso. De todo, tomaré nota. Pero lo importante será, en sí, el debut, acabarla, disfrutarla, aunque tenga la meta de la hora y 35 minutos, aunque se supere y aunque no. Llegar a la meta con el permiso de la rodilla, después de semanas de intensa preparación, concienzuda y exigente, a veces estresante, pero siempre, en el fondo, placentera por cuanto es deporte, aire libre, esfuerzo y sacrificio. El eterno ciclista que soy, que prueba con el fondo atlético. Veremos cómo sale el experimento.

19 octubre 2011

Ruta del Penyagolosa: Día 2

Este relato es continuación del "Ruta del Penyagolosa: Día 1", que se puede visitar a través de este enlace:
http://rafabatallitas.blogspot.com/2011/08/ruta-del-penyagolosa-dia-1.html
Es el segundo de los Tres Días del Penyagolosa que cumplimos los pasados 12, 13 y 14 de julio de 2011.


Tenía la sensación de que me desmayaba. A cinco por hora, tal vez menos, cada pedalada era como intentar romper con un martillo una viga de hierro. Se avanzaba, pero tan lentamente que la desesperación parecía la única salida. Los golpes de los pedales se trasladaban al crujir de las piedras bajo las ruedas, al esfuerzo muscular intenso, al respirar profundo, y al sudor que delataba el estado de tensión. Aquellas rampas infernales parecían acabar conmigo. Alberto, un poco más allá, debía de estar disfrutando de mi sufrimiento. Estaba contra las cuerdas.

Pau, subiendo desde la Estrella.

Atrás habíamos dejado la aldea de la Estrella, pero aquella sucesión de casas abandonadas no debía de estar muy lejos a nuestras espaldas porque el ritmo, lento, imposible aumentarlo, no lo permitía. En aquella plaza donde en 1930 se plantó una morera hoy inmensa, donde a pocos metros discurre el río Monleón que un 9 de octubre de 1883 embraveció y destruyó 17 casas y se llevó 26 vidas, allí, hacía unos minutos contemplábamos Alberto, Pau y yo aquel paso del tiempo. Almorzamos en el lavadero renovado, cargamos agua y le dimos a la conversación, ajenos en parte a lo que ahora sufríamos de verdad.

Alberto y Rafa, en el lavadero de la Estrella, almorzando, bebiendo y charlando.

Por la mañana habíamos salido de Vistabella del Maestrat con algo de fresco y mucho viento, descendimos frenéticos al Pont de les Meravelles (romano en el fondo, medieval en la actualidad) y contemplamos su paz, su papel en la historia para unir tierras y pueblos. El camino hacía la Estrella siguió en descenso cómodo. Y ya se sabe que todo lo que se baja, se sube.

Rafa y Pau, a primera hora antes del infierno de la Estrella, al salir de Vistabella del Maestrat.

Pau y Alberto, empequeñecidos en el Pont de les Meravelles.

Ya camino de Mosqueruela, con la Estrella olvidada, pasados sus pórticos de madera, sus calles alta y baja, sus techos desfondados, sus rincones abandonados, su reloj de sol de 1812, seguíamos sufriendo. Alberto nos hablaba de la pareja de ancianos que aún habita en aquel lugar cuando un Land Rover de los viejos muy viejos se cruzó con nosotros, él hacia abajo, nosotros siempre hacia arriba. Aquel conductor mayor nos saludó con entusiasmo, como si ver una persona fuera un momento de socialización alto. Aquel momento dio paso a las rampas duras, a las piedras sueltas, al doloroso crepitar del suelo, a los cabezazos y las gotas de sudor, a la espalda dolorida por la mochila cuyo peso se duplicaba a cada metro salvado, se triplicaba, cuadruplicaba... era una lucha a muerte contra la gravedad.
Bien se ve el desnivel superado desde el fondo de la Estrella, hasta arriba muy arriba.

Aquel camino sin fin, subida demencial con todo metido en los piñones, sin planes be ni ce sino sobrevivir, fue uno de los momentos más largos de mi vida. No tenía final aquella pista ancha, no eran un alivio ni las vistas del precipicio, ni el tupido bosque que quedaba a nuestros pies, a lo lejos, en el más allá, siempre acompañándonos, ni el sol radiante ni el día fantástico. Del bosque lejano pasamos al bosque cerrado, y del cerrado al desierto de pasto de vacas cuyo tintineo se percibía a lo lejos. Cerca pasamos de dos o tres reses que ni nos miraron, a lo suyo, pero tampoco nosotros les hicimos mucho caso tal era nuestro esfuerzo. Al final, porque es ley que siempre hay premio, apareció a lo lejos, abajo en un ancho y anaranjado valle, Mosqueruela. Comida, agua y descanso tenía en su nombre. Mosqueruela: nunca un pueblo tuvo tantos significados.

Alberto, sonriente y saciado; y Mosqueruela al fondo.

De aquella comida, aliviado nuestro alma y nuestras fibras recuperadas, la cabeza desentumecida y el riego sanguíneo en su lugar, partimos por carretera hacia Puertomingalvo. Aquello fue un camino de rosas solo alterado por el auxilio que quisimos dar a un ciclista de carretera novato que, pinchado, no sabía cómo proceder. Nuestra intención, buena, se torno en desastre y aquello acabó con un "¿tienes a alguien que pueda venir a por ti?". Nos despedimos disimulando una media sonrisa, Alberto cabeza gacha delatando aquella cámara de recambio pellizcada, y si te he visto no me acuerdo.

El maño que pinchó y recibió a los samaritanos acabó llamando a alguien que lo recogiera.

Ya en Puertomingalvo volvió a quedar demostrado que saber dónde están los buenos hornos es fuente de vida, y en eso Alberto tiene una tesis doctoral. Bajamos la escalera de aquella panadería-paraíso y compramos varios pasteles de toneladas de placer que degustamos paseando por el pueblo, justo antes de iniciar el descenso final a Villahermosa del Río, donde una cerveza, unas buenas vistas, una ducha, una cena y una cama nos dejarían listos para el día siguiente. Con la Estrella y aquellas rampas clavadas aún a fuego en las piernas. Aquel desnivel continuado, sin tregua ninguna, que te lleva a la locura. Hoy algunos escuchamos La Estrella y seguimos notando un cosquilleo en el estómago, nuestras articulaciones ceden, y un sudor frío nos invade pensando en aquella ascensión que, sin embargo, como siempre, repetiríamos.

Los tres y Puertomingalvo.
En Villahermosa del Río, cerveza, plátanos, Aquarius, vistas, estiramientos y descanso.

17 octubre 2011

La bragamopa

Nunca pensé que en unas bragas pudiera acumularse tanto polvo. Esta tarde me he dispuesto a pasar la mopa cuando me he encontrado en ella dos bragas viejas entrelazadas. Este es el sistema. Sencillo y efectivo. Reciclaje.

Allí estaban esas dos prendas que antaño envolvían la vanguardia y la retaguardia femenina, dándolo todo contra el parqué. Dale que te pego han succionado todo el polvo del mundo, tamos enteros, no había pelo que se les resistiera. Tienen una capacidad de almacenamiento y respuesta ante la mugre que es un escándalo. Hasta moscas muertas cazaban. Que bárbaro, oye. Olvídate tú de los productos de última generación que te venden en el teletienda, que si tecnología punta, que si atracciones por energía estática y mandangas de ese estilo. Nada.

Coge unas bragas, buenas o malas, estíralas de parte a parte del armatoste mopil y conviértelas en máquinas de matar pelusa. Se lo comen todo, llegan debajo de las camas, del sillón, a cualquier escondrijo allí va la braga para darse el festín. Cómo son. Insaciables, enigmáticas, trabajadoras. Qué bragas, por favor.

Ya os lo digo yo: de aquí a nada monto una 'paraeta' en el mercado y me las quitan de las manos. Oiga. A dos euros. Chacho. Qué nivel, qué calidad, qué pulcritud. La bragamopa, guapa. Made in Benigànim. Del terreno.

16 octubre 2011

El hombre y su pilila no son nadie

El hombre, y cuando digo el hombre digo el macho, el de la pilila, el que se las da de llevar los pantalones, por naturaleza es bobo de narices. Pruebas hay a patadas. Si tú y tu pilila de hombretón vais en un ascensor y de repente se abre la puerta y aparecen tres mujeres más o menos de tu edad, automáticamente tu acto reflejo es balbucear un hola, agachar la cabeza y controlar el sudor de las manos. Ellas dominan la situación, y si estás al fondo de la caja y bajas antes que ellas, hasta se puede dar el caso que por tu santa vergüenza prefieras disimular que ha parado en ese piso por casualidad, a abrirte paso entre ellas.

Nunca me las he dado de machito. Es más, la Pepa siempre dice que si hubiera una pelea y ella estuviera implicada, yo me hiría por patas dejándola a su suerte. En realidad, algo de razón tiene, porque soy una especie de cagamandurrio que siempre he huido de todo tipo de refriegas. Cuenta la Pepa, para mi vergüenza pública, que un día paseando de noche por Valencia, cruzando un puente desierto, venía de cara un tipo y yo me puse en alerta, dadas las horas, dada la poca concurrencia, dado mi miedo eterno. Yo apretaba las llaves dentro de los bolsillos del pantalón, y cuando nos cruzamos con el menda y aquel siguió su camino, le comenté la jugada de mis nervios a ella, para que me contestara desmontándome la película: "Pues yo pensaba, pobre, este viene de trabajar a estas horas". Ella tan tranquila, yo tan nervioso. Eso es un macho.

El caso es que veo este anuncio y me parto con la panda de hombretones que entra al cine al brazo de la novia. Cagaítos están, claro; pero ojito, que todos haríamos exactamente lo mismo.

15 octubre 2011

He aquí un cagarra

Si soy un cagarra de mucho cuidado, no entiendo cómo a veces me encuentro de cara a una película de miedo. En casa es una cosa, porque te levantas, enciendes todas las luces, te metes en la cama con un libro que te despeje y te olvidas. Pero en el cine es diferente, porque entre la gente se nota la tensión, está oscuro de la leche y encima la pantalla es enorme. Y de allí no te puedes mover. Además, en casa estaría abrazado a una almohada sin complejos, hundido en el sofá si no detrás de él, y sin embargo en el cine hago el ridículo tirándome la chaqueta por encima o tapándome con la mano la vista si no es que me abrazo a la Pepa gimoteando.

"Intruders" es una película de poca monta, con un formato que hemos visto miles de veces. Pero tiene todos esos ingredientes odiosos en una cinta de miedo: niños, sueños, apariciones, cuartos oscuros, madres que esconden secretos, gatos, persecuciones en penumbra, curas, planos cortos con fondos inquietantes, miradas perdidas, gotitas que caen del techo en la cara de quienes duermen, suelos llenos de sangre, barro o lo que fuere, sombras, calles oscuras, disfraces que uno no sabe por dónde van a salir, golpes de música, cámaras subjetivas y, sobre todo, oscuridad, mucha oscuridad. Será posible...

Con esos ingredientes, evidentemente he tenido pesadillas esta noche. He dormido bien, esa es la verdad, y nueve horas del tirón, pero en el sueño o sueños entrelazados e inconexos, han aparecido escenas extrañas como una excompañera de trabajo, hoy embarazada, atormentada por su hijo de la edad del de la película, poseído y con unas gafas de sol en el que se veía el granulado de una tele sin conexión, una serpiente de peluche que en realidad era la causante de todos los virus del mundo mundial y que perseguía a una familia en la que se encontraban mis tíos de Ontinyent, donde mi tío Pepe tenía aparcada en el bancal de abajo una furgoneta Volkswagen Multivan gris, y en el rellano de entrada de la casa se encontraba el Seat 850 granate de mi tía Chelo de aquellos finales de los 80 lleno hasta los topes de juguetes y trastos viejos de entre los que sobresalía la serpiente de trapo con la boca dentada abierta. En el camino hacia la salida de la casa, arriba muy arriba se veía la ermita de Santa Ana, pero esta en vez de ser la pequeñez que es en la realidad, era una especie de magnífica catedral en la cima de una montaña verticalísima, iluminada además por un juego de focos de colores anaranjados, rojos y azulones, con una especie de niebla en la penumbra que la envolvía. En la casa, sin embargo, una niña gordita y con el pelo rizado estaba sentada a la mesa ida completamente, con la cara llena de espuma de jabón de la cual era ajena y que se iba repartiendo por todo el rostro y el pelo, y cuando alguien le dijo que si sabía lo que estaba haciendo, entró en una espiral de furia incontenida que acabó con sus ojos desorbitados, su pelo en llamas y hacía arriba y un peligroso cuchillo en las manos que recordaba, más bien, a la madre de Carrie segundos antes de morir.

Con este panorama me he despertado. Sólo después de desayunar he empezado a pensar que estaba en la vida real. Y para colmo, la Pepa quiere que vayamos a ver "Mientras duermes". Esto es demasiado, porque además es Luis Tosar el malo, y a otro actor no me lo creo, pero este es tan bueno el condenado, que me lo va a hacer pasar mal de verdad. No me quiero imaginar una pesadilla con él haciendo de Matamala, de maltratador de mujeres y encima de portero con mala sangre. Joder, Luisito, qué mal rollo me das.

13 octubre 2011

La emoción de sentir a Jesse Owens



Nos situamos en el Estadio Olímpico de Berlín, escenario de los Juegos de 1936 organizados por una (consentida) Alemania nazi que pretendía dar a conocer al mundo entero el poder de la raza aria. Sin embargo, a Hitler se le subió un negro al pseudobigote. El norteamericano Jesse Owens, nieto de esclavos, ganó cuatro medallas de oro: 100m, 200m, salto de longitud y el relevo del 4x100, donde él y otro compañero negro entraron en el equipo para sustituir a dos yankis judíos, con la intención diplomática de EEUU de no ofender al Führer.

Por allá voló, dándolo todo, aquel veloz hombre que puso los 10,3s en los 100 en el marcador del Olimpiastadium berlinés. Hasta 1984, en los Juegos de Los Ángeles, cuando apareció aquella bestia llamada Carl Lewis (hagamos una reverencia ante el hijo del viento), nadie consiguió sumar cuatro oros olímpicos en una misma cita. En el mismo estadio de Berlín, en el Mundial de 2009, Usain Bolt pulverizó el récord del mundo de los 100m con un 9,58s que pone los pelos de punta.

Añado a este speech improvisado algunos videos que he encontrado. Sobre todo destacar la carrera de los 100m, y las imágenes de Owens en su retorno al estadio que le dio la fama mundial. También la imagen en la que él y Lutz Long, su rival alemán en el salto de longitud, al que derrotó, están hablando amistosamente: Long no solo felicitó a Owens tras imponerse, sino que además durante la competición aconsejó al americano cómo saltar para poder ganar. Ese hecho no fue bien visto en la Alemania del momento, pese a su absoluta limpieza. Long murió en 1943 en Sicilia, después de caer herido tras la invasión aliada de la isla, en plena guerra.

Hitler, por supuesto, no felicitó al campeón Owens por ninguna de sus cuatro medallas. Como detalle, explicar que Siegfried Eifrig, el último deportista en portar la antorcha al pebetero alemán, y que luego luchó por Alemania en la II Guerra Mundial en el Norte de África (acabó en un campo de prisioneros), dijo: "Los norteamericanos deberían avergonzarse de sí mismos, dejando que los negros ganen sus medallas por ellos". De la expedición deportiva estadounidense en Berlín'36, diez atletas eran negros, los cuales ganaron siete medallas de oro, tres de plata y tres de bronce.

Owens, que murió en 1980 por un cáncer de pulmón (fumaba un paquete diario, el menda), acabó teniendo una calle en Berlín con su nombre (Jesse Owens Strasse). Simplemente, para mí estar donde un hombre desmontó la supuesta grandeza de Hitler, fue un placer. Porque además no necesitó ninguna bala, ningún gas, ningún arma, excepto sus piernas. El deporte, compañeros.


100m - Berlin 1936 - Jesse Owens by aspttbdx



Todos los oros olímpicos del 36, justo a la entrada del estadio.



Long y Owens, juntos.

El japonés Naoto Tajima (bronce), Owens i Long, brazo en alto.