29 junio 2010

Los amigos del padre de Samu


Después de tanto despropósito y tanta salvajada cumplida (Quebrantahuesos) y abortada (Trail de Andorra), toca pasárselo bien. Esta semana estoy en Valencia hecho un señor, a 30 grados a la sombra sin sufrir, ayer con un paseo en bici por el río de apenas 10km para recuperar conversación con los amigos, y hoy otro tanto pero de unos 55km hasta Riba-Roja del Turia siguiendo el cauce.

El plato fuerte de la semana viene al final. El miércoles me voy a Asturias, a Luarca, dormiremos exactamente en Fontoria, y haremos dos jornadas largas de bicicleta de montaña que han preparado los amigos del padre de Samu. Desconozco absolutamente los trayectos, pero volveré dispuesto a contarlos con pelos y señales.

Deduzco que esto es Fontoria, donde dormiremos, a pocos kilómetros de Luarca.

El faro de Luarca, en una imagen desde el aire.

Me hablan de acantilados, de la ruta del oso, de mezcla de senderos cerca del mar y entre valles. Es Asturias. Sólo estuve un par de días en los Picos de Europa, hace unos años, y ya me encantó. Espero volver relajado ante tanto kilómetro de placer, y sobre todo con algún kilo de más, que estoy hecho un tirillas y esto no puede ser.
Esto es la zona de Teverga, a unos 80km de Luarca; desde Teverga hay prevista una etapa.

26 junio 2010

Miedo, renuncia y decepción

No me he atrevido. Es la verdad. Anoche estaba asustadísimo. Visualizaba la carrera y no había ni un momento bueno. Todo eran miedos y peros, que si nunca he hecho algo así, que si no puedo estrenarme con 36km en el horizonte, que si la sobrecarga en el isquio, que si el miedo a la rodilla, que si el otro miedo a lesionarme con algo más grave estando el verano a la vuelta de la esquina... No me he atrevido.

Esta mañana es, deportivamente hablando, una de las más tristes de los últimos años. Siento que he fracasado por miedo. No he sabido controlar mis malas sensaciones, no lo he gestionado bien, y al final no me he calzado las zapatillas. Me siento mal, muy mal por no haber ido, pero creo en el fondo que es un ejercicio de responsabilidad bien hecho si tantas cosas había en contra.


El dorsal, las mallas, los palos, todo se ha quedado en casa.

Me dicen que lo tenía que haber pensado antes, que tenía que haber visto que no sería capaz de afrontar este Trail de montaña justo después de la Quebrantahuesos, justo después de meses de exclusiva preparación ciclista y esporádica de carrera a pie. Creo que tienen razón: tenía que haberlo pensado antes, pero me podía la ilusión.

Esto me servirá para aprender a ser más responsable con antelación, y no renunciar a salir al ruedo con el toro ya en la arena. Siento haber decepcionado tanto, pero creo que todo lo demás hubiera sido contraproducente.

25 junio 2010

Andorra Ultra Trail: ¿estoy loco o qué?

Estoy cagadito de miedo. El año pasado me apunté al Trail de Andorra, de 30 kilómetros corriendo por las montañas del país, pero no lo pude hacer porque en la Quebrantahuesos de la semana anterior me hice aquella fisura de escafoides que me condenó a un verano escayolado. Este año estoy de nuevo en la lista, pero no son 30 sino 36 kilómetros con sus cinco picos y sus cinco descensos, que es en realidad lo que más me preocupa.

Lo haré con palos, andando tranquilamente, y razones tengo. La primera razón es que correr no es lo mismo que ir en bici. He hipotecado la temporada a la Quebrantahuesos y sólo he corrido unos diez días, con subidas y bajadas y todo lo que queráis, pero son 36 kilómetros. Nunca en mi vida creo haber corrido más de 20km seguidos, y menos por montaña, y a todo esto tengo que añadir una sobrecarga en el isquiotibial de la pierna derecha, que me tiene alerta.


Cagadito o no, estaré en la salida del Trail, porque el entrenamiento ha sido muy exigente (¿?).

Sin embargo, esta mañana he ido a por el dorsal. Mañana estaré en la línea de salida en el Coll de la Botella. Por delante tendré los 36km con 2.500m de desnivel positivo y 3.300m de desnivel negativo, un desnivel máximo del 23% (675m en 3km) desde el Refugio del Comapedrosa hasta el Pico del Comapedrosa (2.942m de altitud)... Poco más que añadir. Alea jacta est y que sea lo que sea. ¿Estoy loco o qué? Yo creo que, en el fondo, un poco desviado sí que estoy.



Por otra parte, si yo estoy loco me gustaría saber cómo están los 580 seres humanos que acabaran como piltrafas después de los 112km de la prueba larga, el Ultra Trail, con 9.700m de desnivel positivo y negativo en lo que será una verdadera vuelta a Andorra completa (adjunto perfil serrucho). El que quiera saber más: www.andorraultratrail.com

24 junio 2010

Quebrantahuesos 2010: Videos del infierno

Aquí cuelgo diferentes videos demostrativos del infierno del pasado sábado. Si encuentro el paso de Raúl, de alguno de los Falcons, de Gonzalo o mío por el Marie Blanque, lo pondré, pero lo veo complicado.













23 junio 2010

Quebrantahuesos 2010: "Crónica de un fracaso (o de una decisión acertada)", por Gonzalo Naya

Gonzalo Naya, periodista de Ràdio 9, compañero, amigo, sufridor de la bicicleta, el mismo día después de la Quebrantahuesos 2010 me envió su relato. Escalofriante, duro, emocionante. Quiso acabarla y no pudo. No fue la lluvia, no fue el frío. Pudo con todo, pero falló un detalle. Imposible no sentir pasión al leer sus palabras. Sin más, Gonzalo Naya.



"Crónica de un fracaso (o de una decisión acertada)"

He fracasado. Es lo primero que pensé al sentarme en el autobús, minutos después de retirarme de la QH 2010. Me sentía fracasado. Y sentía mucha rabia e impotencia. Por haber echado por tierra el esfuerzo de los últimos meses. Las horas de entrenamiento, las horas de sueño y el tiempo que le robé a Cristina y a mi gente. Todo para nada. Para ni siquiera acabar.

Me sentía absurdo porque no me había retirado el frío ni la lluvia. Ni los 3 grados en la cima del Somport, ni los más de 100 kilómetros aguantando el agua, sin chubasquero, calado hasta los huesos y con los pies encharcados. No me retiraba el Marie Blanque, esta vez más llevadero. Me retiraba la rodilla izquierda, y la puñetera tendinitis. Otra vez. Como cuando corría. Mal compañero el frío.

Al empezar el Portalet ya noté las primeras molestias. Delante y sobre todo en la parte posterior de la rodilla. Mal asunto. Traté de ir suelto de desarrollo, para no forzar. Le dije a Nicolás que hiciera marcha. Era una lástima después de 135 kilómetros de compañía. De frío, de lluvia y de espera. Al menos que pudiera “disfrutar” y acabar su primera QH.

Porque disfrutar se disfruta. A pesar de todo. Desde el inicio, en el viaje, esta vez sabiendo lo que te espera. Y viendo la ilusión de Nicolás y de Paco en su primera vez. También las dudas de Enrique y el Colombaire, y el buen ánimo de Toni y el Pitu. Casi todos ellos compañeros de la Peña “El Cantonet” de Godella, la peña de mi hermano Rafa y de Pepe. Admirable también las ganas de Stephens.

Se disfruta en las conversaciones previas. De los recuerdos y de los temores de cada uno. Del miedo a lo que pueda venir. Del tiempo. Tantas previsiones y tan poco acierto. Ninguno pensó que nos esperaba un día de perros como ese.

Y eso que empezó relativamente bien. En Sabiñánigo, sol. Frío, pero sol. Suficiente para empezar a rodar y entrar en calor. Allí saludé a mi amigo Rafa Mora, instalado, como nosotros, detrás de la curva de la salida. Separados por unos metros y por miles de ciclistas. Pero unidos por la bicicleta. Así salimos, protegidos por el grupo. Y por los manguitos y el paravientos.

Camino de Somport las primeras gotas de unas nubes cada vez más cerca. Y cada vez más negras. Atravesando Villanúa la lluvia empezó a ser constante. Un aviso de lo que venía. Hay quien lo leyó y se dio la vuelta. Hasta 1.500. Paco, Enrique y el Pitu entre ellos. Por momentos creí que se suspendía la marcha.

Como nadie decía lo contrario, para arriba. Hasta el avituallamiento en Candanchú. Ya mojados. Casi sin comer y a seguir. Para no coger frío, decíamos, ignorantes de lo que nos venía. Los 3 grados en la cima de Somport. Y una bajada imposible. Por la humedad, por la niebla, por el frío, por la lluvia y por las zapatas casi inservibles. Por el temblor de piernas. Por el dolor de muñecas y el dolor de dedos al frenar de forma inútil. 40 kilómetros de bajada y de corto. A esas alturas los manguitos y el paravientos ya no calentaban.

Daba impresión ver a la Cruz Roja no dar abasto con las hipotermias. Los que decidían darse la vuelta para subir el Somport o quienes se paraban en cualquier rincón a cubierto, aunque fuera un túnel. Los más entraban en los bares. A ver si paraba de jarrear. Pero no paró. Y nosotros tampoco.

Valía la pena seguir dando pedales deseando que llegara la subida. ¡Deseando incluso que llegara el Marie Blanque! Sin ir a rueda del todo para no hacerlo más incómodo. Limpiando las gafas cada 2 minutos y quitando los charquitos de agua en el cuentakilómetros. Incluso dando sorbos de la braga empapada sobre el cuello.

Al final te acostumbras. Y ya no te molesta el agua. Ni el frío. Ni la sensación de estar mojado de arriba abajo. Con este tiempo en Valencia ni nos lo hubiéramos planteado. Pie a tierra y a esperar otro día. Pero aquí no había otra oportunidad. Había que seguir. Y por momentos te sientes protagonista. Te sientes participe de algo grande. De algo que podrás contar muchos años y a mucha gente.

Por eso me dio más rabia tener que bajarme. Porque me sentía bien y con fuerzas incluso de hacer un tiempo parecido al del año anterior. A pesar de la lluvia. Por eso lloré sentado en el autobús. Me sentía impotente. Podía con todo. Menos con mi rodilla. “Sobrecarga en el tendón” me dijo el de la Cruz Roja. “Tu verás lo que haces, pero…”. Estaba en el kilómetro 146. Avituallamiento del Portalet. Me faltaban solo 60. Los 8 finales del Portalet y la Hoz. Y yo sin fuerza en la rodilla izquierda. Cada pedalada era un pinchazo. Subía con el 28 metido en tramos que no pasaban del 3% de desnivel. Probé a impulsarme sólo con la derecha. Pero no valía la pena. Eran las 15 h de la tarde. A esas alturas mi hermano ya estaría en la meta, pensaba, y Pepe volaba hacia allí. Los dos bajaron su tiempo a pesar de la lluvia. Stephens aguantaba el tipo casi sin abrigo y Nicolás ya habría marchado del avituallamiento. Me pasaron, sin verme, Toni y el Colombaire. No les dije nada. No tenía fuerza ni ganas de que fueran testigos de cómo avanzaba lastimosamente a 5 km/h.

Quizás podría haber subido lo que me quedaba del Portalet. Pero nunca la Hoz. Los subí en el autobús, lleno de gente con la mirada perdida, envueltos en una ridícula bolsa de basura. Poco a poco la razón entró en calor y dejó atrás a las sensaciones. Me iba convenciendo de que era lo mejor. Desde la cristalera mojada miraba el paisaje, el Portalet interminable y el goteo de valientes. Y me emocioné al ver a esas tres voluntarias aplaudiéndonos. A los fracasados del autobús. Gracias por hacerme sentir mejor.

Ahora sé que hice bien en bajarme. Que en este 2010 no se acaba la Quebrantahuesos. Ni las marchas. También sé que soy menos duro de lo que pensaba. O al menos mi rodilla. Sé también que si lloré es porque lo sentía (y lo siento) y quería haber acabado. Sé que me gusta la bicicleta, que me gustan las marchas. Y que me esfuerzo. Aunque no sea un campeón como ponía en la pancarta que hizo Cristina para recibirme en casa. Ahora sé también que tengo un motivo para volver a la Quebrantahuesos. Y sé que volveré para acabarla.

21 junio 2010

Quebrantahuesos 2010: El extremo de la épica

La Quebrantahuesos, la Quebrantagua... primero decir que estamos todos vivos. No sé si habeis leído cosas por internet (en www.diariodelaltoaragon.es hay textos y una galería con 270 fotos, todas con agua...), pero bueno. De los que conozco que tomaron la salida (cinco de la peña dels Falcons, más cuatro amiguetes -Luis y sus compañeros-, más Gonzalo, más Raúl y yo) sólo acabamos Raúl y yo. Él hizo 7.40, y yo 8.36. Los demás, cinco se retiraron antes de coronar el Somport y el resto uno de ellos nada más bajar el Somport y darse cuenta de que le daba un yuyu porque no controlaba el frío, los otros al bajar el Marie Blanque, y otro por tendinitis en una rodilla subiendo el Portalet. Uno se cayó en las primeras curvas de bajada del Maria Blanque. No le funcionaron los frenos e hizo un recto en una curva cerrada. Cayó unos cinco metros según contó y se ha roto un ligamento del hombro, según el parte médico. Estuvo tres horas allí en pleno puerto con una manta térmica esperando a que lo evacuaran... Llegó al hotel, después de pasar por el hospital de Jaca, pasadas las nueve de la noche. En defensa de la organización diré que yo creo que era imposible que dieran abasto ante todo lo que pasó. Los casos de hipotermia por lo que dijeron fueron innumerables. Autobuses llenos, trailers para transportar las bicis de los retirados... un caos.

En la salida, con el sol fuera.

Me da la impresión de que cada vez que escribo algo sobre la QH (y con esta han sido cuatro ediciones), siempre digo que nunca he sufrido tanto en mi vida encima de una bicicleta. Pese a ello, vuelve a ser cierto. Tal vez por eso sea tan mítica esta salida, ¿no?

El caso es que fue durísima. Si no he cogido una pulmonía, creo que no la cojo nunca. En la salida el cielo estaba raso, lo juro. Fuimos como siempre rápido de rueda en rueda hasta casi Canfranc, aunque yo creo que más lentos que el año pasado. Desde poco después de salir de Sabiñánigo ya no tuve compañía conocida (Raúl salía delante en el cajón de dorsales verdes y los Falcons no querían "problemas", a su ritmo). Antes de llegar a Canfranc, por Villanúa más o menos, ya se intuían las nubes. No eran nubes negras, sino más bien altas y blancas, pero se notaba que llovía allí arriba.

Rafa y Raúl, antes de dirigirse al principio del fin.

Toni, Agustín y Javi, en la salida.

Inicio del Somport, con las nubes al fondo.

Empezó a caernos agua que traía el viento de la montaña, de cara y frío. Cuatro gotas, pero de avanzadilla. Antes de llegar a Canfranc casi casi había dos grupos: uno que subía hacia la nube y otro que bajaba huyendo en retirada hacia el sol de Jaca. Cada vez era más intenso el reguero de ciclistas que decidía volverse. Yo no me planteé la retirada, de hecho me sorprendía tanto abandono, pero luego en el Marie Blanque, cuando ya no tuve escapatoria, me arrepentí no sabeis cuánto.

Total, desde Canfranc lluvia intensa sin parar. Sin parar es sin parar, y cuando digo sin parar es sin parar hasta el descenso del Portalet, el cual ¡estaba seco! Quisiera que fuera una broma, pero fue así: Francia como un pantano, España un secarral. Impresionante.

Es decir, de las 8.36 horas que yo estuve danzando por allí, más de 6, ¡6 horas! lloviendo a muerte. Ahora lo pienso y ni a mí que lo viví me parece real.

En la mismísima boca del lobo.


De ropa yo llevaba cullotte corto y arriba camiseta interior con el Rafa Glober (¿?), mallot, chaleco y manguitos, con guantes de verano y unos largos en el bolsillo, por si acaso (acabaron tan mojados que no me sirvieron de nada más que para pesar medio kilo más), además de una braga en el cuello a la que le haría un monumento porque sin ella hoy tendría una garganta como la de un elefante de grande. De la braga sorbí durante todo el día. Un detalle: bidones bebí dos de agua, uno de sales que ni me acabé, tres vasitos de coca-cola y todo lo que chupaba de la braga, que me lo iba tragando sin compasión y sin ascos. He de decir que, pese a lo 'poco' que bebí, meé cuatro veces, y las cuatro bien claro, lo que significa que iba bien hidratado.



Contaría mil cosas. Desde Canfranc hasta la bajada del Portalet (repito, unas 6 horas) llevé las gafas empañadas, en la punta de la nariz como un abuelete que las lleva porque sí, para que se fuera el vaho, que sin embargo nunca se iba, y moteadas con gotas siempre. Desesperante para un miope como yo, porque si ves bien te quitas las gafas de sol y ves, bajando te las pones y aguantas con lo que veas para no coger una conjuntivitis de tanta agua, pero es que yo ni siquiera subiendo me las puedo quitar porque no veo un carajo sin ellas.

Al coronar Somport había el mismo ambiente helado del año pasado, pero con no sé cuántas veces más de lluvia. La gente estaba parada en la garita fronteriza como pensando qué hacer, si seguir o volverse, mientras el público (impresionante, con la que caía y ahí aguantaban) daba ánimos. Meé casi apoyado en un gendarme (me miró riéndose... yo pensaba que era un poste de la luz o algo así, ¡y era un brutaco de dos por dos!) y tiré para abajo forzando los frenos lo justo y a golpecitos, para amarrar, y muy muy lento. La mayoría de la gente iba con mucha precaución porque con la niebla y el agua que caía y que expulsábamos de las ruedas no se veía a cinco metros por delante, aunque hubo alguno que iba pidiendo paso y se llevaba la bronca (lógica) de los demás.

Caos por la incertidumbre y el miedo a la nube, en la cima de Somport.
(Foto: Pablo Segura/Diario del Alto Aragón)

En el Somport algunos suben, pero otros bajan de vuelta a casa ante la amenaza.
(Foto: Pablo Segura/Diario del Alto Aragón)

Pero lo peor aún no había llegado. Para mí lo peor del día fue todo el camino hasta la base del Marie Blanque, y la subida al Portalet, entera de pé a pá, horrible de frío y agua. Bajando desde Somport hasta el Marie Blanque fue una escabechina. En cada pueblecito, en cada casa por desvencijada que estuviera allí había bicis apelotonadas y gente dentro supongo que intentando buscar calor.

Yo sólo pensaba en comer, pero no sentía las manos del frío y no distinguía en los bolsillos qué era un plátano, qué era una barrita, el gel o el móvil. Hasta me costaba doblar el brazo hacia atrás para meter la mano en los bolsillos. Fatal. Además, si bajando la sensación de lluvia, por la velocidad, se acrecenta, encima empezó a llover más y más. Cayó un diluvio, era como una nube de agua, y nosotros allí atravesando aquello como si fuéramos un coche en un tren de lavado. Yo huía de toda rueda que se me pusiera delante porque, claro está, salpicaban muchísimo, y ya estaba bien con lo que tenía. Me pasaron cientos de ciclistas, pero todos íbamos haciendo nuestra propia guerra en un silencio absoluto de voces con el griterío de fondo del agua cayendo a chorros.

Iba tieso. Al final decidí parar a comer una barrita ante la imposibilidad ya no de cogerla, sino de abrir el envoltorio sin matarme por un resbalón. Aquello no estaba para hacer malabarismos. Al parar me di cuenta de la gravedad del asunto por dos detalles. El primero, que al bajar de la bici y pisar el suelo sentí que los cuádriceps eran piedras. Estaban tiesos como un muerto. Estiré un poco pero estaban bloqueados. Hasta me dolían. El segundo detalle fue que al intentar comerme la barrita vi que la mano que la sujetaba temblaba exageradamente. No la podía controlar. En realidad, tuve un momento extraño y me dio la risa. Si hubiera estado en compañía, me hubiera dado la risa tonta y nerviosa por más tiempo. No paraba de preguntarme qué cojones hacía allí en aquella situación tan escalofriante. Por supuesto, seguía lloviendo a capazos.

De la carretera hasta el Marie Blanque diría que han cambiado algún tramo. Hay como dos rotondas que me parecieron nuevas y un túnel que yo no recordaba. Carretera muy bien asfaltada y ancha, con charcos de metros de diámetro, muy majos. En el túnel había muchos ciclistas. No exagero con la idea que me vino a la cabeza: Al verlos a todos aquellos allí de pie, al resguardo del túnel, con los brazos cruzados buscando algo de calor, temblando todos y con caras de verdadero pavor, sin hablar nadie, alguno llamando por el móvil supongo que pidiendo socorro, me vinieron a la mente las típicas imágenes del exterminio nazi, con los deportados mirando con caras destrozadas, miradas perdidas y pidiendo clemencia. Pensé que era la guerra, que las personas de nuestro tiempo europeas de buen vivir, como no tenemos desgracias bélicas a la vista, nos las buscamos, como si la guerra fuera un reto y una Quebrantahuesos pasada por agua su símil en la sociedad del bienestar. Poner el cuerpo a prueba, la capacidad del hombre para sobrevivir ante las peores circunstancias, con un enemigo en el trasfondo, ya sea un ejército o unos cuantos puertos de montaña bicicleta mediante, con agua de por medio y mucho frío, para aderezarlo todo y que quede muy épico. Épico es el adjetivo, en realidad, y nosotros unos héroes, modestia aparte.


Pero la guerra continuó por aquello de que a la épica se llega cuando del toro te has comido hasta el rabo. En aquel eterno descenso quería buscar puntos donde poder empezar a pedalear y darle algo de energía a mis piernas. Energía en forma de calorcito, exigirlas para que volvieran a la vida. Era como una batería de coche que se ha quedado muerta y necesita un empujoncito. Si ponía el plato grande las piernas se atascaban, y tuve que ir poco a poco. Si venía un repecho corto, lo subía despacito para empezar a calentar, y luego poco a poco forzaba para que el músculo se adaptara. Psicologia muscular, manda huevos. El miedo era llegar al Marie Blanque y que no respondieran las piernas ante aquellos rampones.

Llegué justito en esta empresa de calentamiento imposible, pero llegué. La espalda era un palo de escoba y los hombros me dolían porque no varié la postura (manos en las manetas, siempre tocando los frenos...). Estiré todo el cuerpo como pude antes de las rampas duras. Allí hablé con un tío que me dijo aquello de "si hoy no aborrecemos esto, no lo haremos nunca" que tanta gracia me hizo por lo que le respondí sin pensar demasiado y porque él asintiera ante mi respuesta, sabiendo los dos que el ciclismo volverá a ganar y nunca colgaremos la bici salvo por fuerza mayor. Llueva lo que llueva.

El relato sigue en las rampas duras del Marie Blanque. Antes de ellas me tomé medio gel, como me dijo el gran Panorámix, y subí como un paseo. Pim pam y estaba arriba, empañada la vista como todo el día (o más en aquella especie de túnel de vegetación) y, os recuerdo, por si en el transcurso de la lectura os perdeis, lloviendo sin parar.

Allí arriba hacía mucho frío. Mucho. Bajé mirando por encima de las gafas. Sorteamos varias inmensas vacas (una preñada, espectacularmente gorda, como un coche de ancha, una imagen desproporcionada que me impresionó) que bajaban por la carretera y sembraron el pánico entre los ciclistas y los voluntarios, que se desgañitaban para que no hubiera ningún accidente. Ellas, sin embargo, estaban en su casa. En el avituallamiento de Marie Blanque tiré la bici al barro (¿importaba algo evitarlo? y chapoteé metiendo el pie hasta los calcetines en aquella pasta marrón para llegar a los puestos de comida. Dos lonchas de jamón de york y dos de queso (el pan de molde estaba congelado, se me hizo una bola en la boca y lo tiré), un plátano que ni en verano me lo tomaría tan frío y un vaso de coca-cola sin cubito pero con cubito. Dando saltos por el frío (saltos voluntarios y muchos involuntarios) me quise calmar pensando qué me quedaba de comida: dos barritas, las sales del segundo bidón, que estaba por la mitad, un plátano y cuatro galletas de chocolate). Decidí jugármela y no quedarme en aquel congelador, y me fui. Un apunte para los voluntarios que estaban allí repartiendo comida y bebida: Estaban congelados y aún nos intentaban animar, cuando nosotros teníamos la posibilidad de entrar en calor en las subidas y ellos no, allí quietos. Que alguien les dé un premio. Si éste son las gracias, pues ¡mil gracias!

El descenso fue literalmente un sorteo. Había muchos boletos para caerse por un resbalón. Yo forcé de freno trasero para evitar un bloqueo delantero y llegué a la planicie que precede al Portalet sin incidencias. Lo último que quería era pinchar. Hacerlo era el fin porque válgame lo que habría que hacer para cambiar la cámara sin sensibilidad en los dedos... Hubiera preferido tener una avería irremediable y subirme al autobús. No creáis que no pensé en lanzarle una piedra a los radios y decir que no había solución. Pero todo esto eran suposiciones que al final no se dieron, así que aquella planicie era el tramo en el que tenía que comer y recuperar todo lo perdido, cargar para la subida al Portalet y no desfallecer. Me zampé el plátano, una barrita de chocolate que me supo a gloria bendita, sales del botellín y las galletas. Oí de fondo a un vasco despotricar porque no había disfrutado ni un segundo durante todo el día. Y lo que le quedaba. Cuando acabé de comer, yendo a rueda de un pelotoncito a buen ritmete, estaba ya en la base del Portalet buscando calor.

¿Calor? 26 kilómetros de soledad, silencio, frío y lluvia. Nadie hablaba, casi nadie en las cunetas animando (normal), y lloviendo como todo el día. Hice algunas fotos con el móvil, que pese a la empapada estaba vivo, paré a llenar agua en el primer avituallamiento líquido y pedí un papel seco para limpiarme las gafas, aunque solo fuera por ver durante unos minutos después. El kleenex tardó como cinco minutos en llegar. Me congelaba allí esperando, pero mientras en circunstancias normales me hubiera ido sin más, me dediqué a examinar caras. Poemas todas. Los había que hasta les tiritaba la boca, los hombros. Miradas aturdidas la mayoría, bocas abiertas, soplidos, y una pena no poder entrar en cada una de esas mentes. Yo tarareaba "Princesa", de Sabina, para animarme y relajarme, aunque se mezclaba con el "Waka waka" de Shakira, ahora que con el Mundial está hasta en la sopa.

Sopa. Gafas limpias y a los diez minutos, de nuevo como una sopa. En la presa, donde siempre hay unos vascos friendo chistorra y dando alegrías y ánimos, esta vez sólo había desolación. Me di cuenta de que estaba en la presa al pasar la curva y darle la espalda al muro, para que veáis lo poco que veía a través de mis gafas. Lo que quedó de puerto fue una nueva parada en otro avituallamiento, con algunas pasas, algunos cacahuetes, tres galletas con nueces y dos vasos de coca-cola, una nueva meada cristalina y, sin poder evitar los temblores meando un poco las zapatillas (me acordé de Pedro en aquella Quebrantahuesos en que todo le daba igual de la tostada que llevaba...), de nuevo para arriba.



El resto fue la típica agonía por el kilometraje (unos 140 km en aquel punto), cabeza va cabeza viene, mirada al frente y al suelo, boca abierta y agua y agua y agua y frío y frío y frío y tiritona eterna. El viento, por suerte, era muy variable, y tan pronto era de culo como nos daba de costado, pero de cara poco... hubiera sido la puntilla para una muerte segura.

En el último kilómetro se empezó a ver gente, pero muy muy poca. Entre ellos, la Pepa, con mi hermana María, mi cuñado Carlos, Toni (primo de mi cuñado) y Noemí (la mujer), y una pancarta dedicada a mí. Qué cabrones. Soy un tío demasiado sensiblón y me puse a llorar como un tonto. La Pepa se me echó encima llorando también. Estaba empapada, todos estaban mojados de estar allí horas aguantando la lluvia, pese a los chubasqueros y los paraguas. Qué bonito fue aquel momento, me encantó. Sabía que estarían porque les dejé una mochila con ropa de invierno previniendo lo que sucedió de tanta agua y frío, pero no tenía ni idea de que tenían una pancarta. Hicieron dos, una para los Falcons, aunque desgraciadamente ninguno pasó por allí, y otra para mí. Con la flojera, el frío y todo, entiéndanseme las lagrimillas. La nota que yo llevaba para la Pepa quedó en agua de borrajas. Literal, porque casi ni se leía.

María, empapada, con la pancarta que al otro lado sujeta la Pepa.

Carlos, Toni y Noemí, antes de acabar calados hasta los huesos esperándonos en el Portalet.

Pasado el momento emotivo, les pedí las perneras, los guantes de invierno, un paravientos y el chubasquero. Raúl, que hacía una hora había pasado por allí, también cogió perneras y chaqueta, obviamente. Qué bien pensado estuvo esto de la mochila. Cada pernera y cada guante me costó muchísimo tiempo y la ayuda de todos para ponérmelos. Me despedí y acabé el puerto liberado de todo, de tensión y de frío.

El descenso me sorprendió que, a los 500 metros de bajar, estaba todo seco. Qué escándalo. Sentí una extraña sensación al ver que podía trazar curvas con tranquilidad sin miedo a patinar. Claro está, también había dejado de llover. De ahí a la meta no me cayó más que alguna gota en la Hoz de Jaca, donde paré a guardarme el chubasquero, a ayudar a un francés al que se le había salido la cadena, a reírme con un mexicano que debió de flipar ante tanta agua, y a volver a mear, otra vez transparente. Subí, coroné, bajé y al salir a la carretera principal volví a parar, le pedí a un motorista que me abriera la última barrita porque si me quitaba los guantes mojados no me los podría volver a poner, se echó unas risas solidarias conmigo y yo con él y ya hice el tramo final a rueda de un pelotoncillo, gitaneando esfuerzos y pidiendo a gritos una ducha caliente.
En realidad, fui pensando que en aquel momento, con la carretera seca y el sol fuera, tan abrigados algunos, hacíamos el ridículo, y me daba rabia que me daba la impresión que todo lo que habíamos sufrido no había sido para tanto. Por eso he escrito esto tan largo. Para guardármelo y releerlo cuando me venga a la cabeza que no fue tan bestia como se recuerda, y así darme cuenta de que no fue duro, sino estratosféricamente salvaje. Hoy me gotea la nariz. El cuerpo tiene memoria, y además al mío por lo visto le sobra líquido.

Con cariño, Rafa Esponja.


¿Cómo es posible que después de tanto sufrimiento uno tenga ganas de hacer el tonto?

20 junio 2010

Quebrantahuesos 2010: Historias de amor



Historia de amor (1):


Rafa:
"Esto no tiene ningún sentido"

Ciclista vasco:
"Buuf... Si después de esto no aborrecemos la bicicleta, ya no la aborrecemos nunca..."

Rafa:
"Pues va a ser que ni aun así la aborreceremos"

Breve conversación un kilómetro antes de iniciar la subida al Marie Blanque, después de casi 50km de descenso y falso llano desde el puerto de Somport, bajo una intensa lluvia y con todos los músculos del cuerpo agarrotados, con la cara petrificada, los dedos insensibles, las gafas empañadas y el miedo en el cuerpo. Llevábamos casi 4 horas de carrera... faltaban otras tantas en idénticas condiciones. Esto es amor.


Historia de amor (2):

Entro en el último kilómetro del Portalet, después de 26 kilómetros subiendo y con 145 en las piernas, absolutamente congelado, empapado hasta el último poro de mi cuerpo, débil muy débil, temblando los hombros sobre los codos, estos sobre las muñecas, estas sobre las manos que se aferran al manillar, que también tirita. Giro una curva y leo a lo lejos "Tastalcel Rafa", oigo los gritos de mi Pepa, de mi hermana, de mi cuñado, de Toni y de Noemí. Me derrumbo. Las piernas me tiemblan. Si estuviera de pie, caería redondo al suelo. La bici me aguanta, me paro, ella se me abalanza y me besa. Llora porque yo lloro. Es el instante. Lleva horas esperándome, aguantando el frío, el viento y la lluvia... Esto es amor.

17 junio 2010

Es la hora



Las piernas no van, la cabeza tampoco, pero hay que acabar. Lucha, no pienses, pedalea, sufre, mira cómo gira la rueda de delante, balancea el manillar, respira, come, bebe, sube una pierna mientras bajas la otra, mira al que llevas delante, disfruta del paisaje (si puedes), sécate el sudor de los ojos, mójate los labios con la lengua, bebe otra vez, y dale y dale y dale...

La Quebrantahuesos, 205 kilómetros en el horizonte, el puerto de Somport, el Marie Blanque, el Portalet y la Hoz de Jaca. Es la hora. Un año después de aquella montonera, aquella caída fatal, aquella fisura de escafoides, los tres puntos entre los dedos, el susto, la sangre, la inflamación, la rabia, la promesa de no volver... Es mi hora. De nuevo. Estoy listo. Sábado, siete de la mañana. 8.000 hombres y mujeres, todos locos por este deporte, en la línea de salida. Estamos listos. Es la hora.

Este año vamos pocos. Luis Cortés, Raúl López, Gonzalo Naya, la tropa dels Falcons sin Carlos. Sin Carlos... No es lo mismo. Lo daremos todo por llegar. Seguro.

Luis habla claro: "Espero no caerme como el año pasado, perder menos tiempo en los avituallamientos, bajar de 9 horas, disfrutar de un día de ciclismo, conocer gente nueva, ayudar en la medida de lo posible, y que los últimos 10 kilómetros no se me hagan una eternidad". Pero tiene un mensaje que dar a su familia: "El segundo semestre del año disfrutaré más de mi guapísima y encantadora Mariam, mis hijos Claudia y Tello, de los amigos, la naturaleza de nuestro precioso Mediterráneo y de los planes que vamos haciendo, que es la vida". Y tienes sus razones después del año que lleva de sacrificios, con debut en una maratón, en un medio Ironman y su segunda Quebrantahuesos. "Un bonito y gratificante año deportivo", escribe Luis mientras yo le intuyo esa media sonrisa suya, sincera, llena de ilusión.


Raúl, Panorámix, el sevillano, como le queramos llamar, es un tío también de ideas claras: "Voy este año a la QH aprovechando la suerte de poder participar, y como todo cicloturista que haya ido en otras ediciones, a intentar mejorar mi tiempo anterior (7:09), disfrutar del recorrido e intentar darlo todo en esos puertos míticos de los Pirineos". Subcampeón de España de duatlón este año, en Gijón, confiamos en él y las 6:30.


Y esta confianza en Raúl es similar a la que él tiene en Luis y en mí. Nos habla de bajar de menos de 8:30 para Luis, y de menos de 7:00 para mí. Palabras mayores, pero en el fondo, aunque sea muy en el fondo, tanto Luis como yo queremos pensar que ¿por qué no? Es la hora, ¿verdad? Pues intentémoslo...


No quiero cerrar este texto sin hablar de los que nos acompañarán allí en persona, como Pepa, María o Carlos, nuestro punto de apoyo y avituallamiento en el Portalet; pero también de todos aquellos que estarán en nuestro pensamiento: nuestros padres, nuestras hermanas y hermanos, Mariam, Claudia, Tello, el equipo de triatlón de la Universitat de València, David, Patxi, Dani, Paco, Jorge, Manu, Pepe, Tony, Enric, Oriol, Iago, Jenaro, Luis Vives, Andy, Alberto, Diego, Benja... Todos estarán allá, tarareando conmigo "Princesa", de Sabina, mientras sufra en las peores rampas del Marie Blanque, en el interminable Portalet o donde sea que tenga que sufrir, si no es de principio a fin. Es la hora.

15 junio 2010

Imaginémonos unos cerdos

Propongo un juego. La cosa implica falta de vergüenza y del qué dirán. La idea es quedarse quieto en la calle, en la acera o con asfalto en los pies. Da igual. Todo consiste en dejarse caer para atrás para sentarse con el culo bien tieso en el suelo. Si es un golpe seco, mejor. Y entonces, ya en tierra firme, con el cosquilleo del golpe aún en el cuerpo, pensar. El dolor será intenso, tal vez soportable, pero como mínimo habrá una mueca en la cara.

En ese instante, aún en el suelo, pensemos en esa caída a 20km/h, pongámosle si queremos unos 30km/h; venga, por qué no, aumentemos a 40km/h. Imaginemos el golpe del cuerpo sin protección alguna contra la dureza del suelo. Piel contra piedra. Papel de fumar contra un rallador de pan. Echémosle sal al asunto y aumentemos el dolor con un poquito de asfalto rugoso, del que rasca y se lleva consigo trizas de piel, así, dejándolo todo en carne viva, bien fresco.

Ahora vistamos la situación con nuestra bicicleta a unos metros de nuestro cuerpo, allí tirada y, alrededor, un montón de coches y motos pasando a nuestro lado. Intentemos imaginarnos cómo vemos las estrellas y hasta nos cuesta situarnos. ¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado? Sintámonos un poco aturdidos.



¿Todo bien? Pues entonces, pensemos si lo normal sería que alguno de esos que pasaban raudos por nuestro lado con su coche y con su moto tenían alguna razón para parar a atendernos, para ayudarnos o para preguntarnos, como mínimo, si estábamos bien. Es cuestión de que ellos pisen el freno, pongan punto muerto, salgan del coche, den unos pasos, se agachen y abran la boca. Es un poco de decencia.

Hace unas semanas un compañero de batallas andorrano resbaló mientras sorteaba las juntas de dilatación y los baches de la rotonda-puente extraña de Aixovall, mojada además como estaba. Se dio un golpe en la cadera y allí casi se acaba todo. Mientras se recuperaba del susto y del dolor -en este punto lleva tres semanas, y aún le dura-, sentía pasar los coches sin que ninguno de todos esos miserables tuviera la mínima educación para bajar la ventanilla del copiloto y preguntarle por su estado. Daba igual. Algunos, solo por el hecho de ser un ciclista, tal vez hubieran preferido, ante un eventual vacío legal, pasar por encima. Cerdos.

13 junio 2010

Privilegios: Ganar sin querer hacerlo


A la izquierda, de líder, Brajkovic, ganador final de la Dauphiné, con Contador a rueda de sus compañeros Tiralongo y Jesús Hernández, en el Lautaret.

Alberto Contador ya está listo. Participó por punto y final de preparación en la Dauphiné Libéré, y pese a no querer ganar (¿eso quién se lo cree?) ha ganado en dos etapas y además ha acabado segundo de la general. El Tour está listo y en bandeja. El vencedor final fue el esloveno Janez Brajkovic, del RadioShack, el equipo de Lance Armstrong.

Contador terminó la Dauphiné esprintando por el maillot verde de la clasificación de puntos, y lo conservó. El líder del Astana logró la victoria en el prólogo de Evian, su segunda victoria en contrarreloj de la temporada, y en la mítica ascensión a Alpe D’Huez, que visitaba por primera vez en su carrera. ¿Alguien duda de qué está de dulce?



“Ha sido una muy buena preparación para el Tour de Francia y, además, he podido ganar dos etapas”, dijo el corredor madrileño. “También ha sido muy bueno el rendimiento del equipo; los compañeros han estado a un gran nivel y eso me da mucha tranquilidad”.

Lunes y martes, Alberto Contador realizará el reconocimiento de las dos etapas del Tour en los Alpes: Rousses-Morzine Avoriaz y la impresionante Morzine-Saint Jean de Maurienne, con los puertos de la Colombiere, Aravis, Saisies y la Madeleine. Junto a él reconocerán estas etapas Noval, Jesús Hernández, De la Fuente, Tiralongo y Navarro.



Tras regresar a España, Contador tiene previsto realizar una última concentración en la Sierra de Madrid para ultimar su puesta a punto, sobre todo “a ritmos altos en los puertos de montaña”, mientras que es prácticamente seguro que también tome la salida en el Campeonato de España contrarreloj, lo que le permitirá terminar de ajustar su nueva bici de cara al prólogo del Tour de Francia en Rótterdam, el sábado 3 de julio.

11 junio 2010

La ausencia de Carlos en la Quebrantahuesos

Carlos Pinazo, todo ilusión, todo energía.

Todo el año entrenando, planificando salidas largas con otras más cortas pero intensas, conversaciones llenas de ilusión, puertos subidos en busca de sensaciones, kilómetros y kilómetros, llamadas de teléfono, correos, mensajes, discusiones, almuerzos, barritas energéticas, agua, pinchazos, caídas, lluvia, frío, calor, frenéticos descensos, algunos ataques, muchas risas, horas y horas y horas... Todo esto y mucho más, y no puede venir a la Quebrantahuesos.

Carlos, mi cuñado, se fue a jugar a fútbol hace una semana, justo después de un fin de semana en el que se fue el sábado desde Valencia a Teruel con su peña dels Falcons, para volver al día siguiente: 300km en dos días. En una jugada en aquel partido, se le salió el hombro. Él lo contaba con la pasión con la que vive todo: "Fui a evitar un gol y la postura al caer fue rara, noté un crack, pero antes de ver que estaba el hombro descolocado me fijé que la pelota se fue fuera". ¿Y qué más daba si aquella pelota entraba o no? Maldito gol que evitó.

Los Falcons, subiendo uno de los puertos de la Marcha de los Siete Picos, en Requena.

Carlos es una baja importantísima para la Quebrantahuesos, para els Falcons, para sus hermanos y para mí. Este tío es capaz de transmitir una ilusión bestial antes de esta cita, pero sin embargo, dice que estará allí al pie del cañón brazo en cabestrillo, haciendo de aguador, con una nevera llena de líquidos, plátanos, comida, barritas y sobre todo, gritos de ánimo que yo, si ahora mismo los visualizo en aquellas rampas del Portalet, se me ponen los ojos vidriosos, porque en ese momento en el que te flojea todo, una cara conocida, un grito de ánimo, lo es absolutamente todo.

Ayer lo ingresaron en el hospital La Fe de Valencia y hoy sabrá si lo operan o no, y cuándo. Él insiste en que estará en aquel puerto. Los que lo conocemos esperamos con ansias saber si finalmente nos podrá gritar aquello de "¡venga, que no te queda nada!", para desde ese punto hasta la cima ir como un avión, espoleado por su grito, el de mi hermana y mi mujer, pese a que no nos quede ni un gramo de fuerza. Todo ilusión y fe en él.

10 junio 2010

El paseo de les Pardines

Solo se puede correr allí unos pocos meses, tal vez medio año, el medio año sin nieve, pero es un paseo que hay que aprovechar. Son tres kilómetros al ir y otros tantos de vuelta. Seis kilómetros perfectos para trotar, respirar aire puro y evadirte un poco de todo, a 1.600 metros de altitud. Por las mañanas es un sitio ideal para entrenar entre semana en una jornada laboral. Media hora, tres cuartos de hora de deporte, y al trabajo.

Puedes hacer series, puedes trotar, puedes hacer fondo yendo y viniendo las veces que te propongas, puedes pasear o puedes hacer el tonto. Hagas lo que hagas, el paseo de les Pardines está siempre silencioso, tranquilo, poco transitado y vivo. Hay dos bajadas de agua, la llegada desde la carretera dels Cortals es al Llac de Engolasters, donde además puedes dar la vuelta al lago si quieres hacer uno o dos kilómetros más. Adyacentes hay más rutas, la mayoría por descubrir.

Hoy, mientras montaba el video, salía el sol. Me he cambiado para ir a correr allí animado por la luz de las imágenes que grabamos hace unos días, pero cuando he acabado gotas como puños caían del cielo. Así es que he hecho lo peor que existe para alguien que quiere hacer deporte y no puede: ducharte sin haber sudado ni una gota. La música del video es de la banda sonora de la película "Requiem por un sueño".

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Vicente 'el Planchista', la rueda de oro

Mi padre me llevó un día a la Penya Ciclista Alboraia, y los dos nos apuntamos a probar esto del ciclismo. Yo era un crío de apenas 12 años que hacía 50km y cogía unas tostadas de mucho cuidado. Recuerdo una agónica vuelta desde Bétera a Valencia intentando no separarme de él, con una pájara espectacular. Me animaba, pero yo dormitaba. Eran tiempos en que experimentaba una pájara sin saber lo que era. Me arreaba unas siestas antológicas.

En la PC Alboraia había dos grupos: el A y el B. Yo me inicié en el B, con los abuelos y la gente que no quería forzar fuera por edad o por filosofía ciclista. Allí había dos hombres de avanzada edad, los cuales no sé si seguirán entre nosotros. Uno creo que se llamaba Enrique, y en cada salida volvía a casa con romero cogido de allá a dónde fuéramos, "para la paella", decía. Él iba a cola de pelotón con el matojo en los bolsillos de la espalda, tan campante. El otro era 'El Cochero', Fernando de nombre, si no recuerdo mal. Aquel hombre, ya en aquel 1990, me recordaba a mi abuelo.Tanto Enrique como 'el Cochero' siempre decían que había que volver a casa descansado, para seguir teniendo ganas de coger la bici: "Si llegas destrozado, querrás tirar la bici por un barranco", afirmaban entre risas.



Pero había un tercero: Vicente 'El Planchista'. De este hombre yo aprendí todo lo que soy ahora encima de una bicicleta. Mi padre me decía: "Esta es la rueda de oro, Rafael", y yo me pegaba a él. Nunca variaba su ritmo, siempre con su cadencia uniforme y regular, siempre sereno, dicharachero, amable, extremadamente amable y sencillo. Aquella rueda la seguí durante miles de kilómetros, hasta que aquel cuadro gris plateado que llevaba empezó a perder terreno en las subidas. Yo crecía como ciclista por la edad, y él bajaba. Sin embargo, en los momentos de incertidumbre, ante una salida exigente y larga, seguía siendo "la rueda de oro".

Vicente 'el Planchista', si no recuerdo mal, murió hace unos años minutos después de iniciar su última salida en bicicleta. Con las botas puestas. Aquella rueda de oro dejó de rodar y tanto mi padre como yo sentimos un profundo dolor por alguien sabio que nos había regalado toda su sabiduría encima de una bicicleta. También me acordé de Vicente, su hijo, el cual era también ciclista, un poco más mayor que yo. Ahora las cosas han cambiado. De momento, con 31 años, mi objetivo es aprovechar el momento e ir todo lo rápido que pueda, batallar lo que pueda y no dejar nunca que me saquen más del tiempo necesario en una cima. Pero eso es hoy, porque cuando me llegue la edad de dejar pasar a los nuevos, espero poder servirles tanto como lo hizo conmigo aquella "rueda de oro".

09 junio 2010

Sorpresas cerca de Andorra

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David me llevó el martes a conocer nuevos caminos cercanos a Andorra. Salimos desde Os de Civis, a unos 1.600 metros de altitud, hicimos la ascensión a la Collada de Conflent sin llegar a los 2.000 metros. Desde allá, un prolongado, fácil y espectacular descenso huyendo del viento helado, para llegar un poco más allá, tras superar unas bordas y vadear un par de bajadas de agua mojándonos los pies, hasta la ermita de Santa Magdalena (1.550m), en un paraje silencioso y virgen. La ermita, pequeña y adusta, nos acogió en el almuerzo. De allí volvimos a subir, cada vez más y más, hasta ver desde las alturas, allá abajo bien lejos, Civis, otro pueblo donde acaba la carretera que lo une con el mundo. Luego la pista continuó subiendo hasta los 2.200 metros, donde otro descenso y una nueva subida nos anunciaba ya la vuelta a Os de Civis, por otra bajada rápida y extremadamente divertida.

Zona de contrabandistas, nos acompañaron durante todo el trayecto en los bordes, espachurrados contra piedras o árboles, al menos hasta seis vehículos destrozados por un accidente, por una salida de pista o por un abandono a toda prisa años ha tabaco escondido mediante. Curioso el Citroën CX blanco o la furgoneta Volkswagen T1 (la hippy, para hacerse una idea). Aquellas pistas serpentean tanto que en una revuelta estás en Andorra como en la siguiente estás en España. En los 40km de ruta, nos encontramos tanta gente como tres franceses con sus quads, y ni rastro de autoridad.

El video está editado con la canción "Highway to Hell", de AC-DC. Camino al infierno, dice la letra. Bendito infierno de montañas y más montañas tranquilas, donde nadie te molesta, donde nadie grita, donde el silencio te llena el espíritu con nuevas energías y sólo tu respiración y las piedras que crujen al paso de las bicis rompen aquella paz. Hoy llueve, así es que las piernas respiran. Pero que no se relajen, porque el viernes habrá más.

A cuchillo hacia arriba y hacia abajo

Alberto, Carlos, Rafa, Diego y Andy, en la fuente de Artea.

En los 14 puertos de los 175km de la Superespadán que hicimos hace dos años hubo cuchilladas por todos lados. Si este 2010 -exactamente hace dos semanas- la hicimos a ritmo y con armisticio de por medio, aquel 2008 hubo guerra hasta en los descensos. Aquel día fuimos Andy, Diego, Alberto, Carlos y yo, con un frío del carajo en pleno junio, con la Quebrantahuesos en dos semanas vista.


El perfil de la Superespadán y sus 14 puertos.

En el Jinquer -quinto puerto de la jornada- yo no sabía ni dónde esconderme. Soñé con el almuerzo cabeceando en esas rampas de mil demonios, y tras él y la subida al Cascallas, luego en el Torralba ataqué en la primera rampa con algo de rabia por lo mal que lo había pasado antes. Me acuerdo del grito de Alberto -"¿dónde vas, locooooooooooo?"-. Quedaban 13km de ascensión, más siete puertos, más unos 80km. Inconsciente... Diego salió a por mí y, como siempre me tiene comida la cabeza, me hizo sufrir. Mantuve la distancia pero no me dio ni un respiro en la parte alta donde hay un par de llanos. Sudé como un cochino por seguir delante, y lo conseguí, pero su venganza llegaría por partida doble.


Andy, bajando el Artea dirección Villamalur, donde un hombre mayor nos dijo que un día había estado en Valencia (¿?).


Andy aprovechó un pinchazo ajeno en el Artea para esperarnos arriba reponiendo fuerzas.

La primera venganza vino después de subir Alcúdia de Veo, en el descenso desde Aín a Eslida. Diego iba delante con Carlos y Andy. Parecía que hablaban mientras nos dejábamos caer antes de afrontar la penúltima subida del día -decimotercera antes del Marianet-, nos metimos en el túnel con la curva 'sacacorchos' y al salir a la luz me di cuenta de que Carlos y Diego habían atacado. Sabían perfectamente de mi miedo en las bajadas, y se lanzaron confabulados. ¡Cualquier sitio era bueno para un ataque! Andy salió a por ellos y los cazó e incluso dio algún relevo, mientras yo miraba a ver si Alberto me ayudaba o me quedaba en tierra de nadie.

Al final nos lanzamos Alberto y yo dándolo todo para enlazar, y a pie del penúltimo puerto -Eslida-, contactamos, jadeando y reventados. Con el plato puesto, Alberto siguió tirando con mucha fuerza y yo me puse a rueda mientras la carretera ya no miraba hacia abajo, sino todo lo contrario. Carlos y Diego se amarraron como lapas, mientras Andy desistía de una guerra en la que no se sentía con fuerzas de entrar después de los 150km que llevábamos en ese punto.

Subida a Eslida en la primera ascensión de la mañana, de las pocas que se hizo con calma y donde Andy se lanzó en la bajada a la vuelta, en busca del Marianet.

Al final el manzano se movió, y la continuación que me tocó hacer al apretón de Alberto acabó por desmembrar el grupo. Era cuestión de subir cada uno con lo que tuviera, con aquello ya como el rosario de la aurora. En la cima esperamos a Andy, que dijo que él seguía mientras algunos de nosotros meábamos. ¡Trampa! Andy lo tenía todo pensado. En el descenso se lanzó a sacar tiempo para afrontar el Marianet con garantías, y sólo nos dimos cuenta al ver que iba demasiado lejos para la lógica. Diego, Carlos y Alberto bajaron a fondo, pero yo no salvé bien el curveo del puerto y hasta que no hubo rectas no me atreví a forzar. Los veía a lo lejos pero no les recortaba. Creí ver que Alberto se descolgaba para esperarme, y entretanto empecé a ganar terreno. Cuando al final los cogí, Andy aún seguía unos metros por delante. Entonces vino el cruce para el inicio del decimocuarto y último puerto -el Marianet- y allí apreté los dientes y me fui a por Andy. Diego saltó a por mí pero no me cogió la rueda, cacé a Andy y le dije que yo le ponía el ritmo y él coronaría primero, pero no aguantó. Tuve que volver a irme porque Diego venía como un avión por detrás. Sufriendo y con las piernas a punto de reventarme, a plato, acabé coronando, y entonces de la rabia que me dio que me hubieran atacado bajando en los últimos descensos, en este del Marianet que nos llevaría a los coches decidí jugármela.


Carlos y Diego juntos y hablando poco antes de llegar a Aín... ¿será esta la prueba de la confabulación?

En aquella desenfrenada huida a ninguna parte, bajé piñones como un loco, cambié el ritmo y me lancé como un poseso curveando y con la boca abierta y el cuello doblado. Agarrado a la parte baja del manillar, miraba en cada curva hacia atrás. Diego estaba cerca. Sus largas piernas y cuerpo de rodador -pese a lo bien que sube, el condenado- me perseguían físicamente y en mi mente. Me iba a coger. Yo remaba y remaba pese a ser bajada, con el molinillo al límite de dar saltos sobre el sillín, intentando mantener la concentración para no irme barranco abajo. Al llegar al repecho de Alfondeguilla, pensé que me moría. Tuve que mantener el ritmo suicida o Diego me cazaría allí mismo, me levanté de la bici y braceé y remé y no sé qué más hice, pero aquel bicho tenía las de ganar. Me cazó poco antes de llegar a la rotonda de entrada a Vall d'Uixó, fin de trayecto de una salida que ya es mítica, con 175km en las piernas y 14 puertos. A esas horas de la tarde casi noche, nadie entendía cómo aún habíamos tenido fuerzas para permitirnos tanta batalla. Casi con el corazón en la garganta aún, nos reíamos de la salvajada mientras metíamos las bicis en los coches. Sabíamos que estábamos listos para la Quebrantahuesos. Lo que no podíamos ni imaginar era que, allí, los más de 35ºC convertirían aquella jornada en un sálvese quien pueda con los cuchillos bien guardados. Pero esa es otra historia.


Desde entonces, en cada descenso miro hacia atrás. Por si salta la liebre.

07 junio 2010

Hostias como panes

En mi primer triatlón en Gandia, hace cerca de cuatro años, temblaba como un tonto. El mar estaba picado y la organización buscó la alternativa del puerto. Allí, mar en calma, agua estancada. Aquello daba grima verlo: verde oscuro, manchas de aceite por aquí y por allá, bolsas de plástico... Pero con el neopreno calzado, con las pulsaciones acelerándose, con el sudor y los nervios, ya no había quien lo parara.

Sonó la bocina y saltamos todos al agua. Yo llevaba la cinta de las gafas por dentro del gorro, como me habían dicho los veteranos, para evitar que éstas saltasen al recibir los manotazos. Efectivamente, al dar la primera brazada ¡zas! hostiazo que me dieron en la cabeza. Acto seguido recibí otro izquierdazo en la espalda, y cuando estaba a punto de salvar la primera boya, alguien por detrás me cogió del pie, se autoimpulsó y me envió al fondo del mar, matarilerilerile.

Allí estaba yo, tragando agua con sabor a gasoil, oyendo el rugido de la zodiac que nos acompañaba, e intentando salir a la superficie entre aquella maraña de triatletas. Pensé que me ahogaba, y al salir me puse a nadar de espaldas para recuperarme, evitando los vómitos como pude. Abandoné aquel puerto inmundo y me subí a la bici. Me había olvidado ya de las hostias que, hacía poco, me habían dado en el agua, porque allí al pie del cañón estaban los míos animándome a recuperar posiciones.



Esto podría ser lo que siente un triatleta al entrar al agua con todos queriendo ganar posiciones.

04 junio 2010

La cala de les Rotes


Hay lugares de los que soy un enamorado. Uno de ellos es la cala de Les Rotes, en Dénia (Alicante). Allí la Pepa y yo vamos siempre que podemos, sobre todo cuando no hace excesivo calor ni excesivo frío, y entonces nos podemos meter en el agua con los neoprenos, tubos, gafas y aletas, y disfrutar de la vista de allá abajo. Lo repetimos la semana pasada.


En realidad, el agua estaba helada. La impresión, al principio, fue fuerte, pero después me acostumbré, aunque la Pepa duró un cuarto de hora por el frío que sentía en la cabeza. Yo al final me obligué a salir del agua, o en poco tiempo me convertiría en una peligrosa medusa.


De este lugar contaría muchas cosas, pero prefiero copiar aquí el texto que escribí en la contraportada de Superdeporte en septiembre del 2007, poco antes de irme a vivir a Andorra por trabajo, y sin ni siquiera intuir nada de eso. Eran tiempos en que las batallitas se publicaban en un medio de comunicación, para luego saltar a esta extraña blogosfera, de manera un poco más personal. Adjunto a continuación la foto del pdf de aquella página con mil detalles que no sé si se apreciarán. Especialmente cachonda me parece la foto del encabezamiento, la cual por cierto me la hizo la Pepa, siempre dispuesta a todo.


Aquí va el texto principal:

"Algunos se preguntarán por qué es ahora en septiembre cuando el menda este nos cuenta la batallita en la playa, si agosto ya es el pasado. Muy sencillo. En mi opinión, cuando mejor y más a gusto se está al lado del mar es en esos meses en los que el calor sigue apretando pero no está todo lleno de turistas. Y con perdón, pero el caso es que meterse en el agua con tu neopreno en septiembre, octubre y en los meses de marzo y abril, es un lujo que algunos intentamos valorar.
En la cala de Les Rotes, en Dénia, tenemos un marco espectacular para la práctica de un buceo que yo llamaré pasivo por aquello de que se limita a observar —curioso esto último en una persona cargada de dioptrías—. Nada de pescar, coger piedras del fondo del mar o arrancar la flora marina. Por favor. En un paraje protegido como este sólo se permite dejar vivir. Faltaría más. Y allí, hacerse el muerto boca abajo, oyendo tan sólo el ruido del mar y tu respiración pausada por el tubo, es lo más grande. Además, con la ayuda de las aletas, uno se puede sumergir compensando la presión del agua —existe una desigualdad entre nuestra presión interior y la exterior— y aletear como un pez entre rocas que, en ese paraje y en tantos otros, llenan de colores nuestro litoral. Pero todo esto incluye momentos de intensidad entre peces que no huyen despavoridos ante ti, sino que conviven, observándote de reojo, no te vengan las ganas de ir a por ellos, en cuyo caso lo más que puedes hacer es gozar aleteando detrás con una sonrisa de oreja a oreja. Y dejarlos marchar."



Añadiré, por último, un regalo que me hizo el otro día la Pepa en forma de texto, con motivo de la cala de Rotes y nuestra reciente visita:


"De vegades, la feina, les preocupacions, la família ens envaeixen el cap i no deixen lloc per què altres puguin donar oxígen al sobrepés que comporta el dia a dia i allò que ens té lligats a la realitat. Cal donar sempre una oportunitat per treure’s de sobre aquest plom que ennegreix la nostra existència. Trobar la llum de vegades sembla complicat i inclús d’altres impossible. Posar-se en contacte amb la natura i integrar-se en ella com un membre més, però d’aquells que no tenen problemes, és la millor solució. A les Rotes, una caleta molt especial, es troba part de la reserva marina de Dénia, bucejant entre tota la varietat dels peixos que allà hi ha et sents com un més. Aleshores ets lleuger. No només perquè estàs en la mar, sinó perquè aquell sobrepés desapareix per un moment. Llibertat, tranquil·litat i benestar són només algunes de les percepcions que et fan allunyar-te fins que no saps on te’n vas... és una d’aquelles coses que no es pot explicar."

03 junio 2010

Contador, antes del Tour


Contador, coronando el Col d'Aspin el pasado fin de semana.

Jacinto es el jefe de prensa de Alberto Contador. Gracias a él recibo en mi correo todo lo que hace el campéon del Tour, del Giro y de la Vuelta, y como el Tour está muy cerca, le envié el otro día un correo para solicitarle hacerme eco de sus comunicados en este blog. La respuesta fue afirmativa, con lo que aquí contaré lo que hace Contador, con imágenes en 'exclusiva' (¿?).


En plena ascensión al Tourmalet, con el equipo.

Como este año la ronda francesa no pasa por Andorra, no podré hacerle una nueva entrevista, pero sí se acercó el pasado fin de semana a los Pirineos franceses para inspeccionar los puertos que "decidirán", según él, la cita gala de este año. Contador estuvo acompañado por siete compañeros del equipo Astana, todos en la preselección para acompañarle en el próximo Tour: Fofonov, Tiralongo, Noval, Navarro, De la Fuente, Hernández y Pereiro.

Todos cumplieron con las cuatro etapas clave de la carrera, y además no estuvieron solos, porque para su sorpresa se encontraron en la cima del Tourmalet que por la otra cara subían los hermanos Andy y Frank Schleck, dos de sus máximos rivales por el mallot amarillo. Los dos luxemburgueses, que habían subido previamente el Soulor, le comentaron a Contador que L’Aubisque estaba cerrado al tráfico y, bromeando, se citaron en este mismo lugar para el próximo mes de julio. Ahí habrá unas bofetadas de escándalo.

Contador con los hermanos Schleck, en el encuentro que tuvieron entrenando en la cima del Tourmalet. Él venía de subir Aspin, ellos del Soulor.


Contador habla de las cuatro etapas que preparó: "La primera tiene el final en Ax 3 Domaines tras subir un puerto muy exigente, Palhieres; al día siguiente tendremos otros puerto muy duro al final, Bales, con la meta tras 20 kilómetros de descenso. En el tercer día aparecen puertos míticos como el Tourmalet y L’Aubisque, que pueden cascar mucho a la gente aunque la meta esté lejos. Y por último está el plato fuerte con el final en el Tourmalet, última oportunidad de victoria para los escaladores, aunque probablemente la general ya estará bastante clarificada”.

Contador, Aquarius en mano, en la cima del Bales.

Ahora Alberto correrá la Dauphiné Liberé y luego inspeccionará las etapas de los Alpes por las que pasará el Tour. Entonces, estará ya todo el pescado vendido.