27 febrero 2010

Tres días en Andorra

Siempre que hay visita, hay batalla. En este caso, pese al mal tiempo, hicimos buenas salidas. Probamos las raquetas, la nieve virgen, vimos el llac d'Engolasters congelado y gris, nevando, probamos la dureza del hielo y les dijimos adiós a las temidas cornisas. Xurro, Boli y yo hicimos lo que debimos. Disfrutar.

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25 febrero 2010

Sigo despertando

Ayer hice dos horas y cuarto con la de carretera. Por fin. No tuve buenas sensaciones porque no se pueden buscar cuando llevas poco entrenamiento, pero de entre todo noto que no estoy tan mal, que sí es cierto que en ciertos repechos me atrancaba, que el plato grande me pesaba, pero hice tramos con interesante movilidad de piernas, buena cadencia pese a la paella, y una respiración controlada y en ocasiones justas fatigada.

Todo normal a las alturas que estamos. Hice una pequeña subida en la que sí tuve que quitar el plato por culpa del viento en contra, pero lo demás fue el sube y baja habitual, con el añadido del estado de la carretera, no sólo bacheada sino literalmente reventada por las obras de ampliación hasta la Seu d'Urgell. Un desastre y un peligro mucho mayor del que ya es esa vía, pero la única opción.

Sigo despertando. La semana ha incluido gimnasio lunes, el martes natación (1.750 metros), el miércoles los 60 kilómetros en dos horas y cuarto, y hoy descanso. Mañana bici o una hora de rodillo, sábado lo mismo, y domingo salida, si puede ser, larga. El lunes estaré en Valencia toda la semana. Y entonces espero que dé un saltito en una semana que será felizmente dura para mis piernas.

22 febrero 2010

Semana antológica

La semana pasada ha sido un escándalo. Lunes una hora de bici estática, martes, miércoles y jueves, cinco horas cada día de esquí, viernes salida monumental de bicicleta de montaña por el Pirineo, por las montañas de la Seu d'Urgell y la Serra del Cadí y su parque natural Cadí-Moixeró.




La salida de btt solo fueron 36 kilómetros y unos 900 metros de desnivel, pero muy atractivos. Primero el paseo plano de cinco kilómetros, perfectos para calentar, por la pista paralela al rio Segre, desde La Seu d'Urgell hasta Alàs, donde enfilamos una recta hacia arriba para meternos en el pueblo, llenar algo de agua y encaramarnos por el puerto que sale de Alàs dirección a la ermita de Santa Maria de les Peces.


Paco y Rafa en Santa Maria de les Peces.

De allí se sigue subiendo dirección Vilanova de Banat, un pueblo encantador bajo el risco del Cadí, amenazador siempre allà en lo alto, y más en estas fechas en que el blanco de la nieve lo llena entre sus rocas. Para llegar a Vilanova salimos de la pista y cogemos un tramo muy corto de carretera, tan mal asfaltada que se confunde con la pista. Antes de salir al asfalto rugoso, unas vacas en el medio del camino y toda la mierda que ello conlleva nos hacen remar sufriendo... sufriendo por no poner el pie en el suelo entre ese palmo de moñigas que las ruedas, inevitablemente, sí sufrieron.


Paco, en la entrada a Vilanova de Banat


Rafa, a medio camino de una dura pista, tomando algo de aire.

En Vilanova dimos la vuelta al pueblo, llenamos agua y enfilamos por las pistas nevadas, ahora sí, y que ya nos acompañarían hasta el descenso, más allá de la zona más alta, Lletó, a unos 1.500 metros.

Algunas miradas al mapa, un pinchazo y más de un resbalón y más para arriba y sin fin. La ascensión se hizo larga y pesada porque al final la nieve impidió la circulación, y tuvimos que arrastrar las bicis un par de kilómetros. Al final, coronamos, vimos Lletó (una casa, dos a lo sumo, y derruida), y hacia abajo por encima de una capa de nieve que estaba por encima de una capa de hielo, con lo cual tuvimos que descender con las manos en los frenos, un pie en la cala y otro fuera pendiente de tocar suelo en seguida que se detectara una falta de agarre, lo cual pasó varias veces. Al final una caída para cada uno, sin más consecuencias que contusiones con el hielo en las caderas, y llegada a la Seu sin más dolor que el frío en los dedos, que dejó algunas manos como trozos de madera inertes.


Dani y Rafa, consultando el mapa.

Salida antológica donde las hubiera, no sólo para repetir, sino que ha provocado en mí el despertar definitivo en esta pretemporada invernal tan larga y preocupante, lo que viene a significar que el mapa de pistas que obtuvimos para saber por dónde ir, habrá que investigarlo a fondo. Y hay más de treinta rutas diferentes.


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16 febrero 2010

Perico, su dignidad ciclista y la de todos

Me ha costado bastante poder colgar este video (hasta he enviado un correo a la web de Perico...). Es Perico explicando por qué se va del Consejo Superior de Tráfico. En pocas palabras, falta conciencia ciclista y está harto. Es sincero como siempre lo ha sido. Como en demasiadas ocasiones, los ciclistas estamos más solos que la una. Tan triste y tan cierto.



El video me ha hecho pensar en volver a hacer el Andorra-Valencia, pero al revés.

15 febrero 2010

Buscando alternativas



No hay nada como el frío, como ese viento helado que te estira la piel de la cara, como esa sensación de tener petrificados los dedos de los pies, o esa otra en la que las manos no sienten el manillar. Todo eso queda mucho mejor si además nos llueve, o tal vez con suerte nos nieve, y así seremos un pequeño cubito de hielo, con un poco de insistencia, por las carreteras. Tan majos.

Como el patio está que arde -ojo a la estúpida broma-, hay que buscar alternativas, y entre ellas siempre queda el gimnasio. Pero no es el menda un tipo de cuatro paredes, y aunque sea mirando a lontananza y bajo el inmenso cielo, hay que encontrar la solución. Un rodillo y un mp3, y un saco de paciencia como de aquí a Lima, y entonces podemos pensar, que tal vez después de una hora, hayamos sudado algo. Aunque sea en las partes nobles.

11 febrero 2010

Diving Andorra: Bajo el hielo y sin frío, ¿puede ser?



Con el traje seco, los plomos, la botella de aire y el andar de un pato mareado con dos copas de más, parecemos una especie de astronautas a punto de subir a uno de aquellos transbordadores de la NASA. Adiós, querida Tierra, adiós. La diferencia es que nosotros, con aquellas pintas, no íbamos a volar, sino todo lo contrario. Nos dirigíamos al agua de la Balsa de la Canaleta, a 2.000 metros de altitud, en el mismo borde de la pista que lleva ese nombre del sector de Arcalís. ¿Están preparados? Nosotros no lo estábamos, pero ni lo sabíamos ni nos hacía falta saberlo. El secreto, simplemente, es dejarse llevar.


Lydia, Rafa, Sara e Iván, antes de entrar al agua bien embozados.

Raúl Baró y Héctor Encuentra son los dos monitores e ideólogos del Diving Andorra, una idea que será en el futuro, sin duda, una atracción fija en las pistas de esquí durante el invierno, como lo será en verano en unos lagos andorranos no exentos de vida, luz y espectacularidad. Para ser sincero, lo cierto es que desde el pasado verano ya se hacen inmersiones, y desde la Navidad pasada se ha puesto en marcha la versión invernal, bajo el hielo y con un agua que hiela la sangre. Desde que les otorgaron el premio Innovadores del 2008, la empresa trabaja para mejorar, y poco a poco lo hace. La experiencia que ofrecen no hay palabras para describirla, por mucho que lo intentemos aquí. Probemos.


Las sonrisas son nerviosas. A la izquierda, Rafa, a la derecha, Iván.

Iván y el que escribe –Rafa, para presentarnos- acudimos a Arcalís habiendo dormido un poco nerviosos por la novedad, y con los esquís y la tabla de snow al hombro. Nadie diría que haríamos el diving. En el telesilla sólo hablábamos del frío, si tendríamos o no allà abajo. Incertidumbre y dudas que al bajar la pista de la Canaleta y pararnos en un lado a la entrada de la Balsa huyeron de la cabeza. Es el momento en que empiezas a dejarte llevar por los que saben. Ves la nieve y el hielo en la balsa y no los quieres ver, y entonces dejas los esquís y la tabla de snow, entras a la caseta de recepción y allá Raúl, Héctor y sus compañeros se afanan con los tubos, las botellas, los trajes secos y la documentación necesaria para todos. Detalles: no tienes que tener problemas de claustrofobia, ni respiratorios, ni cosas parecidas que puedan hacer encender las alarmas bajo el agua.


Rafa espera su turno mientras Iván se moja la cara.

El personal del diving explica el procedimiento: «Os pondréis el traje seco encima de la ropa de esquí, sin problemas, los calcetines por encima de los pantalones, la chaqueta no os hará falta –¿cómo?–, el traje tiene dos válvulas, una para que le entre aire al traje y así subir, y otra para expulsarlo y así bajar; es muy fácil, no hay ningún riesgo, se respira por aquí, ¿veis?, sin problemas». Perfecto, pero: «¿Y el frío?», preguntamos todos a una. Y aquí pasa lo que pasa cuando un monitor sabe que los que tiene delante están temblando de miedo: sonrisas pícaras. «¿Frío? No se nota, hay gente que dice que un poco en las manos, pero tranquilos». «¿Y nos entrará agua?», segunda pregunta a una sola voz, y respuesta tranquilizadora: «De momento a nadie le ha entrado». Suspiros con risas nerviosas.


Uno de los monitores, boca abajo con los pies en el hielo de arriba.

Andando como astronautas hacia la nave, nos sentamos en el hielo con los pies en el agua. Uno a uno nos sumergimos. Primero nos tenemos que mojar la cara –¡primera sorpresa!–, y Raúl sonríe diciendo que el agua sólo está a tres bajo cero. La sensación es soportable, nos ponemos las gafas de buceo y Raúl comprueba que no entra agua por ningún lado, y entonces hacia abajo. Allá el espectáculo. El sonido de la propia respiración con la botella le da un aire mágico a la escena. Luz que lucha por atravesar el hielo y colarse dentro del agua, una oscuridad al fondo –11 metros de profundidad– alucinante, y una placa de hielo encima que te apaga la risa. Allí Raúl, que continuamente nos dice por gestos si todo va bien, se pone boca abajo con los pies y las aletas en el hielo. Todos lo imitamos. Mientras intento el movimiento de voltearme, pienso si la sangre bajará demasiado rápido a la cabeza. Nada de esto pasa porque estás en otro planeta, viendo a tus compañeros alucinando como tú. Entonces nos volvemos a mover hacia uno de los agujeros de los tres que hay en el lago. La nieve y una pequeña capa de hielo lo cubre todo, pero con la cabeza y un poco de impulso lo atravesamos: «Esto sí es romper el hielo», bromea Raúl. De nuevo bajo el agua y el hielo, los 20 minutos que dura la expedición se consumen, y entre piruetas aquí y allá vamos hacia la salida. Sonrisas llenas nada más sacar la cabeza del agua y ver el cielo azul y el sol allí arriba, y comentarios de todo tipo, todos de emoción y de buena experiencia. Entonces volvemos a la caseta para cambiarnos, y descubrimos, debajo del traje seco, nuestra ropa de esquiar intacta. Ni gota de agua. ¿Cómo puede ser? Pues puede ser. Y si no, pruébenlo.


Iván, con un sonrisón al salir del agua.


El reportaje, publicado en El Periòdic d'Andorra.

08 febrero 2010

Los primeros pasos

El baúl de los recuerdos me ha dado algunas alegrías. Me he encontrado muchos de los mallots que he usado desde que empecé con el pedaleo.

El primero es este de abajo, de 1990, gentileza de mis padres que decidieron apoyar una afición que, aún de cierto riesgo, permitía que su 'movidito' niño expulsara toda la energía que tenía acumulada. Con él empecé y, en verdad, está como nuevo porque como me enganché en seguida a esta afición, acabé entrando en una Peña y la equipación fue nueva.



El que sigue es el siguiente mallot en el tiempo, el de la Penya Ciclista Alboraia, el que llevé durante la única época en que competí, en infantiles de segundo año, aunque mi nivel no era el suficiente como para seguir luego en cadetes en ningún otro club, porque el de Alboraia no tenía base en esas categorias. En carrera nos llamaban Paco a todos, "Paco, por la izquierda", "Paco, pasa", "Paco, que voy"... la publicidad que llevábamos tenía su gracia. La sede del club, entonces, estaba en la misma horchatería que, hoy, no sé si existe. Lo comprobaré.



La Penya de Alboraia dejó de recibir el patrocinio de la horchatería, y entonces voló la publicidad y el diseño cambió por completo. Tanto cambió que la prenda resultó una imitación de la de un equipo profesional de la época, el Artiach. La A de Artiach era entonces la A de Alboraia. Con este mallot puse fin a mi época más juvenil con la bici, para luego irme con los de la Universidad Politécnica de Valencia, pero esto es otra historia. El mallot de la A continúa hoy en día y de vez en cuando se ve a los chuferos rodando por las carreteras valencianas.



Este último mallot lo dejé de vestir en coincidencia con una entrevista que le hice a Claudio Chiapucci, el Diablo que le dio guerra a Miguel Indurain en sus años dorados. Le pedí que me lo firmara y entonces lo guardé para siempre. Lo mismo pasó con el casco donde firmó "El Diablo".



Fue al menos una década de ciclismo, la de los 90, en la que me enganché para siempre a este deporte, como se engancharon otros como Luis Vives, en una proceso que aún hoy continua. Hace meses que no salgo con él, y en el próximo viaje a Valencia será una de las cosas primordiales que haré. No para recordar viejos tiempos, sino para seguir con los actuales, en ese café de tres horas que nos gusta tomarnos por la tarde sentados en nuestras bicis camino del Oronet.

04 febrero 2010

Nápoles subterránea



(Esta entrada es la entrada de fotos feas, pero bajo tierra, con escasa luz y menos conocimientos de fotografía, así que el resultado son instantáneas con valor físico, y ninguno fotográfico)

Nápoles tiene una especie de ciudad subterránea que por lo visto es muy grande y de la cual te muestran un poco, pero que no es poco porque son unas dos horas de paseo. En realidad, son túneles, aljibes, acueductos, cámaras de comida, recintos muy abiertos y pasadizos estrechos y claustrofóbicos por los que antaño los griegos empezaron a sacar provecho del subsuelo (minerales y agua, principalmente), que los romanos heredaron y que luego los napolitanos ocuparon cuando en la Segunda Guerra Mundial se producían los ataques aéreos de los aliados.





En realidad, lo que pueda decir de este subsuelo no es mucho porque el guía hablaba italiano y a cien por hora, y de lo que pillamos al vuelo dedujimos: que los griegos idearon unos aljibes para almacenar un agua que sacaban al exterior por un sistema de poleas y pozos; que buscaban entre las rocas minerales; que allá moría mucha gente por problemas respiratorios por estar demasiado tiempo respirando una humedad tan alta; que unas monjas tenían una entrada desde el exterior, en concreto desde una de sus capillas de una iglesia de la superficie, y accedían a una especie de almacen de medicinas que tenían en aquel agujero con estanterías y vitrinas talladas en la roca...;





... que en la Segunda Guerra Mundial se daban de leches para bajar allí y así evitar los bombardeos, y que se creaba una auténtica comunidad de vecinos en los que el orden era clave para sobrevivir; que para acceder al aljibe más grande, y ciertamente espectacular, antiguamente una persona pasaba por un pasadizo tan estrecho que tan sólo podía ir de perfil como un egipcio en una pintura y con un cirio en la mano, sin mirar hacia arriba para evitar la sensación de claustrofobia que provoca tener pared en la nariz y en el cogote, no tener movilidad alguna más que en linea recta, y que la grieta por la que intentas andar tenga tanta altura que no se perciba ni el techo; que un acueducto conectase diferentes zonas de la ciudad para llevar el agua; y que, a modo de anécdota, se cuenta la historia de un galán, un casanova con cuyo nombre no nos quedamos, que se agenciaba a diversas vecinas de palacios distintos unidos por una serie de pasadizos subterráneos de compleja orientación.







Así es que esta es una de las Nápoles que también hay que visitar, porque sentir aquel subsuelo también es parte de su historia, y te permite acercarte, aunque sea un pelín, a diferentes civilizaciones, con muy diferentes avances técnicos. Desde los griegos, hasta ahora.

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02 febrero 2010

Los Picos de Europa y el miedo

Hará más de tres años conocí los Picos de Europa. Fueron dos días de travesía en los que la noche en la montaña la pasamos en el refugio Julián Delgado Úbeda (1.960 metros) que se encuentra en la base del Naranjo de Bulnes o Picu Urriellu (2.519 metros). Fueron dos días espectaculares con una compañía inolvidable pero en los que hubo momentos de incertidumbre, por no decir miedo.

Anduvimos durante toda la mañana haciendo una ruta circular con punto de salida en Poncebos, si no recuerdo mal, superando primero los cuatro kilómetros de la senda del canal del Teixu. Cuatro kilómetros de desfiladero con vegetación y fauna variada -allá dos cabras en medio de la senda nos obligaron a parar mientras lidiaban una bonita y cornuda contienda- que permiten disfrutar de la naturaleza y ahorrarte el sablazo de 18 euros que cuesta cruzar el paso por debajo de la montaña en el funicular.

Subimos unos collados cuyo nombre no recuerdo, y a la hora de comer alcanzamos un refugio abajo de un cerro, del cual tampoco recuerdo el nombre (pido ayuda a quienes fueron si leen esto para que aporten datos), donde descansamos. Seguíamos buenas indicaciones pero el reloj empezaba a apremiar, así es que reanudamos la marcha en busca del refugio del Naranjo de Bulnes.

Sin embargo y pese al sol que nos acompañó durante todo el día, la niebla de la tarde que allá, según he leido, siempre surge, se cruzó en nuestro camino, y de repente perdimos la senda. Con mapa en la mano el Segoviano se afanaba en resolver la situación poniendo todos a una nuestro sentido de la orientación, y entonces iniciamos un descenso peligroso que afectó a algunos más que otros.


Anais, al fondo, esperaba con ánimos al final de la grieta; detrás, abajo, la nube, y más allá, nada.

Amparo y yo tuvimos miedo. Recuerdo cómo me temblaban las piernas al bajar entre dos rocas con el culo en el suelo y agarrándome a todo lo que podía. Recuerdo cómo al salir de aquel paso nos encontramos una nube en los pies, tan espesa que no permitía ver lo que había abajo, y entonces la imaginación que juega muy malas pasadas me obligó a ver allá diferentes opciones: un acantilado, una piedra suelta, el vacío... Tal vez no había aquello y nunca lo sabré, pero el miedo a las alturas me vino de golpe y el pecho se me cerraba. Óscar, Anne, Anais y José el Segoviano nos estuvieron ayudando para superar el mal trago, y finalmente salimos de allí a una senda intermitente pero segura que seguía la falda de la montaña sin grandes desniveles.


Bajando con el culo prieto y el corazón al límite.

Aquello acabó con una parada de estudio de la situación, si había que ir hacia aquí o hacia allá, mapa en ristre, y entonces la suerte y la intuición de algunos nos vino a salvar y, al borde de entrar en un peligroso atardecer en medio de la nada de los Picos, apareció entre las sombras un majestuoso peñasco, alto e inmenso que subía y subía rajando las nubes y mostrando, a sus pies, el refugio del Naranjo de Bulnes, salvador, y lleno de sopa caliente y comida para seis compañeros que, hacía unas pocas horas, estuvieron rozando los límites.


El refugio J.D. Úbeda, en la misma falda del Picu Urriellu. (Foto:http://www.webcampista.com)

01 febrero 2010

Invictus inmortal

Invictus. Un llamamiento al poder de las personas, al amor y la amistad, a la convivencia, a los sentidos que pululan entre nosotros, al querer es poder. Invictus. Un ejemplo de película que será un clásico, imprescindible en una casa, por su dosis de historia y de humanidad, por su nobleza. Invictus. Un Morgan Freeman tan creíble que algunos nos sorprendemos al ver fotos del Mandela real, ¿quién es quién?, un Matt Damon bravísimo, unas imágenes de escándalo, una narrativa fílmica de diez, unos planazos que te mueres, una fuerza de la imagen que se te corta la meada. Invictus. Un Clint Eastwood que como premio a su carrera debería recibir la salvación eterna, el don de la inmortalidad, ¡no te mueras nunca! Sigue haciéndonos pasar horas de placer en un cine y que te concedan el exilir de la eterna juventud. Por favor, Clint. Cuantas pelis te queden por hacer, allí estaré.