16 diciembre 2009

Ya no tengo 20 años

Se me ha estropeado la semana de vacaciones. Estoy en Valencia y tenía pensado hacer muchas cosas para recuperar lo que me falta: motivación. Pero nada podrá ser.

Tenía pensado salir en bici hacia el Oronet para recuperar sensaciones y demostrarle a Raúl -http://raulbiciaction.blogspot.com- que estoy en horas bajas, y a mí que no me siento capaz de bajar de 7h 30min en la Quebrantahuesos, prueba por cierto en la que me han confirmado la inscripción y en la que tendré que acudir aunque sólo sea para quitarme los miedos que cada vez afloran más. También pensé en hacer una salida de bici de montaña con La Penya de Ontinyent para recuperarlos a ellos como esos amigos que son. Pensé en salir a correr con Luis para notar que la rodilla mejora después de dos semanas de sesiones de recuperación. Medité en la posibilidad de apuntarme a una carrerita de bici preciosa y espectacular que se hace este próximo domingo en Parcent con cronoescalada al Coll de Rates incluida -la misma ruta que hice hace poco para ir de Valencia a Altea- y que hubiese sido la guinda a meterme de nuevo en el mundo batallero. Pero todo esto hoy no vale para nada.

Lunes y martes estuve esquiando con Paquito en Andorra. El lunes todo fue bien pese al intensísimo frío, y el martes pese a que el día transcurrió mejor aún, en la última bajada vino el desastre. Había un saltito en una pista negra a alta velocidad y me dije "prueba", y el resultado es que no tengo 20 años y el cuerpo no responde a estímulos adversos con buena adaptación y predisponibilidad, como antaño ocurría, y lo que tenía que haber sido un salto mal hecho y una caída bien solventada fue un salto mal hecho y una caída muy dolorosa. El golpe fue directo al hombro derecho, el cual hoy está un poco mejor que ayer y espero que peor que mañana, pero hinchado, agarrotado, sensible y muy dolorido, y aun tengo que dar gracias que no se salió el hueso del sitio, cosa que creo noté con un chascido infernal cuando, después de recuperar los esquís perdidos por la pista y un poco el sentido, hice movimientos de probatura para ver el alcance del golpe en el hombro.

Así es que la semana motivacional se ha ido a tomar viento, porque ya no tengo 20 años. Por favor, que acabe ya este 2009 absolutamente infernal.

11 diciembre 2009

La misma cima, siempre diferente


Cada cima de un puerto tiene su aquel. No hay ninguna igual como no hay ninguna que sea de la misma forma ni transmita lo mismo que la última vez que la coronaste. Un árbol seco que antes no lo estaba, una vaca descansando unos metros más allá, una cabra tintineando el cencerro, otro ciclista o varios acabados de llegar, una caravana aparcada, o simplemente las nubes o el cielo raso dan a cada cima y a cada ascensión un aire diferente.

El Tourmalet es tan mágico que cada vez que lo subes es como estar en un sitio nuevo. La primera vez que lo coroné, si no recuerdo mal en el 2004, hizo un día de sol y poco frío. Era septiembre, vi llamas a dos kilómetros de la cima y pensé que me estaba volviendo loco. Llegué reventado pero por mi cara en la imagen se diría que no sufrí. Aquello era sólo la satisfacción de haber coronado el santuario del ciclismo mundial, porque el dolor iba por dentro. La cima estaba semidesierta, con algún turista que hacía fotos al paisaje y a la estatua del ciclista. Un señor con sus 60 años a cuestas coronaba también por el otro lado, con un tercer plato, pero debía de ser lugareño, porque llegó, se dio la vuelta, metió plato grande y se fue para abajo. Como cuando los valencianos llegamos al Oronet como si tal cosa.



El mes de julio siguiente, ya en 2005, fui con Luis. Llegué de nuevo muerto, cuando a un kilómetro de coronar me dio el pajarón y tuve que parar, y me retorcí para llegar. Aquel día la imagen era gris, fría, lluviosa, y aquello estaba lleno de ciclistas como nosotros. Yo me senté en el suelo al lado de la bici, absolutamente vacío, y quise sentir de cerca a los aficionados que allí estaban también admirando la cima y el poco paisaje que se reconocía entre las espesas nubes de allá abajo.





















En el 2007 volví en primavera, con Óscar, José, Anne, Anais y Pepa, que nos acompañó con el coche. La cima en aquella ocasión estaba cinco kilómetros antes, en La Mongie, porque las pistas de esquí invadían aún la carretera. Decir que hacía frío, así simplemente, es decir poco. Era la zona del párquing justo después de los apartamentos de la estación, justo donde empieza el tramo final desierto de vegetación, en aquel día nieve y territorio de esquiadores. Recuerdo mirar a la ladera del otro lado, donde el sol iba y venía tanto como las nubes lo tapaban, y recuerdo la sensación confortable con la presencia del calor solar, y el frío excesivo cuando éste se marchaba.



En el 2008 repetí con Óscar, pero por la otra ladera. El ambiente, si bien en la subida fue de sol y calor, en la cima fue de intenso frío. Fue coronar y darnos la vuelta, porque unas nubes grises que venían del otro lado subían a toda prisa, y el miedo a mojarnos y pelarnos de frío, en pleno julio, nos invadió. Estaba también lleno de ciclistas porque eran fechas de Tour.



Otro ejemplo es el Col d'Aspin. La primera vez que lo subí fue en 2005 con Luis. Fue el mismo día del Tourmalet, y sufrimos pero llegamos y pusimos la mejor cara que pudimos. Ambiente gélido y gris, con alguna cabra y alguna vaca y una caravana que debió de pasar allí la noche.



La segunda vez que lo coroné fue uno o dos días después, también con Luis, pero él esta vez llevando el coche. Aquella jornada, curioso, fue de sol y calorcito, con una cima luminosa en la que se respiraba un aire puro que llenaba los pulmones. Más de diez vacas pastaban a sus anchas por allí.



La siguiente ocasión en que subí el Col d'Aspin fue con Óscar, José, Anais, Anne y Pepa con el coche, y estaba tan roto por el pique que tuvimos subiendo que no recuerdo mucho de aquel momento en el que sólo deseaba enfilar hacia abajo, meterme en el coche, ducharme y descansar.



















Uf, estoy tan cansado...

07 diciembre 2009

Essaouira, músicas del mundo, mezcla de todo

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Si llegas a una ciudad desconocida en un país desconocido y te encuentras un festival de música, es una grata sorpresa. Si todo el montaje es por el Festival Gnaoua Músicas del Mundo -www.festival-gnaoua.net-, la sorpresa es mayúscula, porque durante años puedes buscar por infinitas tiendas músicas diferentes, tribales o no, teniendo o no la misma idea que yo, es decir nula, y entonces ante tus ojos y, lo que es mejor, alrededor de tus oídos, se abre un mundo nuevo que gozas como lo que eres, un auténtico analfabeto musical pero dispuesto a bailar y sentir. Saborear.


Puesto de venta de carne.

Essaouira, blanca y sucia, coqueta sobre todo, nos dio una alegría. Supimos de la existencia de este festival cuando en el taxi colectivo, furgoneta sin permisos al uso, todo sea dicho, un francés, un alemán, un japonés y un inglés (y no es un chiste) nos contaron que iban a esa ciudad costera expresamente al certamen. “Vengo cada año”, dijo el francés. Ninguno de los cuatro tuvo nombre para nosotros, pero cada uno de ellos era el estereotipo de su país, como seguramente nosotros lo éramos del nuestro.


Por la calle principal de Essaouira.

El francés. Entre 35 y 40 años. Bajito, moreno, cara de inteligente y culto, un intelectual que conocía todos y cada uno de los grupos, cantantes y bandas del festival. Hablaba francés, alemán e inglés.

El alemán. Entre 35 y 40 años. Alto, rubio, ojos azules. Rompía el cánon alemán con un gracejo de andaluz con todo el mundo y por sus sandalias ¡sin! calcetines. Una sonrisa curtida y trabajada. Hablaba alemán e inglés.

El japonés. Entre 20 y 25 años. El moderno japonés, gafas de sol de cristales naranja, pelo moreno liso, largo y moño cuidado de samurai, ropa ancha como ‘dejada’ pero cara, bolso cruzado, sandalias, auriculares y autista con los demás. Hablaba (poco) japonés e inglés.

El inglés. Entre 25 y 30 años. Blanco nuclear, castaño tirando a rubio, pantalón vaquero, camiseta y bolsa de viaje. Sin gracia ni donde encontrarla. Sólo yo le superaba en soso a la vista de los demás. Hablaba inglés y asumía que todos lo hablaban, como manda la tradición anglosajona.

Pepa y Rafa. Entre 30 y 35 años. Estatura mediana, morenos de piel, cejas pobladas y oscuras, ojos profundos y duros, pelo negro, habla estruendosa. Serios y comentaristas de todo. Inspectores de los demás. Idiomas: castellano, catalán y chapurreaban el inglés y el alemán (este menos incluso).

El conductor marroquí. Morenazo, bigote fiel, pelo negro y rizado, cara curtida, manos hinchadas. Labia indescriptible en ningún idioma y en todos. Un maestro del lenguaje internacional y un conductor pésimo, por no decir suicida. El cláxon como aliado.


Los hombres a un lado.


Las mujeres al otro.







El iluminado que suscribe, en la muralla de la ciudad, con el mar y el sol a la espalda.

04 diciembre 2009

Hacer cuerpo con el sofá

He tenido unos días libres, y me siento tan identificado con esta viñeta de Forges que no puedo evitar colgarla aquí. Más o menos, me he pasado unos días tal que así. De hecho, creo que fue el miércoles que ni siquiera salí de casa. Así no voy ni 'palante' ni 'patrás'.

03 diciembre 2009

Visita a Valencia de la familia andorrana

Con esto de que nuestra familia anda por el sur, en nuestro refugio del norte la familia son los compañeros. Algunos de ellos visitaron Valencia durante unos días justo una semana en que la Pepa y yo estábamos por la capital valenciana. Así es que les hicimos de guía en algunos momentos, y pasamos unos buenos ratos.

Laia, Enric y Sílvia creo que disfrutaron de lo lindo el día en que se nos ocurrió que la mejor manera de enseñarles toda la ciudad era alquilando unas bicicletas. Como fotos hay muchas muchísimas, pues en un video con una música se puede ver una recopilación. Lástima que el programa de edición no me lea los videos que filmó Sílvia, porque le hubieran dado un color especial al producto final.

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02 diciembre 2009

La curva diabólica de Reverte

Me gusta el estilo bestia de Arturo Pérez-Reverte. Qué le voy a hacer. Esta semana ha publicado un texto que me ha hecho gracia, no por su mala leche, que aquí no la hay tanta, sino por su descripción del hecho, en el cual más de uno nos hemos visto alguna que otra vez. Práctico, sutil. Este tío es un genio. Y punto. Tengo siempre en mente una frase suya: “La literatura se hace leyendo y escribiendo. Eso del sufrimiento creativo me suena a chino; me divierte escribir, si no no lo haría”. Intento cumplirlo a rajatabla.

Aquí va:

"La curva diabólica"



"Hace unos meses me calzaron una multa. Tomé a 123 kilómetros por hora, en la autovía de Madrid a Sevilla, una curva suave con velocidad limitada a 100. La pagué sin rechistar, aunque esa curva era imposible tomarla a la velocidad indicada. Iba yo a mi marcha normal, en una recta, atento a que la aguja del velocímetro no superase los 120 kilómetros por hora; y de pronto, mientras adelantaba a otro coche, me encontré con el inesperado cartel de todo a cien. Mientras intentaba reaccionar ante la señal imprevista, miraba por el retrovisor, concluía el adelantamiento y regresaba al carril derecho, un radar oculto me hizo la foto. Pagué, como digo, sin darle más vueltas; aunque preguntándome a qué hijo de la gran puta de la Dirección General de Tráfico se le había ocurrido poner una limitación de 100 kilómetros por hora y un radar oculto en un lugar donde maldita la falta que hace, y donde hasta los más correctos conductores tienen difícil reducir de pronto veinte kilómetros la velocidad sin dar un frenazo. Recuerdo que antes había –todavía queda alguna, aunque pocas– señales cuadradas, azules, recomendando reducir la velocidad en algunos tramos. Pero no es lo mismo, claro. Con recomendaciones no se expolia al ciudadano. No se recauda viruta.



En mi siguiente viaje a Andalucía, hace una semana, decidí respetar escrupulosamente cada señal que se pusiera a tiro: autopistas a 120, curvas de autovía a 80 y demás parafernalia limitadora. Y ya se lo pueden imaginar: mientras por mi lado pasaban zumbando coches abonados al carril izquierdo, con una seguridad pasmosa, basada, supongo, en los Gepetos, o como se llamen, que te chivan «radar en curva tal, limitación en tramo cual, puticlub en vía de servicio», yo iba como un gilipollas, despacito, doliéndome los ojos de mirar el velocímetro. Más atento a la aguja que a la carretera. Si llega a verme la Guardia Civil, me paran a fin de besarme en la boca. Con lengua.



Entonces llegué a la curva diabólica. No era la misma de la multa, aunque se parecía. Esta vez, el funcionario encargado de trabajar el asunto había echado el resto, esmerándose hasta extremos maquiavélicos. Ni mi amigo el Gringo, que montaba emboscadas en Nicaragua con astutas combinaciones de minas Claymore, ametralladoras y fuego cruzado, tenía la mitad del talento que este profesor Moriarty del tráfico por carretera. Primero, al final de una larga recta de la autovía, una señal de limitación a 100 y un aviso de radar obligaban a reducir la velocidad en una curva suave, a cuya salida, en otra larguísima recta, no había ninguna señal de retorno a los 120. Eso obligaba a rodar durante un buen tramo con la incertidumbre de si podías acelerar un poco, o no. Al fin, a los dos tercios de la recta, aparecía el 120. Y justo cuando pisabas acelerador para ponerte a esa velocidad, ante una curva en forma de suave doble ese, una limitación a 100 te hacía frenar de nuevo. Así lo hice. Y lie una pajarraca de cojón de pato.


A ver si me explico. La señal la vi mientras adelantaba a un enorme camión trailer, que rodaba a unos cuarenta metros de otro que lo precedía. Consciente de que si continuaba rebasaría la velocidad permitida, me pasé al carril derecho, entre los dos camiones. Pero éstos no circulaban a 100 kilómetros por hora, sino a más. En un instante tuve un pavoroso y descomunal radiador pegado a la chepa. Incómodo con mi maniobra de conductor ejemplar, el camionero me dio las luces, tocó el claxon y, supongo, mentó a mi madre. Angustiado, asomé un poco a ver si podía, con un acelerón intrépido, adelantar al camión que tenía delante y salir de aquella trampa saducea. Entonces, entre curva y curva, mientras pasaban coches zumbando por mi izquierda sin hacer caso de mi intermitente, vi una señal de limitación a 90. A todo esto, el gigantesco radiador de atrás me desbordaba el retrovisor: lo tenía a un palmo. De perdidos al río, dije. Aceleré adelantando al camión de delante, la aguja subió a 130, y en ese momento vi otra señal de limitación de velocidad, ésta de 80 kilómetros por hora. Frené, ya en el carril izquierdo, poniéndome a 90; y el camión de atrás, que había iniciado la maniobra de adelantarme, soltó otro bocinazo. A esas alturas de la vida ya me daba todo igual, así que pisé hasta 140, me puse delante del primer trailer y frené para reducir hasta 100. El claxon de ese camión hizo vibrar mis cristales. Me hallaba, comprobé cuando al fin levanté los ojos del velocímetro y dejé de mirar el retrovisor, en una sucesión de curvas suaves, pero no tenía ni puta idea de cuál era la velocidad correcta allí: si 80 o 120. Me puse a 90, por si las moscas. Entonces los dos camiones me adelantaron, uno tras otro, y tras ellos la fila de coches que la maniobra había amontonado detrás. Algunos conductores se volvían a mirarme. Ciscándose, imagino, en todos mis muertos.

Ignoro si los picoletos estarían cerca, haciendo fotos o grabándome. De ser así, sugiero colgarlo en Youtube, e ir a medias. Nos íbamos a forrar".

Pues ya está. Por cierto, que lo de mirar por el retrovisor me ha recordado a esto:

30 noviembre 2009

Globerada de otoño


Volvamos a la realidad batallera, que pasa por malos momentos. Momentos, pues, de globeradas. El frío me afecta y abro el cajón de ropa deportiva y me da un no sé qué. Pero como no puedo estar parado, al menos intento hacer algo, por poco que sea.


En el último viaje a Valencia, hace dos semanas, Paquito y yo quedamos para ir a Cullera. Mi perrería era tanta y tan grande que el ritmo inicial no apuntaba a nada bueno y al final acabó todo en una salida breve y muy pausada por el carril bici de la playa que va a El Saler y luego a l'Albufera, donde estuvimos largo rato haciendo el tonto.


Vaguería o no, el caso es que salió un día gris de cielo y ánimo, y el resultado salta a la vista. Poco más podíamos hacer que aliarnos con el ambiente, hacer una salida de trámite y esperar a que vengan mejores sensaciones. "Menuda salida me has dado", me dijo Paquito. Pido perdón.


En realidad, esta globerada me recordó a una que hice con Luis hace tiempo, cuando a los cinco kilómetros de salir de Valencia por la Vía Augusta, en un día luminoso de invierno, decidimos pararnos, sentarnos al sol bajo el muro blanco de un caserón de huerta de la zona y comernos la comida que llevábamos, pasar allí la mañana o la tarde (no recuerdo) y luego continuar el camino... de vuelta a casa. ¿Veis? Ese día es de un magnífico recuerdo también.