16 junio 2008

Cátaros: desconecta, siente, viaja, vive

La Ruta de los Cátaros. Mágica. Carretera y manta. Coge el coche y ándate con quien mejor te lleves por allí como si no tuvieras otra cosa que hacer. Desconecta. Léete sus historias, sus luchas, sus dimes y diretes. Pasa unos días de escándalo con ella, o con él, tu compañía. Y con ellos. Los cátaros. Pasa por sus pasos, sus acantilados, sus montañas, sus escondites.


Castillos derruidos. Poco que ver y mucho. Piedra vieja (me encanta), olor a historia, aire puro en el prepirineo francés. Francia. Lluvia, sol, viento. Todo. Espadas en el aire, catapultas y marmitas de aceite que cae desde lo alto de los muros, al grito de "a mí" el soldado que defiende a su señor, su pueblo, su manera de pensar. Los cátaros.





Y con ella, mi maja vestida (desnuda siempre), la Pepa, la loca. Ella. Andando por aquella senda que da a la cima, al castillo de Queribus, al de Castres, a los cuatro de Les Tours, incluso al de Carcassone, tan nuevo él, tan como fuera de lugar ante tanta ruina bella. La Pepa anda y cuenta la historia, lee, siente a aquel caballero que defendía aquello en lo que creía. Catarismo versus cristianismo. Lucha desigual, derrota clara, marca en los libros, en el verbo del pueblo, en la historia. La Inquisición, dicen, contra ellos nació. Mala saña.

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