23 agosto 2009

Marruecos: Marrakech (I)



Hoy nos metemos en Marruecos. Tengo un sinfín de fotos y videos, que no caben todos en esta entrada. Estoy pensando hacer un video editado sobre el viaje, pero ya veremos, porque para eso necesito sentarme unas cinco horas de cara al ordenador, y no sé si tengo ese espíritu ahora que el sol asoma tan hermoso.



De momento dejo algunos ejemplos marroquís. En esta entrada me centro sólo en Marrakech, ciudad caótica como cualquiera de las del país vecino, pero con ese encanto que todas ellas tienen. Ojo a la conducción entre personas, a las tiendas, a la plaza Djemaa el-Fna, de la cual por desgracia no tengo ningún documento nocturno, cuando se transforma en una plaza mágica con cuentistas travestidos, encantadores de serpientes, vendedores de hachís y los puestos de cena rápida que te hacen allí mismo por 70 o 80 dirhams, al cambio 7 u 8 euros para dos. ¿Barato? Si se busca bien, es barato.

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Pero Marrakech también es calor, pitos de automóviles y motocicletas, pitos sin mala leche, pitos de aviso, ¡que voy!, te apartas y todo sigue bien, quieres cruzar una calle y hazlo mirando insistentemente a todos los lados, no te venga una moto, un coche, una bici, alguien encima, un choque fortuito.



Y esta ciudad es también el súmmum del turismo marroquí, el centro neurálgico de la venta de todo lo que sirva para que unos se ganen el pan de cada día y para que otros se lleven algo inservible a su casa de campo. No somos como ellos, poco tenemos que ver salvo detalles, porque nosotros somos cada vez más individuales, más egoístas, más insulsos, asépticos. Ellos viven al día, hoy qué como, hoy dónde duermo, hoy que negocio cierro. Allí hay olores, colores, contactos humanos, aquí el olor se va a buscar al Mercado Central, si lo hay, los colores a la playa y el mar, a la tierra virgen que casi no queda y que a ellos tanto les sobra.



Es Marruecos un país sucio, lleno de mierda por todos los lados, y miseria, y una sensación de estar en la España de la posguerra, donde en las zonas rurales se iba en burro y se comerciaba con cualquier cosa, una botella de butano vacía, un televisor en blanco y negro que no va, unas piezas que pueden hacer funcionar una nevera...

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Es un país para volver por amplio y hermoso, pero para hacerlo en pequeñas dosis, porque después de unos días allí uno desea, burgués como es sin proponérselo, una ducha caliente y reparadora, una taza de wáter limpia que sea algo más que un agujero, tu cama y un poco de tu comida que, bien mirado, no sabe a nada.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Clar que hi tornarem! La barreja de colors i d'olors és impressionant. Cada persona és un negoci i tu ets el client que ells busquen, cal tenir-ho en compte. A mi em van semblar simpàtics i un país amb molts contrastos, que en posteriors viatges anirem descobrint. Visca el Marroc!

Pepa

El Tito de S. dijo...

Me gusta, me gusta la narración periodística, concisa e ilustrada. Sigue, sigue así, no cambies.