05 enero 2009

Queridos Reyes Magos

Hace muchos años que no os escribo, el tiempo pasa para todos menos para vosotros, que seguís estando igual que antes. Como unos chavales en plenas condiciones físicas subís escaleras, trepáis por fachadas y os coláis por las ventanas tan solo presentando el carnet de Rey Mago. Siempre he pensado que menos mal que ese carnet vuestro es exclusivo, porque si no, digo yo, los cacos se frotarían las manos. Pero vosotros os portáis bien. Entráis sin hacer mucho ruido, más bien nada de ruido, dejáis los regalos y os vais raudos a otra casa. Debe de ser maravilloso poder viajar tan rápido.

Cuando era pequeño pasaba horas y horas pensando en vosotros. Siempre le he dado muchas vueltas al coco pensando en infinidad de cosas, creo que incluso no exagero si digo que cuando voy andando por la calle solo, o con la bici sin nadie a mi alrededor, siempre estoy cavilando, dándole vueltas a las cosas que me pasan a mí y a los de mi alrededor, en lo que he fallado, en lo que no debo hacer, en lo que tengo que decir, cómo, cuándo, y el porqué. El porqué de las cosas, que diría aquel, ha sido el gran tema de debate interno que he llevado a cabo a lo largo de mi vida. Y sigo en ello porque me ayuda a comprender este mundo con el que no estoy a gusto en muchas cosas, pero con el que tengo que aprender a convivir. El caso es que, os decía, ya de pequeño le daba vueltas a la cabeza pensando en vosotros. ¿Cómo lo hacíais? ¿Cómo unas personas podían estar en tantos sitios a la vez, entrar en casas en las que no entraba nadie que no fueran los dueños, y sin llaves ni nada? Y claro, lo preguntaba. Yo le preguntaba a mis padres y ellos me decían que es que sois magos. Pero eso no me valía, había gato encerrado, pensaba yo, porque resulta que a todos mis amigos del cole sus padres también les decían que es que erais magos. Vamos, anda. Que éramos niños pero no tontos, psé.



En los corrillos del patio del cole siempre hablábamos de vosotros. Recuerdo conversaciones encendidas con amigos que decían que los Reyes eran los padres, pero siempre acabábamos diciendo que eso no era verdad, porque si no... bueno, porque si no nada... creo que simplemente queríamos no creerlo. De hecho, una vez un amigo que no recuerdo dijo que él se había escondido en el comedor de su casa por la noche –cosa que por otra parte nadie creía- y dijo que vio cómo sus padres colocaban los regalos. Por supuesto, nos reimos de él porque todos dábamos como obvio que sería que no habríais podido entrar por cualquier razón –le puede pasar a cualquiera- y que les habíais encargado a los padres dejar los paquetes donde los zapatos. Bien, el caso es que en esos corrillos muchos decían que los padres estaban compinchados, que nos hacían irnos a dormir pronto para que no viéramos cómo dejaban la puerta entreabierta, o el balcón o alguna ventana. Y claro, ahí la cosa tenía su sentido. Pero luego nuestro escepticismo fue aumentando, porque pese a que hubiera un balcón abierto... ¿cómo ibais a subir tantas cosas por la fachada de una finca? Imposible. Además, yo siempre he vivido en un décimo piso y, creedme, acojona un rato si miras para abajo. Aún así en esas cavilaciones que hacía sí hubo alguna vez que di con la solución. No sé si se lo vi hacer a Indiana Jones o qué, pero el caso es que deduje que con una cuerda muy larga (y tan larga como para alcanzar al décimo piso) y un pequeño garfio ibais subiendo poco a poco y dejando en cada casa, desde el primero al décimo, los regalos. Era de una lógica aplastante. Pero todavía me surgieron con los años algunas dudas más. Teníais que ir muy rápido para poder ir a todas las casas del mundo en una noche, y claro, no podíais aparcar abajo los camellos, poneros a elegir los regalos que teníais que dejar en cada casa y todo eso. Era mucho tiempo perdido y vuestra obligación era ir muy rápido. Y claro, me puse a pensar y di con otra solución. En este caso era evidente que seguíais utilizando la misma técnica de la cuerda, pero ahora, pensaba yo, subíais con camellos, bártulos y pajes incluidos. No me preguntéis cómo, pero era la única explicación que se me ocurría. Ya veis.

Luego vinieron los años de empezar a descartar esas teorías que iban contra las leyes naturales, la gravedad y esas cosas, y seguí pensando. Al fin, con las nuevas tecnologías que iban surgiendo, tanto coche y tanto bólido, y aviones, helicópteros, el Concorde, los F-16 o F-19 de los yanquis que estaban en Torrejón, no sé, todas esas cosas que iban tan rápido, pues me dije que ya estaba claro, que lo teníais todo previsto con los gobiernos y os ponían todo a vuestros pies para que pudierais trabajar bien. Era como cuando una vez oí, o vi por la tele, o leí, o no sé qué que el rey de España había estado una mañana en no sé qué país y por la tarde ya estaba en la Zarzuela. Sería cosa de reyes eso de ir tan rápido, me decía. La dichosa sangre azul, porque si no, ya me diréis.



Luego ya vinieron los años de dudas. Ya la cosa estaba clara y fui abandonando gran parte de aquellos pensamientos tan inocentes. Sentí algo de vergüenza por lo que los padres podían pensar de nosotros los niños, pero bueno, también pensaba que yo no lo sabía, y que habían estado jugando con nosotros a su antojo. Sin embargo, pese a descubrir el pastel y la desilusión que eso suponía, siempre mantuve dentro de mí ese dolorcillo de estómago que no me dejaba dormir bien la noche de antes. Me acostaba pronto porque, como siempre, papá y mamá insistían en que había que irse antes que nunca a dormir, pero lo que era dormir, yo creo que no dormía. Daba vueltas en la cama mirando de reojo la persiana echada por la que entraba algo de la luz nocturna por esas pequeñas rendijas que dejaba, y agudizaba todo lo que podía los oídos para analizar cualquier sonido extraño. También hablaba con mis hermanas, que estaban en las mismas que yo, sin pegar ojo. Mientras, papá y mamá estaban en el comedor viendo la tele o leyendo y nosotros pensábamos por qué nosotros nos teníamos que ir pronto a dormir y ellos no. El caso es que sin darnos cuenta esas rendijas por las que entraba algo de penumbra horas antes, ahora estaban llenas de luz. Era un despertar tranquilo y lleno de emoción. Tranquilo porque la ilusión podía superar nuestros nervios, y no era plan. Nos juntábamos los tres hermanos y nos asomábamos con algo de dudas a la puerta acristalada que nos perfilaba lo que había en el comedor, ¿habrían venido?, ¿había muchas cosas?, ¿qué es ese bulto de allí?, y después, como un alud nos abalanzábamos sobre la puerta para ver quién era el primero en entrar en el comedor. Entonces empezábamos a gritar, ¡mira!, ¡hala!, y así un rato largo e intenso aunque breve en el tiempo en el que desenpaquetábamos todo lo que llevaba nuestro nombre. Era tal la excitación que no notábamos ese leve frío que se nos colaba por el pijama. Íbamos corriendo a la cama de papá y mamá y los despertábamos, y ellos disimulaban su cara de sueño poco habitual –pero cómo íbamos a pensar...- mientras sonreían de oreja a oreja viéndonos tan contentos.

Luego les insistíamos que debían ir pronto a abrir sus regalos, y aunque remoloneaban y se hacían duros de rogar, enseguida se levantaban e iban a por sus cosas. La emoción entonces se iba diluyendo viendo los calzoncillos de papá o unas medias para mamá... no había juguetes, y bueno, ponías cara de ilusión a tu papi mientras pensabas: “¿Unos calzoncillos? Te chinchas, a mí me han traido una bici, já”. Luego el frío de la mañana, pasada la ilusión del botepronto, se hacía notar y ya nos poníamos los albornoces, pero nuestra cabeza de niño –típico- que nunca tiene suficiente, comenzaba a pensar si habrían escondido más cosas por la casa –alguna vez lo hacían- y, como último recurso y asegurado, estaba la casa de los abuelos. Allí siempre caía algo. Los abuelos subían siempre a eso de las once, llegaban y decían que a ellos no les habían dejado nada, vaya, pero nosotros, que los queríamos con locura, les decíamos que no era verdad, que allí tenían unos paquetes con su nombre, y los arrastrábamos de las manos para que los abrieran. Ponía siempre Florencia y Manuel... qué listos eran los Reyes, con lo fácil que hubiera sido poner Abuela y Abuelo. Es que se sabían todos los nombres...

De entre todos los regalos recuerdo con mucha ilusión varios. Me viene a la cabeza aquella Motoretta-2 que me trajeron un año, qué ilusión me hizo aquello, qué alegría, o aquel barco pirata que no era pirata sino de romanos, maravilloso, y que aún conservo en algún lugar de los trasteros de casa de mis padres. Recuerdo además de aquello mis sensaciones. Yo creo que había pedido, o al menos quería, el barco pirata de Playmobil, jo, qué bonito pintaba aquello por la tele. Vi entonces el barco de romanos y en principio dije “este no es”, pero luego empecé a disfrutarlo como un niño, nunca mejor dicho... cuántos litros de agua dejaría correr para verlo surcar los mares estrechos de la bañera del wáter de casa. Se movían los remos y todo. Brutal. Luego también recuerdo el año en que le trajeron a Carmen la bici verde, la BH, aquello fue espectacular. Creo recordar que ya estábamos los tres hermanos dando brincos con nuestros regalos despertando a papá y a mamá cuando los dos, con cara de sueño, nos decían si habíamos mirado bien todo. Y la encontramos en el recibidor de casa. Espectacular.

Bueno, estos son sólo algunos ejemplos de aquellas maravillosas mañanas. Ahora todo aquello está diluido en el tiempo y forma parte de nuestro pasado. Yo tengo estos recuerdos y algunos otros y mis hermanas tendrán otros similares o muy diferentes. Yo sólo sé que mis Reyes Magos me hicieron pasar unas fiestas de mucho cuidado, siempre manteniendo viva la ilusión que todo crío necesita y, sobre todo, disimulando y jugando a formar parte del juego que ellos mismos provocaban. Eso era lo mejor. Ver a mis padres poner la misma cara de alucinados que yo al ver los regalos dice mucho de ellos, me hace esbozar una sonrisa y me ensancha el corazón. Esa complicidad es genial. Ahora, con 27 años, todo esto está en el saco de la vida pasada, una vida que continúa en el presente dentro de cada uno de nosotros, una vida que nos lleva a que cada 5 de enero durmamos con esa pequeña nostalgia de aquellos años de inocente infancia, y esa ilusión de que al levantarnos unos personajes golosos de sus caramelos y que no veremos nunca nos han dejado al lado de los zapatos un presente. Con la emoción que eso conlleva. Bonito, ¿no? Ahora sólo falta esperar a dar el paso de ponerse la corona, y hacer sonreír a los que vengan con tanto amor como el que mis reyes preferidos me dejaban cada 6 de enero al lado de mis, por un día, impolutos zapatos.

A Rafa y Petry, mis maravillosos padres, mis reyes magos, mi vida.

4 comentarios:

María dijo...

¿27 años? Rafeta...asume tu edad, que esos hace tiempo que pasaron...jijiji

Rafa dijo...

Tengo 30, ÉS CLAR, pero es que este texto de los Reyes Magos está escrito, pues eso, hace tres años. No quería retocarlo para que quedara constancia de cuándo se escribió, así es que decidí dejar la edad en los 27 que marca.

Si es que somos tiquis miquis, eh? Düsseldorf se seca o qué????

PETRY dijo...

Que bonito es ser Rey Mago.
Pero mas bonito es ser niño y tener la mente clara y limpia. Es bonito tambien creerse que la vida es ilusión.
Ya luego el tiempo se encarga del resto.
Siempre querré celebrar y recibir a los Reyes Magos,a esos que espero desde que era pequeña.

María dijo...

Xe moreta ¡actualiza tu blog, que nos tienes secos!